ASHER
El papel de lija viene en varios granos. Aprendí esto cuando trabajé para un contratista en la escuela secundaria para ayudar a pagar la hipoteca de mis padres adoptivos cuando el dinero escaseaba. Hay un grano medio para pequeños defectos superficiales. Granos gruesos para grandes imperfecciones. Y luego está la arenilla cataclismica, que es el estado actual de mi boca después del desastre de borrachera de la noche anterior.
Gruño, moviéndome en la suave superficie que solo puedo asumir que es mi cama. No tengo muchos recuerdos de cómo había terminado mi noche. Había evocado una fiesta de emergencia en el pent-house, había invitado a un montón de amigos y chicas solteras a venir, y había dejado que el alcohol hiciera su magia.
A decir verdad, tengo miedo de abrir los ojos y responder a la resaca que sin duda acecha cerca. La arenilla en general en mi boca no augura nada bueno para la claridad mental hoy.
–Mmm. Asher– una suave voz femenina a mi lado me sobresalta. Decido arriesgarme y abro un ojo. Amanda está a mi lado. Y mierda, todavía tengo puestos los pantalones de traje de ayer. Al menos me había quitado los zapatos en algún momento. Mi camisa blanca abotonada cuelga abierta, revelando el último tatuaje que me había hecho en el pecho, las letras arremolinadas que forman el nombre Jessy.
Es un homenaje a una de mis hermanas. Ambas se habían ido hace tiempo. Los únicos recordatorios visibles que tengo de ellas son sus nombres tatuados en mi cuerpo. El nombre de Kate se extiende a lo largo de mi antebrazo derecho. Sus recuerdos informan cada maldita cosa que hago con mi corazón y mis manos.
Mis labios se separan para decirle algo a Amanda, pero mi voz se marchita en el paisaje reseco de mi boca. Busco a tientas la botella de agua que tengo en mi mesa de noche. Tan solo girarme para alcanzarla desde donde estoy en mi cama, que es más enorme que una King, es una lucha. Todos mis órganos internos parecen protestar. Una oleada de nauseas llega. A la mierda con esta resaca.
–¿Estás despierto, cariño? – ronronea, manoseando la cintura de mis pantalones. Es una de esas modelos de pasarela desgarbadas con labios naturalmente hinchados, exóticamente hermosa y siempre dispuesta a follar. Su roce empeora las náuseas. Bebo agua como si hubiera estado viviendo en el desierto durante un año. El agua gotea por mi barbilla. Tiro la botella hacia el suelo.
Me desplomo sobre mi cama, apartando sus manos. –Demasiado, cariño–
–Oh, vamos. Prometiste que nos pondríamos cachondos por la mañana– me susurra al oído.
Llevamos casi un año saliendo, pero siempre está en mi agenda. Todo el acuerdo es estrictamente sexo. Ella lo sabe. Yo lo sé. A ambos nos parece bien.
El sexo es la forma en que me distraigo. Eso y beber en exceso. Normalmente no tengo demasiadas cosas en la cabeza. Pero el día de ayer me lanzó una bola curva a mi estatus quo.
–Hoy no– gruño, cerrando los ojos. Si, estoy demasiado obsesionado. Pero la idea de estar dentro de Amanda no me atrae por otras razones, que no puedo articular.
Pero una parte de mi lo sospecha, no, lo sabe, y tiene todo que ver con Mila.
Había hecho todo bien. Había entrado allí con suficiente arrogancia como para volcar un barco. Había sido profesional pero sarcástico. Ni siquiera miré a Mila ni a su repugnante marido.
Entonces, ¿Por qué siento que mis entrañas están a punto de explotar?
La última vez que me sentí así fue después del viaje a California para rogarle a Mila una explicación, para que nos diera una oportunidad como había prometido. Rogar no sirvió de nada; ella lo termino, aunque se suponía que íbamos a casarnos.
Claramente, necesito llamar a mi maldito terapeuta de nuevo, porque solo la sombra de un vistazo a su rostro perfecto me había reducido a gelatina. Y eso es inaceptable. Demonios, suena a locura.
–Vamos, Asher– Amanda tira de la bragueta de mis pantalones. No encontrare nada interesante allí. No podré tener una erección ahora ni, aunque mi vida dependiera de ello. Aunque si Mila apareciera…
No. Esos pensamientos deben de parar. Mi polla nunca participaría en nada que Mila Cargill tenga que ofrecer. Incluso si mi polla quiere, mi extremadamente complicado código moral no me lo permite.
