BRIANNA Todavía estaba furiosa. No era una furia escandalosa ni dramática, de esas que te hacen gritar o tirar cosas. Era algo mucho más frío. Una furia elegante que se sentía como una presión constante en el pecho, como si cada respiración recordara que alguien acababa de cruzar una línea. Y Bastian Montague acababa de cruzar varias. Caminábamos por el estacionamiento subterráneo de Montague Enterprises, el eco de nuestros pasos rebotando contra el concreto pulido. Yo iba unos centímetros delante de él, con la espalda recta y la mirada fija al frente. No tenía intención de mirarlo. Si lo hacía, corría el riesgo de recordar la entrevista y terminar regresando a su oficina para arrojarle algo mucho más pesado que una tablet. — Vas a venir conmigo, —dijo Bastian finalmente. Yo no planeaba

