ASHER
Ocho años después…
Una furia deslumbrante. Eso es lo que tiene la ciudad de Nueva York; lo que me atrajo.
Es la locura de “desnudez histérica y hambrienta” de Gingsberg, pero es más que eso. Mucho más.
Nueva York palpita con un pulso que se puede ver, sentir, saborear y joder.
Es la furia de la ambición. La necesidad no solo de ascender, sino de explotar. Eso es lo que me trajo a este fascinante agujero de mierda. un agujero de mierda impregnado de amor, por supuesto. La forma en que los miembros de la fraternidad aman su casa; ese amor distante, codependiente y manchado de cerveza. El tipo de amor que te abandonaría por completo en un instante si surgiera algo mejor; excepto que ¿Qué podría ser mejor que ser multimillonario en la ciudad de Nueva York?
Mis hermanos y yo podemos ser kentuckianos de nacimiento, pero éramos neoyorquinos de credo. La ambición nos trajo, la hermosa furia nos atrapo, y el futuro extenso y desenfrenado nos hizo quedarnos. Eso y un pequeño asunto pendiente vinimos a explorar. Y yo soy un maldito fuego artificial, baby.
–Asher. Tierra a Asher– la entonación molesta de la voz de mi hermano Weston me saca de mi ensoñación. He estado mirando por las ventanas del techo al suelo con vistas a Manhattan. Mirar el desorden de Manhattan siempre me hace pensar en donde habíamos empezado en esta hermosa y furiosa ciudad.
–¿Qué? – Me conecto a la conversación. Un poco tarde para el gusto de mis hermanos. Ambos ponen los ojos en blanco al unísono. Claro, debería haber estado escuchando. Pero este maldito paisaje urbano es tan condenadamente sexy.
–Dije que Alan viene para que podamos hablar de la lista de nuevas propiedades que busco para nosotros– El gran sillón de cuero de Weston cruje un poco mientras se recuesta en él, arqueando una ceja hacia mí con condescendencia. Es mayor y más alto que Dominic y yo, pero realmente muestra su superioridad de hermano mayor a través del uso inquebrantable de sus cejas sentenciosas.
–Eso es genial– digo, juntando los dedos mientras vuelvo mi atención al mundo más allá de la ventana. Es un día gris, a principios de verano. Las nubes son tan espesas y bajas que prácticamente puedo tocarlas desde el piso del edificio. Puedo imaginar la humeada del aire exterior, a pesar de que aquí, en la sala de conferencia, hace 20 grados en perfecto estado.
–¿Por qué parece que estás expulsando un cálculo renal? – me pregunta Dominic.
Yo soy el más joven en nuestra sala de juntas familiar, pero no por mucho. Dominic y yo tenemos la misma edad durante aproximadamente un mes, lo que significa que habíamos estado en el mismo grado durante toda la escuela. –Apenas puedo oírlos por encima de las cejas de Weston– hago una mueca cuando Weston frunce los labios, tratando de no reírse. –Tranquiliza tus cejas, hermano–
–Eres un maldito imbécil– dice Weston, lanzando su bolígrafo en mi dirección. Nuestros bolígrafos están hechos a medida y son lo suficientemente pesados como para funcionar como arma en caso de necesidad, así que lo esquivo lo mejor que puedo desde mi silla.
–Esa es nueva– digo. algunas personas ejercitan su cerebro con sudokus o crucigramas o ese nuevo juego incomprensiblemente molesto, Wordle. Mis hermanos y yo decidimos mantener nuestros cerebelos activos inventando nuevos insultos el uno para el otro. –Le doy un ocho sobre diez–
Puedo que hayamos movido millones de dólares por ahora, pero seguimos siendo hermanos hasta la médula.
–¿Ocho sobre diez? La balanza esta manipulada. Hey, ¿podemos volver a esta propiedad? – Weston le hace un gesto a un joven de rostro fresco al otro lado de la pared de cristal de nuestra sala de conferencias. El tipo entra de repente, con una gran sonrisa en el rostro, ansioso por complacer. Y debería estarlo, porque pagamos muy bien en Hamilton Enterprises.