–Amanda, es suficiente– Mi voz es un graznido ronco. Me cubro los ojos en el brazo. –Solo vete–
–Ashh– gime
–Me oíste–
Resopla. La cama se mueve ligeramente cuando se levanta. Incluso ese movimiento provoca más nauseas. Escucho mientras recoge sus cosas, refunfuñando.
–Tienes que estar bromeando. ¿Qué sentido tiene haber gastado todo este dinero en este vestido si ni siquiera puedo follar? –
–Vete– repito, con más fuerza y menos ronquera.
–Me voy– espeta, con su acento de Brooklyn más fuerte que nunca.
–Espero que tu pene funcione la próxima vez–
Las respuestas llenan mi cabeza, pero no tengo la energía para decirlas. La puerta de mi habitación se abre y se cierra, y vuelvo a sumergirme en el semi-pasaje onírico de mi resaca. El mundo más allá de mi cama parece imposible de navegar. Pero necesito ponerme de pie. Conseguir algo de comida. Al menos algunos malditos electrolitos.
Me siento con esfuerzo, lamentando la brillante idea de organizar la fiesta de anoche. Había sido divertido durante las primeras diez tomas. Después de eso, las cosas se volvieron confusas. Alguien había llamado al helicóptero para un tour aéreo de Manhattan en estado de ebriedad. Mi piloto podría haber recibido un baile erótico. Después de eso, nadie lo sabe.
Tropiezo con la eterna distancia entre mi cama y la puerta. Abro la puerta de golpe. El aroma a tocino y huevos flota hacia mí, y mi estomago comienza a rugir. Así que hay esperanza. Comienzo la larga caminata desde mi ala de habitaciones hacia el área común de la cocina y el comedor.
–¡Ahhh, ahí está! – La voz de Weston resuena a través de nuestra enorme cocina, y entrecierro los ojos, protegiéndome de la excesiva cantidad de luz solar que llena nuestro ático en el piso cincuenta y tres.
Técnicamente, nuestro pent-house ocupa los pisos cincuenta y tres, y nuestra cocina está en algún lugar en el medio.
–¿Tienes que gritar? – pregunto.
–Mírate. El paseo de la vergüenza– Dominic me da una palmada en la espalda mientras paso junto a ellos arrastrando los pies. Nuestro chef privado está preparando una nueva ronda de tocino mientras recojo el último trozo de la bandeja en la isla con cubierta de mármol.
–No es un paseo de la vergüenza si es tu propia casa– señalo, masticando el tocino. Si, eso se siente tolerable. Grasa de cerdo, buena.
–Gracias Butch– Butch es nuestro chef. Levanta su espátula y asiente. Tenemos la costumbre de contratar a gente de fuera. Y Butch no es la excepción. Es un tipo del sur como nosotros, un involuntario inmigrante de Nueva York que simplemente no encaja del todo con la burguesía normal.
–¿Necesitas un Gatorade o qué? – pregunta Weston.
Gruño. El asiente y desaparece para buscar uno.
–No pasa un día sin que agradezca a Dios que tengamos nuestros propios pisos separados en este lugar– me dice Dominic con una mirada melancólica. –Ni siquiera quiero saber que te metiste después de que regresaron de ese tour en helicóptero–
–De hecho, si quiero saberlo– le digo. –Ya que no recuerdo nada–
Weston regresa con un Gatorade azul un momento después. –¿De verdad? Algunas cosas es mejor olvidarlas–
Suelto un bufido y giro la tapa, metiendo la bebida azul eléctrico en la boca. Entre eso y el tocino, la claridad está volviendo.
–Pero anoche fue algo icónico, ¿verdad? – pregunta Dominic, con algo de serio en sus ojos verde musgo. –No quiero que empieces con la mierda de las fiestas a lo grande otra vez–
–¿Cuándo he salido de fiesta a lo grande últimamente? – le pregunto. –De todos modos, me divierto en la casa de los Hamptons. No entiendo por qué estás preocupado–
Mis hermanos intercambian una mirada, lo que despierta mi irritación. –¿Y bien? – pregunto. –No he organizado una fiesta en el pent-house en más de un año. Demuéstrenme que estoy equivocado–
–No es eso– dice Weston. –Es…–
Bebo un sorbo de Gatorade mientras mis hermanos se andan con rodeos. Cuando nadie añade nada, espeto:
–¿Qué? –
–Mila– suelta Dominic.
