Querida María,
No sé cómo empezar esta carta, pero siento que tengo que decirte todo lo que llevo dentro. Te extraño más de lo que puedo expresar con palabras. La distancia está afectándonos más de lo que imaginé, y me duele ver cómo nos estamos separando.
No quiero que pienses que te culpo por perseguir tu sueño. De hecho, estoy orgulloso de ti y de todo lo que has logrado. Pero también siento que en el proceso, estamos perdiendo algo valioso. Aunque tu sueño me causa insomnio, no quiero ser egoísta; quiero que seas feliz. Sin embargo, no puedo evitar sentir que nuestro amor está siendo puesto a prueba de una manera que nunca anticipé.
Me pregunto si lo que estamos haciendo vale la pena. Si sacrificar nuestro tiempo juntos para perseguir nuestros sueños individuales es la mejor decisión. Me duele pensar que podríamos estar perdiendo lo que nos hace especiales como pareja. No quiero que esto suene como un ultimátum, porque no lo es. Solo necesito que sepas cómo me siento, y espero que podamos encontrar una solución juntos.
Con todo mi amor,
Juan
Juan dobló la carta cuidadosamente y la colocó en un sobre. Decidió enviarla por correo tradicional, esperando que el tiempo que tomaría en llegar le diera a María un respiro de la inmediatez de los mensajes electrónicos y las llamadas. Quería que ella tuviera tiempo para leerla y reflexionar.
Unas semanas después, María llegó de sorpresa un viernes por la noche. Había terminado sus exámenes finales del semestre y tenía un par de meses libres antes de que comenzaran las clases nuevamente. Pensó que volver a casa podría darle una perspectiva diferente, y también deseaba pasar tiempo con Juan.
Cuando Juan abrió la puerta y la vio allí, con su maleta en mano y una sonrisa nerviosa en el rostro, sintió una mezcla de alegría y ansiedad. “María, no sabía que venías,” dijo, abrazándola con fuerza.
“Quería sorprenderte,” respondió ella, dejando escapar un suspiro de alivio al sentir los brazos de Juan alrededor de ella. “Necesitaba estar aquí.”
El primer fin de semana fue como una burbuja de felicidad. Salieron a cenar, vieron películas y disfrutaron de la compañía del otro como solían hacerlo. Pero a medida que pasaban los días, la realidad de su situación volvía a infiltrarse. Las noches en las que Juan tocaba su guitarra y María editaba sus fotos eran ahora silenciosas y llenas de una tensión que ambos intentaban ignorar.
Una noche, mientras estaban en la cama, María se giró hacia Juan. “He leído tu carta,” dijo en voz baja.
Juan asintió, preparándose para una conversación que sabía que sería difícil. “¿Y qué piensas?”
“Me hizo pensar en muchas cosas,” respondió ella. “Sé que esto no ha sido fácil para ninguno de los dos. Y quiero que sepas que tampoco ha sido fácil para mí. He tenido muchas noches en las que no puedo dormir, preguntándome si tomé la decisión correcta.”
“Yo también,” admitió Juan. “Pero no quiero que renuncies a tus sueños por mí.”
“No es solo eso,” dijo María, mirándolo a los ojos. “Es sobre cómo podemos encontrar un equilibrio. ¿Cómo podemos ser felices tanto individualmente como juntos?”
Las semanas que siguieron fueron una mezcla de momentos felices y difíciles. Intentaron volver a conectar y recordar por qué se enamoraron en primer lugar. Salieron a citas, hicieron actividades juntos, y trataron de disfrutar del tiempo que tenían antes de que María tuviera que volver a Melbourne. Pero, a pesar de sus esfuerzos, ambos sabían que algo había cambiado.
Una tarde, mientras caminaban por el parque, Juan tomó la mano de María y se detuvo. “María, ¿crees que podemos hacerlo funcionar?”
María miró el horizonte, contemplando las palabras de Juan. “No lo sé,” respondió con honestidad. “Quiero creer que sí, pero también sé que nuestras vidas están tomando caminos diferentes.”
Juan asintió, sintiendo el peso de sus palabras. “¿Y si tenemos que elegir? ¿Nuestros sueños o nuestra relación?”
La pregunta quedó en el aire, sin respuesta. Ambos sabían que no había una solución fácil, y que cualquier decisión que tomaran tendría consecuencias.
María se quedó dos meses en casa, y aunque intentaron mantener la normalidad, la sombra de la despedida siempre estaba presente. Las noches eran las más difíciles. A pesar de estar juntos físicamente, el insomnio de María persistía, y Juan seguía luchando con la falta de deseo s****l. La intimidad que una vez compartieron parecía cada vez más lejana.
Una noche, mientras estaban en la cama, María susurró: “¿Te arrepientes de todo esto, Juan? De nosotros, de cómo hemos llevado las cosas.”
Juan la miró, sus ojos llenos de tristeza. “No, María. No me arrepiento de nosotros. Pero me duele vernos así. Me duele pensar que tal vez, para ser felices, tengamos que separarnos.”
María cerró los ojos, dejando que las lágrimas rodaran por su rostro. “Yo tampoco me arrepiento de nosotros, Juan. Pero también me duele pensar en lo que estamos sacrificando.”
Las semanas pasaron lentamente, y el día de la partida de María se acercaba. Ambos sabían que esta vez sería aún más difícil despedirse, sabiendo lo que les esperaba. Intentaron aprovechar al máximo los días restantes, pero la tristeza era palpable.
Sin embargo, una noche, María se quedó despierta más tiempo de lo habitual, contemplando las sombras que la luna proyectaba en el techo de su habitación. Sentía una tormenta dentro de ella, un conflicto que no podía ignorar más. Tomó una decisión.
A la mañana siguiente, mientras Juan preparaba el desayuno, María se sentó a la mesa, mirándolo con una mezcla de determinación y vulnerabilidad. “Juan, he decidido quedarme.”
En este momento todos somos María, dejándolo todo por nunca mas volver a sentir el crudo dolor de la distancia por su amor, o todos somos Juan, escuchando la decisión más difícil de la persona a la que elegimos amar, un Juan enamorado piensa “no todo esta perdido, pero que pasara con sus sueños?” Un Juan egoísta le pediría quedarse.