No tenemos otra opción que jugar el juego a nuestra manera. Para los ricos imbéciles de elite de Wall Street y Manhattan en general, siempre seremos los rancheros de la montaña. No importa si vuelo a mi casa en los Hampton en mi helicóptero. Para ellos, habernos hecho a sí mismos significa que somos nuevos ricos, lo que solo resuena como un insulto en su lado del pasillo. Como mi hermano mayor, Weston, gano nuestro primer medio millón exprimiendo a Wall Street, una jugada financiera que algunos de estos imbéciles menospreciaban, y piensan, que, además, éramos dinero tonto. Y como nos negábamos a vestirnos, vernos o actuar como los imbéciles santurrones que querían que fuéramos, también se nos consideraba dinero feo.
Nuevos. Tontos. Feos.
Lloraría por ello si no tuviera tantos ceros al final de mi saldo bancario.
Pero esto no es un imperio por el bien del imperio; no, queremos una comunidad que lo acompañe. Una diseñada estrictamente para los llamados nuevos, tontos y feos. No éramos esos cabrones del Monopoly que liberaban billetes de dólar y prendían fuego a la competencia. En realidad, tenemos moral, muchas gracias. Moral rígida, además, aunque nos inclinamos a abrazar un ligero hedonismo.
Porque nadie dijo que tenías que ser célibe como uno de los buenos. Aunque, para la mayoría de los círculos de elite aquí, somos inequívocamente, sin lugar a dudas, los chicos malos.
–¿Puedes coger ese bolígrafo y traemos una nueva ronda de espresso?– le pregunta Weston al nuevo empleado, Carl.
Carl asiente efusivamente. –Por supuesto. Por supuesto. Lo que quieras–
Toma el bolígrafo de Weston, se lo devuelve con una extraña reverencia y sale apresuradamente de la sala de conferencias.
–Se merece cinco estrellas por la reverencia– murmura Dominic. –¿Tiene ascendencia asiática? –
–No. Creo que simplemente se pone nervioso a nuestro alrededor– Tomo mi propio bolígrafo-arma Hamilton. –Lo cual es comprensible–
Dominic y Weston resoplan. Compartimos sonrisas traviesas antes de volver a los papeles que tenemos delante.
–Así que ahora que Alan casi está aquí, y no hemos revisado sus hallazgos, continúemos– Weston empieza a levantar las cejas de nuevo, pero no le doy importancia por ahora. vendrán más. Siempre ocurre.
Dominic hojea los papeles, con esa línea formándose entre sus ojos cuando está sumido en sus pensamientos. Eso sucede a menudo, porque siempre está pensando en cosas extremadamente complicadas. Como matemático nato y hacker universitario, siempre está pensando en algún detalle extremadamente relevante.
–No me gusta tu expresión ahora– le digo.
–Mira las propiedades– dice Dominic. –Ya verás–
Reviso las hojas que tengo delante. Estoy predispuesto a la decepción. He estado buscando durante casi un año el edificio perfecto para añadir a nuestra cartera, pero nada ha sido perfecto. Esto no es un proyecto desechable; este es el corazón y el alma de nuestro imperio. La gran empresa que adquirimos el año pasado, Strata, expandió nuestros intereses desde la simple gestión de patrimonio hasta la tecnología. Ahora queremos formalizar nuestras iniciativas benéficas. Darles un hogar y espacio para crecer.
Todo lo que hacemos es para poder retribuir. Y este edificio servirá como centro para ese trabajo de ahora en adelante.
De los papeles que tengo delante, solo uno parece remotamente atractivo. Lo recojo, mirando las estadísticas. Bueno, tal vez me equivoqué. Este lugar parece perfecto.
–Espera, ¿Dónde es esto? – hojeo las páginas, tratando de orientarme. –¿Y cuando salió al mercado? ¿Ya los llamáremos ahora? –
–Lo haremos si tú lo dices– dice Dominic.
Necesitamos algo grande, algo totalmente nuestro, y algo que pueda contener viviendas de transición, educación, eventos sociales y la sede de nuestra organización benéfica con espacio para crecer. Este edificio de quince pisos lo tiene todo. Incluyendo un jardín comunitario remanente de inquilinos anteriores.
