ASHER
…
–Podemos seguir buscando– ofrece Weston, mirándome esperanzado.
–Hagamos una oferta– le digo a Alan antes de mirar a mis hermanos.
¿Bien? ¿Les parece bien? –
–Se ve perfecto– dice Dominic. –Pero…–
–No nos van a vender, Asher– dice Weston en voz baja.
–Eso lo decide su junta directiva, ¿no? – pregunto. –Y me aseguraré de que voten por la venta–
Alan ofrece un millón más que el precio de venta–
Alan apenas parpadea ante esto mientras anota nuestras notas. Ni siquiera necesito saber el precio. Solo necesito el edificio.
–Y programa mi reunión con ellos bajo el nombre de Spencer Wattford– añado, rápidamente.
–Dios mío, Asher– dice Dominic, pasándose las manos por la cara.
–¿crees que vale la pena ir allí solo para que te echen del edificio? – pregunta Weston.
–No me echarán– le prometo, aunque en realidad no tengo idea.
Porque si hay una empresa que había evitado como la maldita plaga, es Cargill Realty. Lo que pasó entre la familia Cargill y yo hace ocho años es el tipo de cosas en las que me esfuerzo por no pensar. Pero la verdad es que incluso cuando no lo pensaba, me impulso a estar más alto. Mas atractivo. Mas brillante.
Así que sí. Estoy profundamente interesado en comprar este edificio de ensueño, aunque lo vende el hombre que me dijo que era un chiste. El mismo hombre que convenció a su hija, el ex amor de mi vida, de que también me viera como un chiste.
Conrad Cargill y su miserable tribu de ávidos de dinero, fanáticos de los billetes de dólar, sacos de mierda. Mi ex prometida, Mila, incluida.
Si hay una persona a la que me alegraría no volver a ver a la cara, y es a mi ex. Porque aparentemente nuestro amor no había sido tan impenetrable ni duradero, aunque ella pasó tres años de nuestras vidas convenciéndome de lo contrario. pero algunas cosas deben soportarse como precio de la venganza.
La compra de este edificio es solo la primera parada del tren de la venganza; había estado preparando las vías durante los últimos ocho años. Siempre había querido acabar con Conrad Cargill, el último signo de exclamación en mi vida. De alguna manera, lo haré realidad. Aunque todavía no tengo mi plan en marcha, este edificio será la puerta de entrada. Puedo sentirlo.
–Veré cuando puedo incluirte en su agenda– dice Alan, deslizando el dedo con tanta furia por la pantalla que un mechón engominado de su cabello oscuro se desprende. Luego saca su teléfono celular y marca el número de teléfono. –¿Hay alguna posibilidad de que podamos conseguir alguna grabación de la cámara corporal por si te echan? –
Me levanto con una risa sin humor. –Estoy seguro de que a Conrad le encantaría echarme personalmente de su edificio. Pero apuesto a que no lo hará–
Alan está hablando por teléfono con Cargill Realty; su dulce voz de atención al cliente es más educada para Hollywood.
–¿Cómo puedes estar tan seguro? – pregunta Weston.
Porque conozco su kriptonita. Es un drama público– le lanzo a mi hermano una sonrisa malvada. –Ese hombre sabe hasta donde lo arrastraré a la prensa sensacionalista si intenta laguna mierda–
Mis hermanos y yo discutimos los detalles del edificio mientras Alan termina su llamada. Cuelga el teléfono con aspecto victorioso.
–Spencer Wattford se reunirá con la junta directiva de Cargill. Hoy.
–¿Hoy? – Me rio con incredulidad. –Mierda, si–
–Cancelé una de tus citas de la tarde para que funcione– dice Alan. –Pero parece que están motivados para vender–
–Un millón extra puede ser bastante convincente– Concede Weston.
Dominic no parece convencido. Tiene los brazos cruzados y niega con la cabeza. –Queremos este edificio. No hagas ninguna tontería que se interponga en nuestro camino– Ah. Mi hermano me conoce demasiado bien.
–Me portare perfectamente– le aseguro. –Cuando regresa Zero del paseador de perros? –
Dominic vuelve a gruñir. –Asher. Lo juro por Dios–
–No tengo tiempo para escuchar tus quejas– digo con una sonrisa. Por dentro, estoy tan emocionado que apenas puedo contenerme. Pero algo de inquietud viene junto con la emoción. Bueno mucha inquietud.
No había estado a menos de tres metros de estos imbéciles en ocho años. Pero necesito a Zero. Crecí en el sistema de acogida con mi hermano Dominic. Se lo que significa ser trasladado de una casa a otra, con toda tu mierda metida sin contemplaciones en una bolsa de basura. Empiezas a sentirte como basura tú mismo.
