No sé ni siquiera cómo mis piernas sostuvieron mi peso muerto, porque justo ahí, en ese preciso momento, yo me sentí morir. Él me dedicó una mirada seria y las puertas del ascensor se cerraron. No sé cuánto tiempo estuve frente a las grandes puertas de acero. Pero sé que fue mucho y lo supe por la voz de Hater. —Mamá, ¿sigues ahí? Mi voz se rompió con un simple “sí”. —Te voy a cortar, porque la abuela me llama —dijo cortando la llamada. Cosa que me facilitó todo, porque no creía ni siquiera que mi voz pudiera salir para decirle que hablábamos en un rato. No sé si por tortura o qué, pero bajé las millones de escaleras en vez de usar el ascensor. Cosa que fue una terrible idea, porque eso me dio tiempo para pensar y que mi cabeza volara. A mitad de camino, rompí en llanto y cada ta

