La Travesía a través del Infierno (Parte I)

2081 Words
La caravana estaba compuesta por una docena de carromatos y carrozas, bien cargadas de seda, joyería, pieles de animales exóticos en el Occidente, vinos de Alassia y madera de Rolanqiir en perfectas condiciones. El mercader a cargo era un hombre panzón, con barba larga negriblanca que le ocultaba la papada, y una enorme sonrisa, más propia de un jovial cantinero que de un mercader a punto de cruzar el infierno. Se llamaba Admuli Sapot, y si bien llevaba veinte años realizando viajes seguros a través de las ciudades estados del Mar de Oro, había decidido hacer una fuerte inversión para cruzar hacia la Ciudad Verde, ahorrándose grandes cantidades de dinero en peajes, además de muchísimo tiempo. El otoño estaba por terminar y la navegación se volvería infernal en el Mar de Bronce, por lo que la mercancía que llevaba Admuli iba a subir de precio considerablemente al momento de su arribo. Apenas diez jinetes en caballos de arena, con la cabeza envuelta por Sohmas de diseño intrincado pero los mismos colores rojiblancos y yelmos cónicos que les colgaban por la nuca, formaban la escolta de la caravana. “-Muy pocos…-” repetía Salik en su mente, desconcertado. Todas sus esperanzas radicaban en toparse con una gran caravana, donde apenas sería dos viajeros más, totalmente desapercibidos y protegidos por el gran enjambre de mercenarios, guardias, escoltas y jinetes. Por si eso no fuera poco, el optimismo de Admuli resultaba chocante. Nadie que supiera lo que estaba por venir en la vía al Kolzhá y más adelante, se reiría tanto en aquel momento. El mercader bonachón no sospechó ni por un segundo de los dos hombres, que se presentaron tal cual como tenían planeado, como simples viajeros que buscaban comerciar en la Ciudad Verde, conocerla, disfrutar de sus delicias de invierno, y luego regresar cuando arribara la primavera. La caravana formó un semicírculo con sus carromatos alrededor del agua. Amarraron a caballos y camellos dentro luego de abrevarlos, y procedieron a montar su campamento. Una caravana de buen tamaño fácilmente podía construir una muralla completa con sus carros de mercancía alrededor del oasis, y se decía que la bosta de sus monturas era la que nutría y rejuvenecía el verdor de Zal-Zama. Los dos muchachos, aunque renuentes entre ellos, decidieron unirse al mercader. Sumando a los diez mercenarios y Admuli, en total eran treinta los que viajaban en la caravana. -Muchos son mis viejos socios. Hemos trabajado en la Ruta costera por veinte años- Les contó Admuli a Salik y Amón, mientras uno de sus subordinados avivaba el fuego para montar una gran olla de bronce, donde iban a hacer un platillo común del Mar de Alassia dedicado a las celebraciones; Carne de cinco animales (Cerdo, Caballo, Camello, Vaca y Cabra) cocinada en manteca de cerdo y salteada con vegetales asados, todo con una salsa única y muy dulce que se importaba desde Merídia, cuyo color rojizo pero aspecto espeso resultaba atractivo a la vista. Ni Salik ni Amón se plantearon en comentarle absolutamente nada al mercader respecto a los peligros que había delante. Sabían que si era feliz en su ignorancia, tal vez la suerte les sonriera, y los zhanrienses no tuvieran hambre aquel día que les aguardaba. -Así es, veinte años- Repitió Admuli mientras recibía un plato y un palillo afilado para pinchar la comida –Cuando empecé en comercio de caravanas, era apenas un niño. Mi padre me enseñó todo lo que hay que saber; me llevaba con él en cada viaje. Siempre hacíamos la Ruta de la Costa, según él, era la más sencilla y menos rigurosa. Siempre había seguridad de ganancias si hacías las cosas bien. Alguna que otra vez me topé con bandidos pero mi esposa nunca permitió que me quitaran nada- El gordo dio un par de palmadas al grueso bracamarte que le colgaba del cinto. Admuli parecía más dispuesto a hablar él que a escuchar a los demás, y ciertamente, los dos exploradores no tenían la disposición de hablar aquella noche. Cuando la cena terminó, Amón perdió de vista a Salik. La oscuridad absoluta de la noche era un duro adversario si querías encontrar lo que fuera en el desierto, pero finalmente el cartógrafo encontró a su patrocinador bajo un árbol, sentado de espaldas a la corteza, con una flecha entre las manos. -¿Qué haces?