Por eso, cuando adopté a mi perro, fui a la perrera. Zero es parte Rottweiler, parte algo más de lo que nadie está seguro, y mi compañero mas fiel. Zero es corpulento, con un pelaje oscuro y brillante. Se lo que se siente ser amado, perder ese amor y luego rebotar entre todos los hogares equivocados. Tambien se lo que se siente encontrar finalmente un hogar para siempre, como el que Dominic y yo habíamos tenido la suerte de encontrar.
Zero y yo hacemos las cosas bien. Zero también es el número de mierda que nos importa colectivamente lo que los de afuera pensaran de nuestras practicas comerciales. Y el viene conmigo a Cargill Realty.
Una de las mejores partes de mi plan de reunirme con Conrad Cargill, ese multimillonario intolerable, desalmado y de mirada muerta que probablemente nació mitad robot, es que odia los perros. Pero cuando aparezca ofreciéndole veinte millones de dólares en efectivo, no podrá decir nada de mi perro. Dios, me encanta ser yo.
–Asher, no puedes llevarte a Zero– dice Weston golpeando sus nudillos contra el marco de mi puerta mientras le pongo la correa a Zero más tarde esta tarde.
–¡Que carajo! No puedo– Me pongo de pie, alisándome la parte delantera de mi camisa. Llevo un traje de negocios gris claro. Una corbata negra perfecta. Zapatos de piel de cocodrilo. Podría estar en la maldita revista Vogue. Le diría a Anna Wintour que se asegure de darle a Zero también su propio traje para la sesión de fotos.
–Amigo, queremos que diga que sí. No que te heche de la sala de juntas–
–Quiere dinero, y eso es lo que tenemos. Se ocupará de Zero porque tiene que hacerlo– Le doy a Zero una sonrisa traviesa. Esta en esto conmigo. Me dedica una sonrisa perruna torcida, con la lengua de fuera. Su pelaje marrón oscuro brilla. Le hago un gesto con la lengua a Zero para que me siga mientras me dirijo a la puerta. –Además, la junta directiva tiene que votar en el mejor interés de la empresa, y el mejor interés de su empresa es ganar un millón extra, haya o no un perro presente.
Weston hace una mueca mientras se hace a un lado. –Odio cuando tienes razón–
–Me encanta cuando dudas de mi– le doy una palmada en el hombro mientras Zero y o pasamos como si nada. –Solo me permite alimentar mi propio ego–
–Tal vez por eso lo hago– me grita Weston. –Ya sabes, ser un buen hermano mayor y todo eso–
Saludo a nuestros empleados al salir. Todos conocen a Zero. Todos lo quieren. Zero resopla mientras algunos empleados administrativos lo acarician al salir. Una vez que llegamos al ascensor, mi sonrisa fría flaquea. En la parte trasera del coche de la empresa, una Cadillac Escalade lujosamente tuneada en n***o bitono con llantas negras a juego, finalmente dejo caer los hombros.
–Lo tenemos controlado, Zero– le digo mientras jadea a mi lado. Pero la verdad es que no lo se.
Un batallón de asistentes revisa las listas de invitados antes de las funciones, glas y más, para ayudarnos a evitar a la familia Cargill. En las raras ocasiones en que me encontraba remotamente cerca de un Cargill, me iba antes de poder ver a Mila.
Uno pensaría que casi una maldita década después de esto sería más fácil. Pero no lo es. lo que solo demuestra a ese pequeño duendecillo susurrante en el fondo de mi mente que Mila y yo realmente somos una especie de almas gemelas retorcidas o algo así.
No es que le vaya a dedicar ni un segundo. Esta reunión solo puede ser incómoda, ya que se supone que tanto Conrad como Mila estarán presentes. Almas gemelas o no, Mila tomo una decisión hace ocho años. Y luego ha tomado otras decisiones peores desde entonces.
No hay lugar para el cambio, la compasión ni el perdón en nuestras realidades actuales y cristalizadas. Que se jodan todos.
Mi chofer me lleva a la puerta principal del edificio Cargill Realty. Sonrió a la elegante torre y le rasco a Zero detrás de la oreja. La última vez que había estado dentro, estaba en mi último año de posgrado con apenas mil dólares a mi nombre. Y ahora mírame.
–Te avisaré cuando termine– le digo a Morgan, el conductor. –Pero quédate cerca por si necesito escaparme rápido–
Morgan asiente, sonriendo con suficiencia por el espejo retrovisor. –Aquí estaré, jefe–
Salgo de la camioneta, Zero salta a mi lado. Zero espera obedientemente a mi lado, sin correa, como le habían entrenado. Golpeo la ventana para que Morgan sepa que estamos bien. Miradas curiosas revolotean en nuestra dirección mientras los neoyorquinos pasan por la acera. Le hago un gesto a Zero para que me siga y entro pavoneándome en el edificio de Conrad como si fuera mío. El personal de seguridad se acerca de inmediato, bloqueando el silencioso vestíbulo de mármol.
