**RITA**
Claudia suspiró con esa resignación que solo desarrollan las personas que trabajan para jefes completamente locos, pero que pagan muy bien.
—Señorita, ¿no sería más fácil simplemente… no abrir la puerta?
La miré como si hubiera sugerido que me mudara a Marte.
—¡Claudia! ¡No se puede ignorar a Manuel Montero! ¡Es como… es como ignorar a un huracán! ¡Uno no ignora huracanes, uno se disfraza de otra persona y espera lo mejor! Tú no conoces ese hombre, es tan insistente.
—Señorita, eso no tiene ningún sentido. ¿Por qué tiene que hacer todo esto?
—¡Ni idea, pero quiero que se decepcione de mí! Pues mire que tengo muchos empleos, que soy una mujer llena de deudas. Que crea lo que quiera, pero que se aleje de mí por ahora.
Respiré profundo, me acomodé el delantal por décima vez, practiqué mi mejor expresión de «soy una empleada totalmente normal y definitivamente no soy la heredera de un imperio empresarial», y me dirigí hacia la puerta principal.
En mi cabeza, la banda sonora era épica. En la realidad, probablemente parecía como si estuviera caminando hacia mi propia ejecución pública.
—Deséame suerte, Claudia —murmuré.
—Señorita, va a necesitar más que suerte. Va a necesitar un milagro, tres santos intercediendo por usted, y posiblemente un exorcismo.
—¡Perfecto! ¡Con eso debería ser suficiente!
Y así, disfrazada como la empleada más inverosímil de la historia de los disfraces, me dirigí a abrir la puerta al hombre que había logrado convertir mi cerebro en gelatina y mi vida en una comedia de errores.
Porque si algo había aprendido en mis veinte años de vida, era que cuando no sabes qué hacer, lo mejor es hacer algo completamente ridículo y esperar que nadie se dé cuenta. ¿Qué podría salir mal?
Mi corazón latía como si hubiera corrido un maratón mientras caminaba hacia la entrada. El delantal de Claudia me rozaba las piernas de manera extraña, y sus zapatos me hacían sentir como si estuviera caminando en zancos. Respiré profundo, adopté mi mejor postura de empleada sumisa, y abrí la puerta.
—Señor… —comencé con voz tímida, pero él estaba de espaldas, observando los jardines de la entrada. Su silueta me resultaba tan familiar que sentí un nudo en el estómago.
Al darse vuelta, sus ojos se encontraron con los míos y por un momento el tiempo se detuvo. —¡Rita! ¿Qué haces aquí? —exclamó con una mezcla de sorpresa y algo que no pude descifrar. ¿Alegría? ¿Confusión? Sus ojos me recorrieron de arriba a abajo, notando obviamente mi atuendo poco convincente.
—¡Manuel! —fingí la sorpresa más teatral de mi carrera actoral amateur—. ¿Me estás buscando? —agregué con una sonrisa que esperaba pareciera natural, pero que probablemente lucía como una mueca nerviosa.
—La verdad, no… —respondió, frunciendo el ceño mientras me estudiaba con esos ojos penetrantes que ya conocía demasiado bien—. ¿Eres empleada de aquí? —preguntó, y pude notar el escepticismo en su voz.
Mierda, pensé. Mi actuación es terrible. Cualquier detective de cuarta podría darse cuenta de que soy una impostora.
—Ah, sí, aquí trabajo y hago muchos trabajos para esta familia —mentí con la naturalidad de un palo de escoba—. Me tratan bien. —Agregué esa última parte como si fuera relevante para la conversación, cuando en realidad solo estaba tratando de llenar el silencio incómodo.
Manuel asintió lentamente, pero sus ojos seguían analizándome como si fuera un rompecabezas que no lograba resolver.
—Ahora entiendo por qué te vi aquella noche huyendo de aquí —dijo, y sentí como si me hubiera dado un puñetazo en el estómago.
¿Huyendo? ¿Cuándo, diablos, me había visto huyendo? Mi mente trabajó a toda velocidad tratando de recordar, lo recordé, el día del compromiso.
—Ah, eso —respondí, tratando de sonar casual, pero probablemente sonando como una criminal confesa—. Es que cometí un error y… bueno, a veces es mejor huir que enfrentar las consecuencias.
Manuel me miró con una expresión que mezclaba confusión y algo parecido a la compasión. Claramente, mi “explicación” no había aclarado nada.
—No comprendo nada —murmuró, pasándose una mano por el cabello—. Sergio, ¿está en casa? —preguntó de repente, cambiando de tema.
¡Por favor, que no pregunte nada! Rogué mentalmente a todos los santos del universo.
—No, mi… —me detuve justo antes de decir “mi hermano”—. El señorito Sergio no está en casa —corregí, tratando de sonar profesional y formal.
—¿Señorito? —Manuel alzó una ceja, claramente divertido por mi elección de palabras.
—Aquí en la casa así lo trato —expliqué, sintiéndome cada vez más ridícula. ¿Quién diablos usa “señorito” en pleno siglo XXI?
Manuel sonrió ligeramente, y ese gesto hizo que mi estómago diera un vuelco inesperado.
—¿Recuerdas el auto que te regaló Sergio?—dijo de repente, y sentí como si hubiera mencionado algo de otro planeta.
—¿Auto? —pregunté, genuinamente confundida. Luego fingí recordar—. Ah, sí, lo recuerdo. —mentí descaradamente, porque no tenía ni idea de qué auto, hablaba en eso, recordé. con todo lo que ha pasado, se me han olvidado muchas cosas.
—Lo traje para entregárselo —continuó Manuel, señalando hacia la entrada donde efectivamente había un auto que no había notado antes—. Pero ya que te encuentro, quiero mostrarte las mejoras que le hice para ti.
—¿Para mí? —la sorpresa en mi voz era completamente genuina esta vez.
—¿Es tuyo, verdad? Al menos eso dijo Sergio a la hora de comprarlo.
Mi cerebro funcionaba a mil por hora. ¿Sergio había pagado un auto a mi nombre? ¿No lo recordaba? ¿Por qué? ¿Y por qué Manuel lo había estado modificando?
—Es cierto —dije, finalmente, decidiendo seguir la corriente—. Es que me debía un favor. ¡Los ricos y sus caprichos, que no saben en qué gastar el dinero! —agregué con una risita que esperaba sonara auténtica.
Manuel asintió, pero pude ver que seguía procesando información.
—Ya entiendo —murmuró—. ¿Qué relación tienes exactamente con Sergio? —preguntó, y había algo en su tono que me puso alerta.
—¿Relación? ¿Qué quieres decir con relación? —respondí con otra pregunta—, una táctica clásica para ganar tiempo.
—Te hace regalos muy costosos. Eso solamente se le hace a… —se detuvo, claramente eligiendo sus palabras cuidadosamente.
Un momento de silencio incómodo se extendió entre nosotros. Pude ver exactamente hacia dónde iba su mente, y no me gustaba nada.
—¿Insinúas que soy amante de Sergio? —pregunté, sin poder ocultar la indignación en mi voz. Esa acusación me había tocado una fibra sensible.
—¿No lo son? —respondió con otra pregunta, y había algo en sus ojos que no podía interpretar.
—¿Crees que soy promiscua? —espeté, y esa pregunta salió directamente del corazón. No me lo esperaba, pero había tocado algo profundo en mí.