- -Me aseguro de que todo esté bien. Mañana vamos a necesitar que todo sea perfecto en caso de que todo salga mal…- La voz de Salik se notaba taciturna. Era la primera vez en toda la expedición, desde la tormenta de arena donde perdieron un caballo y dos camellos, que Amón le escuchaba tan desdichado. -Vamos a estar bien. No hemos llegado tan lejos, ni hemos logrado lo que logramos, para morir a manos de unos salvajes. Así no terminan las grandes aventuras- -No. Así terminan las historias que evitan que la gente se embarque en grandes aventuras. Piénsalo. Mañana salimos, habrá si acaso veinte o veinticinco espadas, lanzas y arcos a la mano para defender la caravana, y nuestras vidas con ella ¿Qué haremos cuando veamos a cien figuras en las dunas? ¿Cuándo alcen una bandera negra y quinientas más se alcen tras ella? ¿Morir con honor, defendiendo el culo obeso de ese mercader para que luego nos coman?- -Entonces vámonos. Toma a los camellos y marchémonos ahora. Crucemos el camino del Oeste y vamos a las ciudades de la costa. No tenemos porque arriesgarnos y llegar a la Ciudad Verde- -Sabes, para ser un Solassa, no pareces ser tan perspicaz ¿Sabes qué clase de nombre es Zal-Zama?- -Es zhanriense- -Sí, pero ¿Sabes lo que significa?- Salik no esperó respuesta –Significa Dios de la Caza. Los zhanrienses le pusieron este nombre al oasis porque para ellos, aquí vive su dios. Es un lugar sagrado, un coto de caza, que les trae presas frescas, algunas muy grandes, pero otras del tamaño perfecto. Ellos nos vigilan ahora mismo. Saben que estamos aquí, en las malditas manos de su dios. Lo único que evita que nos corten el cuello ahora mismo, es la misma consideración de sagrada que tienen los zhanrienses por el Oasis. Aquí cagan los caballos y los hombres, comen, duermen, descansan, pero no derraman sangre. La sangre se derrama más adelante. Si salimos ahora, llegaremos lo suficientemente lejos para que Admuli no escuche nuestros gritos cuando una zhanriense de dientes afilados esté masticando nuestros escrotos- La visión repugnante de ser devorado vivo, y la realidad desconcertante, habían dejado a Amón igual de taciturno que su compañero. -Entonces solo podemos estar preparados para mañana… Para cuando todo salga mal…- La pequeña estela de humo de la mayoría de fogatas manaba por el campamento al amanecer. Dos obreros de Admuli preparaban los Ghus para el desayuno, mientras el obeso mercader, lejos del oasis, en la arena, estaba de rodillas al Alba, con su velludo cuerpo descubierto de la cintura para arriba. Bajo él se encontraba una alfombrilla, y tenía la cara alzada hacia el este, con los ojos cerrados, esperando que la primera luz emergiera y le calentara el rostro. Cuando aquello pasó, Admuli recitó en Alassio antiguo una oración, se reverenció, y se levantó. -Es un…- Quiso decir Salik. -Soliense, sí- Concluyó Amón. -Pensé que estaban extintos…- -Quedan algunos pocos. Es una religión vieja, pero no muerta- Admuli pertenecía a la antiquísima tradición de los Solienses. Se dice que los fundadores de Alassia vinieron del Mar del Sol, al este, por donde justamente nace el sol. A la cabeza de ellos, vino su profeta, cuyo nombre se ha perdido en los anales de la historia, si es que alguna vez tuvo. Se los conocía como “Los Hijos del Sol”, y más tarde como los “Solienses”. Para ellos, el Dios-Sol era el único; una entidad todopoderosa que sin embargo, le daba a los hombres la oportunidad de vivir si su vigilia por la mitad del día, es decir, por las noches. A la mañana siguiente, el Dios-Sol juzgaba a sus hijos que hubieran cometido delitos en su ausencia, dejándolos ciegos y condenados a vagar por el desierto bajo el eterno calor, sin poder morir jamás, hasta que se volvían arena. La antigua religión era sumamente rígida y muy