Angélica
No le dije a Glen que estaba embarazada, prefería mantenerlo en secreto hasta tener claro mis panoramas. Sabía que volver a casa sería una solución, papá tenía listo un consultorio para mi desde que me gradué, su ilusión de que volviera a casa siempre estuvo activa. Sin embargo, yo tenía otras aspiraciones, viajar, hacer una especialidad, solo que ahora el asunto del bebé me complicaba las cosas. Soluciones había muchas. Yo no tenía corazón para un aborto, me parecía injusto que yo tuviera que cargar sola con esta consecuencia, pero no estaba sola. A mis padres les tomaría de sorpresa, pero me acompañarían en todo momento.
Les escribí un correo electrónico a mis amigas para confirmar mi viaje. Los Cabos, San Lucas, eran nuestro destino, playa, fiesta, nada de alcohol para mí, pero si mucha fiesta, si las nauseas me lo permitían.
Llegué al aeropuerto de León, mi hermano Rodrigo pasó por mí, felices de nuestro encuentro me notó extraña.
—¿Qué te pasa? Te ves preocupada.
—Xavier se fue, sin despedirse.
—Bueno, creo que todos medio intuíamos que no era una relación muy estable. Hasta papá me lo dijo.
—Lo sé. Por más que traté de tomarlo así, me rompió el corazón.
—¡Flaca! Ya sabes que aquí estoy para hacerte reír. Y si me lo topo alguna vez en la vida, le voy a romper la nariz, y lo dejaré esteril.
—Demasiado tarde.
Rodrigo no entendió mi indirecta, me hubiera servido su esterilidad antes de mi embarazo. Ahora, ustedes estarán preguntando ¿por qué no nos cuidamos? Lo hicimos, tomo la píldora, y el usó preservativo casi siempre. Por lo que ese pequeño 0.1% de error, soy yo. Soy parte de la estadística.
Pasamos a la ciudad de Las Ranas, me urgía comer algo típico, estaba un poco harta de la sobria comida canadiense y Rodrigo se esmeró en pasearme para saciar mi hambre y mis antojos.
Tenía una larga lista de cosas que hacer, ir de compras, cosas para la playa, mi sueldo de Canadá estaba intacto, tenía 24 mil dólares canadienses guardados, suficientes para cumplir con algunos compromisos, incluyendo el que cargaba en mi vientre. Debía concertar una cita con el ginecólogo, hablar con mis padres, y lo más complicado, decidir el rumbo de mi vida profesional.
Mis amigas estaban marcando su camino. Natalia estaba muy bien instalada en una agencia de publicidad importante. Haciendo carrera y estudiando ya su maestría apoyada por sus jefes. Y Paulina se marchaba a Florencia a estudiar arte en una de las mejores escuelas de artes plásticas del mundo.
Tal vez la idea de poner mi consultorio en San Francisco en lo que llegaba mi bebé y me estabilizaba, no era tan mala idea. El pueblo era grande, pero había servicios que la gente debía ir a ciudades más grandes a cumplir. Como psicólogos por ejemplo. Tal vez ir a los colegios, armar algún plan vocacional.
Nora me había propuesto trabajar con ellos, a distancia. Mis padres tenían años perteneciendo a EVI, pero necesitaban a alguien que les ayudara a visitar colegios y universidades para vender los planes de los cursos. No era un gran sueldo, pero ganaría algo por comisiones y la oportunidad de viajar y de recibir extranjeros, organizar cursos de idiomas, etc. La verdad no era una mala oportunidad.
Rodrigo insistía en que estaba muy pensativa, sobre todo se sorprendió que hubiera rechazado una cerveza.
Al llegar a casa, mis papás tenían una pequeña bienvenida con amigos cercanos. Emocionada los abracé, charlamos un poco y me marché a descansar. Por supuesto, en la soledad de mi habitación me invadió la nostalgia y me puse a llorar. Traté de hacerlo en silencio, para que mis padres no se percataran de ello.
Al día siguiente, me bañé y bajé temprano a desayunar con mis padres. Mi padre tenía una ferretería y algunas propiedades que rentaba. Mis abuelos le heredaron aquel negocio. Nuestra casa estaba en la parte de atrás de los locales con unos pintorescos portales coloniales. Ahí estaba la ferretería, una tienda de ropa de mi madre y una zapatería que atendían entre ella y mi tía Lupina, su hermana. También había un café, atendido por Don Próculo y sus hijos, Lorenzo y Flavia, amigos míos de la infancia. Y quedaba un local, aquel que mis padres apartaron para mi consultorio.
Mis hermanos, Rodrigo y Luis, tenían varios negocios, Luis era buen comerciante como mi papá, puso su negocio de material para construcción, y Rodrigo, como buen contador, administraba todos los negocios a cambio de una paga mensual. Se había rentado un departamento, y había puesto su oficina de contabilidad. Ninguno tenía novia, ni se les veía intención de sentar cabeza. Aunque a sus 29 años y sus atractivos ojos claros, los convertía en un par de solteros codiciados por todas las madres de jóvenes en edad casadera y sin mayores aspiraciones que contraer matrimonio.
No es que tenga algo contra las chicas que sólo desean casarse y tener hijos, es que creo que todo hombre y mujer joven debe vivir la experiencia de viajar y conocer el mundo. Tal vez la idea de organizar viajes con EVI, sea una buena labor para la gente adinerada del pueblo y que conozcan el mundo.
Macaria, es una señora que tiene toda la vida trabajando con mi madre. Siempre encargada del orden y la buena cocina, no me dejaba con ningún antojo, por lo que fue ella quien comenzó a sospechar de mi estado.
Un día, cuando mi padre se fue a la ferretería y mi madre salió a atender unos recados, me dijo:
—Te brillan los ojos
—¿A qué te refieres Maca?
—A mi no me engañas, algo traes, y no creo que sea por el Xavi ese que trajiste hace unos meses a la fiesta de cumpleaños de tu padre.
Cuando mi padre cumplió 60 años, le organizamos una fiesta entre mis hermanos y yo. Rentamos una gran carpa para el jardín de la casa, llevamos una banda de música en vivo e invitamos a todos sus amigos y familiares.
Invité a Xavier y aceptó venir, estuvimos unos días en San Francisco y lo llevé a conocer algunos lugares lindos de la región, como San Miguel, Santiago, y la gran ciudad.
Todos estaban felices con el “sevillano”. Lo invitaron a todas partes, y todos querían ser sus amigos. El último día, supe que se encerró con mi papá en el despacho un buen rato. Salieron riendo, supongo que algún tipo de plática seria tuvieron. Ninguno de los dos me dijo de qué hablaron, así que me resigné a insistir.
—Ay Maca—le dije.
—¿De cuánto estás?
—No lo sé, supongo que un mes, aún no voy con el médico.
—¿Y que dice el padre de la criatura?
—No lo sabe, se marchó sin enterarse, y de momento no sé dónde localizarlo. Mi amigo Glen se está encargando de eso.
Maca me sonrió. Me dio un cálido abrazo, de esos que te hacen sentir tranquila.
—Todo estará bien mi niña, aquí cuidé a tres niños, uno más, no las arreglaremos, a tus padres les vendrá bien la alegría de un nieto.
Suspiré, siguiente paso, darles la noticia a mis padres y a mis hermanos.