–No puedes traer a ese perro aquí– me dice un guardia musculoso que parece un luchador de MMA retirado. Miro mi reloj, subiéndome las gafas de sol. –Tengo una cita a las tres con Conrad Cargill–
–¿Nombre? –
–Spencer Wattford. Llámalo tú mismo y veras– Le envío una sonrisa fría mientras revisan un quiosco. Después de un momento, me dejan pasar.
–Vamos, Zero– digo, lo suficientemente alto para que los transeúntes me oyeran. –Es hora de que conozcas al gran y malvado Conrad Cargill–
Inmediatamente escucho la voz de Dominic en mi cabeza. “Dios mío, Asher, ¿quieres arruinar el trato o qué?” Mis hermanos son más seguros que yo. Pero tengo algunos asuntos pendientes que resolver.
Silbo para mí mismo mientras me dirijo a los ascensores, enmascarando mi ansiedad. Paso por el expositor de plantas cerca del vestíbulo del ascensor. Ocho años atrás, había guardado mi horrible chaqueta de cuero detrás de unos helechos justo allí antes de ir a informar a Conrad que planeaba casarme con su hija. Había necesitado usar un alias, Spencer Wattford, para entrar en su agenda. Así que, en realidad, hoy también es un viaje al pasado. Para todas las partes involucradas.
Zero y yo somos los únicos en el ascensor mientras subimos al piso treinta. Olfatea con curiosidad en la cabina del ascensor y se queda a mi lado mientras entramos en la recepción de la suite ejecutiva de Cargill. Cuando la recepcionista de ojos saltones me mira, varios pensamientos malvados cruzan por mi mente: Debería follarla para demostrarle algo a Mila, aunque no estoy seguro de que demostraría eso; debería inscribir a todo el personal administrativo de Hamilton Wealth management para darle más lata a Conrad; debería follar con todo el personal administrativo para demostrar algo más, aunque no estoy seguro de que, y Dios mío, eso sería mucho sexo.
–¿Puedo ayudarte? – pregunta.
–Estoy seguro de que puedes– le ofrezco una sonrisa encantadora, que me devuelve de inmediato. A veces, me siento como Leonardo DiCaprio como Frank Abagnale en Atrápame si puedes, pero con más tatuajes y muchísimo más dinero. Excepto que yo no estoy estafando a nadie. Mis cheques no rebotan. Lo había fingido hasta que lo conseguí.
–Spencer Wattford está aquí para una reunión con la junta–
–De acuerdo, déjame encontrar tu cita– Su atención se centra en la computadora. Golpeo el teclado un par de veces y luego asiente. –Si. Ya te están esperando. Déjame decirles que estás aquí–
–Excelente– miro a Zero, decidiendo finalmente cual de mis malvadas ideas parece la mejor.
–¿Podrías también pasarme la dirección de tu departamento de recursos humanos? He estado hablando con el señor Cargill sobre el próximo cambio en la planificación financiera de los empleados, y tendré que organizar algunos detalles con su coordinador de beneficios.
–Oh, claro. Por supuesto- la recepcionista busca en un cajón y luego me entrega una tarjeta de presentación. Bingo. Se donde poner marcha mi insidioso plan paralelo, y ahora mi pene no corre peligro de caerse. –Si me sigue me muestra la sala de conferencias–
Ilumino mi sonrisa al mismo tiempo que se me revuelve el estómago. Zero y yo seguimos a la recepcionista por un pasillo alfombrado y doblamos una esquina. Abre una puerta de madera oscura, indicándonos a Zero y a mí que entremos. Le doy las gracias y me armo de valor. Y luego pongo mi mirada en la sala de juntas de Cargill.
Dentro, todos con los que alguna vez había tenido un problema se han reunido convenientemente alrededor de la misma mesa de cristal. La luz del sol de la gris tarde de principios de verano se filtra, proyectando patrones apagados en las paredes.
Pero lo más hermoso de la multitud frente a mi es el ceño fruncido que se formó en el rostro de Conrad Cargill. Me encanta ver como la verdadera identidad de Spencer Wattford se asimila por segunda vez en su vida. Y su expresión cuando nota a Zero a mi lado hace que todo sea aún mejor.
¿Y la peor parte?
Mila Cargill está sentada justo frente a mí.
No puedo mirarla, solo me permito la más rápida impresión. Cabello castaño brillante recogido en una elegante cola de caballo. Labios del tono de un vino morera. Anillo de bodas de oro brillando en su dedo. Dustin DuPont, su esposo, a su lado.