centralizada. Los hijos del sol no toleraban ninguna puesta en duda al Dios-Sol, pues se la tomaba como herejía. Todas las otras religiones estaban prohibidas, y el canon de normas para la vida bajo la vigila del Dios era muy recto. Finalmente, una serie de fragmentaciones teológicas dentro de la religión Soliense llevarían a su caída y disolución, hace ya mil quinientos años, y con ella la caída del viejo Imperio Soliense para dar paso a la época de los emires. -Ah, mis amigos- Dijo el gordo con una gran sonrisa, poniéndose una túnica rosada encima del torso flácido y velludo -¿Están listos para este gran viaje?- Admuli se sentó junto a los exploradores, devorando un Ghu enrollado alrededor de vegetales con miel –Estoy seguro que un par de exploradores jóvenes tienen historias interesantes para contarle a un viejo como yo- -Sí, supongo que habrá bastante tiempo para historias de durante el viaje- Dijo Amón. -Por supuesto que lo habrá ¡Jaja!- Admuli se metió el trozo de Ghu le quedaba en la boca, y pidió que le pasaran otro –Por cierto ¿Por qué las caras largas? Si me dijeran que son exiliados cuyas familias fueron asesinadas, me lo creería más que el que son viajeros buscando conocer el mundo- El mercader estaba en lo cierto. Salik y Amón tenían rostros de no haber dormido, con las ojeras marcadas y los ojos sin brillo. -Preocupaciones tontas, nada más- Afirmó Salik. -Hmmm, ya veo- La caravana estuvo lista para partir una hora luego del amanecer. Tenían que aprovechar el camino durante la mañana lo máximo posible, puesto que el inclemente sol del mediodía ralentizaba considerablemente el viaje. La larga serpiente de carretas iba flanqueada por los jinetes, junto con dos o tres camellos intercalados cada dos carretas, los cuales llevaban las provisiones para la treintena, así como servir de relevo para los cansados camellos de tiro. Los camellos del par de hombres iban tras la carreta principal, donde estaba Admuli y su conductor. -Saben- dijo Admuli –La primera vez que crucé por mi cuenta el desierto, tenía apenas veinticinco años. Iba con un socio, y llevábamos una carreta cargada con limones ¡Limones! En Puerto Ilásh aman los limones, y les puedo asegurar que los vendimos todos. Fue mi primera gran victoria, sin embargo, no fue sencilla. Cuando iba de vuelta dos bandidos se nos cruzaron. Llevaban ropas raídas y caballos famélicos, ni siquiera eran del Mar de Oro, probablemente eran de Castelia. Sus espadas rectas y oxidadas los delataban. Trataron de asaltarnos pero les di pelea. Mi esposa ayudó bastante- El viejo soltó una gran carcajada, al tiempo que tocaba su bracamarte –Para un mercader no hay mejor esposa que su sable ¿No creen?- Si la historia era cierta o no, dependía de si Admuli a sus veinticinco tenía un físico distinto al que en ese momento ostentaba. Con sus piernas gruesas, sus senos caídos y macizos como los de una mujer, y una panza que perfectamente podría fungir de tambor, parecía que los tiempos de espadachín le habían pasado ya hace mucho. Durante ese día, Admuli Sapot no paró de contar historias sobre más encuentros con bandidos en el Mar de Oro. En cierto punto, Amón contó a más de treinta muertos a manos de Admuli entre todas sus historias, si es que se podía dar fe de ellas. Y todas las terminaba con un comentario religioso “-Que el Padre-Sol los juzgue con dureza por pecar fuera de su vista, y que sus cuerpos alimenten el desierto-”. -Nuestros cuerpos alimentarán el desierto- Bromeó Salik cuando se supo la plegaria de memoria y era capaz de recitarla en el mismo todo que el mercader. -Solo si nos mata el aburrimiento…- Aportó Amón, con una sonrisa hosca. -No bajes la guardia, nos vigilan- El sol estaba tomando su lugar en el horizonte, creando ondas con su reflejo entre la arena. Con un cielo cargado de tonos naranjas, y viciado por una oscuridad creciente, Salik señaló con la cabeza una solitaria figura sobre una duna, tan lejos que era fácil no verla. Pero allí estaba –El infierno nos vigila-
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