–Hola a todos– dice Alan con una risita mientras entra en la sala de conferencias, con el iPad en una mano y moviendo dramáticamente la otra hacia atrás sobre las ondas de su cabello oscuro y engominado. Como nuestro asistente ejecutivo colectivo, nos controla a los tres como los gatos callejeros que somos. Si alguien quiere llegar a nosotros, primero tienen que pasar por Alan, y el viste sus trajes Gucci proporcionados por la compañía como una armadura.
El nuevo empleado entra corriendo detrás de él, con una pequeña bandeja con tres delicadas tazas de espresso moviéndose al entrar. –Aquí están los espresso que querían. Señores– Carl nos envía una sonrisa temblorosa.
Dominic lo despide con la mano. –No tienes que llamarnos señor. Está bien–
Carl asiente, su rostro oscilando entre abatido y eufórico mientras coloca una taza junto a cada uno de nosotros. Luego se tambalea hacia la puerta, mirándonos por encima del hombro. Alan lo observa a través de la pared de cristal mientras Carl se escabulle por el pasillo.
–¿Cómo está Carl? – pregunta Alan mientras deja sus cosas en una silla vacía.
–Muy ansioso– dice Weston diplomáticamente.
–¿Necesitamos hablar con recursos humanos? –
Alan se acomoda en su asiento con una mueca, arreglándose el abrigo con delicadeza. El hombre apreciaba su colección de Gucci, posiblemente incluso más que a su actual novio.
–Está bien– dice Dominic. –Lo conocí a él y a sus padres en una convención de tecnología hace unos años y quería ayudarlo–
Alan tiene una extraña sonrisa fruncida mientras pasa las pantallas de su iPad. Puedo adivinar lo que está pensando, así que lo digo en voz alta.
–Si, otro caso de caridad, Alan–
–Hey, no dije nada– ríe Alan, cruzando las piernas debajo de la mesa de cristal. Ha trabajado con nosotros durante algunos años, así que es una de las pocas personas en Wall Street que realmente nos conoce. Nuestra historia. Nuestra dolorosa historia. Y por qué nuestro futuro es tan importante.
–¿Qué les parecieron mis edificios? –
–Este– Empujo el periódico hacia él. Lo mira y asiente.
–De acuerdo. Busquemos la información del propietario– Teclea eficientemente en su pantalla mientras yo junto los dedos y miro la ciudad. Weston sorbe ruidosamente su espresso. Se había convertido en un snob del espresso cuando regularmente teníamos más de cincuenta mil dólares en nuestras cuentas bancarias.
–Oh– Alan entrecierra los ojos al mirar la pantalla y luego me mira. casi con culpa, lo cual es preocupante.
–¿Qué? –
Parpadea un par de veces. –No te va a gustar esto–
–¿Por qué? – pregunta Dominic.
Alan deja su iPad. –El edificio es propiedad de Cargill Realty–
El nombre irrumpe en la conversación exactamente como uno esperaría que cayera una enorme pila de mierda. cojo el costoso bolígrafo-arma, moviendo el pulgar de un lado a otro sobre la punta.
Vinimos a la ciudad de Nueva York para explotar, pero los fuegos artificiales se queman cuando te acercas demasiado. A bastantes personas de Wall Street no solo les desagradamos mis hermanos y yo, sino que nos odian. Érase una vez, el más idiota de todos intentó quitarme la alfombra de debajo de los pies.
El creía que era dueño de Manhattan, y yo estaba invadiendo la propiedad privada. Porque, bueno, en cierto modo si era dueño de Manhattan. Conrad Cargill, el dueño de Cargill Realty.
No contaba con lo brillante y reluciente que sería mi flequillo. Conrad se enfadó muchísimo cuando le pedí a su hija que se casara conmigo. Aún más cuando aceptó. Y se puso como un loco de reality show cuando me negué a ceder y empecé a planear mi futuro con ella.
Su furia lo manchó todo. Incluyendo mi relación con la única mujer que he amado. Esa es una cicatriz para otro momento. El tipo de mierda de la que hablo si me emborracho y me pongo lo suficientemente triste. Pero ese hombre ya no me cerrará las puertas. Y que me condenen si me impide entrar en ese edificio.