Su significado me golpea. Supongo que la motivación para mi fiesta post-Cargill no es tan opaca como imaginaba. Tal vez yo soy el único al que engaño en este punto.
–Bien– Me froto la nuca. –Fue algo único. Lo prometo–
–¿Seguro que quieres seguir adelante con la oferta? – pregunta Weston.
–Hermano, está bien. Va a valer la pena. No me habría ofrecido como voluntario para entrar en la órbita de Cargill si no pensara que vale la pena– Pero incluso mientras hablo, mi estómago toca fondo. Diez minutos cerca de Mila sin contacto visual me habían provocado esta resaca. ¿Qué provocará una conversación real con ella?
–Uno de nosotros puede ir en tu lugar– dice Dominic. –Lo digo en serio–
–Solo son unas pocas reuniones, y luego el edificio será nuestro– les aseguro. –¿Qué tan difícil puede ser? Además, saben que mi culo salado necesita llegar hasta el final con Conrad–
Mis hermanos intercambian otra mirada. pero mi razonamiento se ha filtrado en ellos. Me creyeron. Butch se acerca a la isla con una bandeja de tocino recién surtida. Gruño, comiéndola.
–¿Sabes que haces el mejor tocino de todos? – le digo mientras como una rebanada caliente.
–Es tocino, Asher– dice Butch.
–No puedes arruinarlo–
–Alguien podría– dice Weston, tomando un poco antes de mirar su reloj. –De acuerdo. Hora de ir a la oficina–
Si, somos esos tipos, los dueños del pent-house en el mismo edificio donde trabajamos. Simplemente tiene sentido, ya que compartimos el pent-house. Nuestro apartamento es lo suficientemente grande para cinco familias y nos da la oportunidad de reunirnos para desayunar y, en ocasiones, cenar. Y cada uno tiene su propio refugio para cuando hemos tenido demasiado amor fraternal. El mío está en los Hampton. También tenemos residencias en Louisville. Tenemos mucho espacio personal: el pent-house es nuestro espacio fraternal.
–¿Vienes hoy? – pregunta Dominic mientras me examina de pies a cabeza. –Te ves mal–
–Uhhh, puede que me tome un día libre– bebo el resto de mi Gatorade de un trago y dejo escapar un suspiro de satisfacción. –Si, voy a tomarme el día libre–
–Avísanos si tienes alguna novedad sobre el edificio– dice Weston, ajustándose los puños de su camisa abotonada antes de coger su maletín de un taburete de la isla.
Les hago un gesto de aprobación con el pulgar y se dirigen al ascensor privado que los lleva directamente a nuestra oficina.
Cuando solo estamos Butch y yo en la cocina, digo: –Deberías haber venido en el helicóptero–
–No me invitaste–
–Te invitaré la próxima vez– prometo. –Tal vez podamos hacer un picnic allí arriba–
Charlamos un poco más mientras termino de desayunar en la isla de la cocina. Tenemos un acogedor rincón para desayunar que me encanta usar en las mañanas perezosas, pero cualquier cosa más allá de justo enfrente de mi está demasiado lejos con esta resaca.
Después de un vaso de jugo de naranja, estoy listo para volver a meterme en la cama. Enfrentar la realidad con esta resaca es difícil, y todavía no puedo deshacerme del retroceso emocional que mis hermanos habían insinuado.
Después de que Mila rompiera conmigo, me había acostado con la mayoría del Bajo Manhattan y me había bebido el contenido de sus bares, simplemente como una forma de no pensar en perder el amor de mi vida. No pensé que volvería hacerlo, ni por asomo. Pero vi adonde quieren llegar.
Subo el volumen de mi teléfono mientras regreso a mi habitación. Después de una ducha caliente y de ponerme ropa deportiva y nada más, estoy listo para mi día personal. Cada pitido que indica una llamada o un correo electrónico me hace sentarme y echarle un vistazo.
El almuerzo llega y se va: un tazón energético de pollo y quinoa que Butch sabe que me encanta. Aunque nunca lo adivinarías al mirarlo, es un chef gourmet que había viajado por Paris y Ámsterdam. Nadie concina un filet mignon mejor que este hombre. Después del almuerzo, planeo volver a mi tranquilo estado de resaca en mi habitación, pero la motivación entra en acción. Me dirijo a nuestro gimnasio personal y paso el resto de la tarde haciendo pesas y escuchando cualquier sonido en mi teléfono.
Las horas pasan volando, pero no llega nada de Cargill Realty. Me estoy poniendo muy irritado. Esperaba una llamada para el mediodía. ¿Qué tan difícil es programar una visita para un comprador motivado? Es una agencia inmobiliaria, por el amor de Dios.
Justo antes del cierre del negocio, llega la llamada. Estoy a medio hacer abdominales y me paso el antebrazo por la cara antes de contestar.
–Hola, llamo por Asher Hamilton–
La voz al otro lado de la línea suena débil. Tal vez asustada. Probablemente un asistente de bajo nivel.
–El habla–
Hola, soy Stephany de Cargil Realty. Quería concertar una cita con ustedes para la visita del número 225 de la Décima Avenida–
–Genial. ¿Cuál es la fecha disponible más temprana? –
Mis abdominales tiemblan por la posición que mantengo en el banco de abdominales. Mi six-pack me lo agradecerá mañana.
Ella chasquea la lengua. –Tengo un hueco para el viernes–
Hago una pausa, pasando la llamada al altavoz del teléfono. El viernes es mañana. Tal vez están motivados para vender.
–Mañana suena genial–
–Ah, no. lo…lo siento mucho. El próximo viernes–
Mis agallas me abandonan y me desplomo en el banco con un resoplido. –¿Disculpa? –
–Si. El próximo viernes podemos programar una visita–
–Eso es dentro de una semana– espeto.
–Si señor–
–No– Miro el calendario en mi teléfono como si mostrara el horario de Cargill. –Tiene que ser antes– No me gusta el tiempo que se están tomando. Tengo el presentimiento de que Conrad no quiere venderme, lo que hace mucho más importante cerrar el trato. Cualquiera más podría entrar y quedarse con este edificio. No dejaré que eso suceda. Ese edificio será mío.
–Señor Hamilton, no estoy realmente segura…–
–Escucha, ¿Cuánto dinero necesito meterle por el culo a Conrad Cargill para poder ver este edificio antes? – espeto. –Disculpa, meterlo en su cuenta bancaria. Mis disculpas, por el error. Ahora, por favor, habla con Conrad o Mila o, Dios no lo quiera, con Dustin para que me consigas una visita con un poco más de entusiasmo– hago una pausa. –Por favor–
La asistente tartamudea por un momento y luego me pide que espere. Sonrió para mí mismo a través de la banal música de espera. Cuando regresa un momento después, suena anormalmente alegre.
–¿Mañana funcionaría? –
–Maravillosamente. Envía la fecha y la hora a mi correo electrónico, por favor. Gracias por tu ayuda–
Cuelgo y tiro mi teléfono al suelo de espuma cerca del banco de abdominales. El logro me recorre el cuerpo, pero está acompañado de algo más. Un sabor amargo en la garganta.
Se lo que es eso. conozco esa sensación demasiado bien. Suelto un suspiro y me muevo del banco de abdominales para poder recuperar mi teléfono. Paso las pantallas hasta que llego a mis aplicaciones de inversión. El negocio de hoy requiere algunas transacciones importantes.
Compro una gran cantidad de acciones de una empresa que había estado observando y que trabaja para brindar el mejor comienzo educativo a los niños de las poblaciones marginadas de todo el país. Luego, paso a mi aplicación de donaciones, donde divido cien mil dólares entre organizaciones sin fines de lucro centradas en STEM (ciencia, technologies y matemáticas) y esfuerzos de vivienda de transición para huérfanos y niños de acogida en el este del país. Elijo una región diferente del país en la que centrarme cada semana.
Y luego lo remato todo donando cincuenta mil a la Fundación Hambre Mundial.
Wall Street puede tener sus reglas, pero yo vivo según otras diferentes. Y mis reglas dictan que el bien prevalecerá. La maldad y la canallada, no. Esta es la otra cara de la moneda que ahora tiene. Con una inmensa riqueza a mi disposición, tengo el poder de equilibrar la balanza si así lo decido.
¿Y mi elección? Derribar a Conrad Cargill por su actitud despreciable. Si él me hubiera pisoteado y aplastado a su propia hija, entonces habría innumerables legiones de otros que habrían sufrido un destino similar bajo el yugo de este traficante de mierda de pene débil. Los efectos secundarios de volver a ver a Mila valen la pena, si eso significa que de alguna manera puedo lograr llevar a cabo al gran idea que ha cobrado vida detrás del edificio.
Encontrar una manera de quemar Cargill Realty hasta los cimientos.