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Desperté con la sensación de que algo seguía latiendo dentro de mí.
No, no era mi corazón. Ese ya estaba podrido desde hace años.
Era mi cuerpo… ardiendo. Como si su piel todavía estuviera pegada a la mía. Como si cada músculo de mi vientre recordara la presión de sus manos. Como si sus labios aún dejaran huellas invisibles entre mis clavículas.
Abrí los ojos despacio, con esa pesadez deliciosa que dejan las noches intensas. Las sábanas estaban enredadas entre mis piernas, la seda aún tenía su olor: madera, cuero y poder. Killian Hart. El CEO arrogante. Maldito hombre que entró en mi noche como un huracán, y me la desarmó con solo mirarme.
Suspiré.
Ese tipo de suspiro que no se puede fingir. El que te arranca el alma por la garganta. El que deja una historia escrita en el pecho. El que se queda después de que un hombre te hace olvidar tu propio nombre.
Me quedé ahí, mirando el techo, durante unos segundos… tal vez minutos… o quizás años. El tiempo siempre se comporta raro cuando se mezcla con deseo y recuerdos.
—Soy Aria Blake —me dije en voz baja, como si me estuviera reconociendo de nuevo. Como si tuviera que reafirmar quién soy después de una noche donde él me vio como nadie lo había hecho.
Tengo veinticinco años.
Y, si me preguntas, hace tiempo dejé de pertenecer a este mundo como lo hacen los demás.
Nací en un pueblo diminuto y olvidado, donde el cielo era más grande que nuestras oportunidades. Pobreza, abandono, enfermedades. A los dieciséis, mi infancia terminó. A los veinte, mi cuerpo se convirtió en mi arma. Me oculté detrás de una máscara y me vendí al arte del deseo.
Ahora soy “La Conejita del Encaje n***o”. La estrella del club más oscuro y caro de Montreal: The Black Rabbit. Bailo, seduzco, cobro. Pero yo elijo. Siempre.
Hago lo que hago porque el hambre enseña a no tenerle miedo a nada. Porque cuando el mundo te empuja al borde, aprendes a bailar sobre el filo de la navaja… con los tacones bien puestos.
Me levanté despacio. Sentí los muslos sensibles, los dedos de mis pies reclamando una tregua, la piel todavía con rastros de sus caricias. Caminé al baño con esa pereza sensual de quien ha sido devorada… y ha amado cada mordida.
Encendí la luz y me miré en el espejo.
Ahí estaba yo. Mi reflejo. O al menos lo que queda de mí cada mañana.
Ojos verdes felinos, hinchados por el desvelo. Cabello revuelto, como un huracán azabache con destellos azules. Mis labios… hinchados. El inferior con una pequeña marca. ¿Él me mordió? Sonreí. No sabía si maldecirlo o escribirle un poema.
Solté otro suspiro. Ese… el mismo de hace un rato. El que quedó atrapado anoche.
—No te enamores, Aria —me dije a mí misma—. Los hombres así no se quedan. Ellos arden. Te queman. Y luego se van… dejando brasas donde alguna vez tuviste corazón.
Me cepillé los dientes sin dejar de mirarme. Ese acto tan simple, tan cotidiano, me hacía sentir cuerda. Como si, por un momento, pudiera ser una mujer normal que simplemente pasó una buena noche. Como si pudiera ignorar que llevo cinco años vendiendo fantasías que me rompieron por dentro.
Al salir del baño, envolví mi cuerpo en una bata negra de satén. El silencio del Penthouse me dio la bienvenida, interrumpido solo por el débil sonido de una espátula contra un sartén.
La cocina.
Y ahí estaban.
Mis anclas en medio del caos.
Theo, con su bata de unicornio rosada, cabello recogido en una cebolla mal hecha, cantando una canción de Lady Gaga desafinada mientras freía huevos con queso de cabra y una copa de prosecco en la mano. Porque claro, en esta casa el brunch empieza con alcohol o no empieza.
Y Margaret… con su pijama de seda verde botella, sentada en la barra de mármol, hojeando el diario como si fuera una duquesa del siglo XVIII… excepto por la mascarilla de arcilla verde que le cubría la cara como un alien de spa.
—¡Y la diosa despertó! —canturreó Theo, dándome una vuelta teatral con la espátula en alto—. ¿O deberíamos decir… la mujer que sobrevivió a Killian Hart?
Margaret ni levantó la vista del diario.
—¿Sobrevivió? Con ese cuello no lo juraría —dijo, señalando mi reflejo en la cafetera—. ¿Eso es un chupetón o una declaración de guerra?
—Ambas —gruñí, tomando asiento con un gemido lastimero.
—¿Estás bien? —preguntó Theo, esta vez más suave. Me acercó una taza de café con crema batida y virutas de chocolate. Sí, él sirve el café como si estuviera seduciendo a un príncipe árabe.
Lo tomé entre mis manos y asentí, dejando que el aroma me devolviera un poco de mi alma.
Ellos no son simples compañeros de piso.
Ellos son mi familia.
Theo fue el primero en aparecer en mi vida como un meteorito con brillantina. Lo conocí en un baño público, en pleno diciembre, cuando yo recién había llegado a la ciudad con cincuenta dólares en el bolsillo y un bolso lleno de lencería barata. Estaba llorando, encerrada en un cubículo del baño del metro, con los pies helados y los sueños rotos. Había tenido una de esas noches donde crees que tocar fondo te hará más fuerte, pero en realidad, solo te hace más cínica.
—¿Hola? —dijo una voz al otro lado de la puerta—. Si no abrís en tres segundos, voy a empezar a deslizar barras de chocolate debajo. Y tengo una bolsa entera de Hershey’s Kisses.
Abrí. No por el chocolate, sino porque su voz tenía esa calidez insolente que te hace pensar que, si te vas a hundir, al menos que sea con alguien que sepa flotar.
Theo llevaba una chaqueta dorada, jeans de lentejuelas, y pestañas postizas que le rozaban las cejas. Tenía los ojos delineados con glitter n***o y un aura de "no me importa lo que pienses" que me hizo querer abrazarlo… o robárselo. Lo primero que hizo fue ofrecerme un pañuelo. Lo segundo fue invitarme a dormir en su sofá cama. Y lo tercero… bueno, lo tercero fue decirme:
—Querida, nadie llora en Navidad con esos pómulos. Estás desperdiciando tu cara de villana sexy.
Y así empezó todo.
Margaret vino después. Dos años más tarde. Era la profesora privada de los hijos de un político aterrador, y cuando lo denunció por acoso, la echaron sin una carta de recomendación. La conocí porque bailé para el mismo político, una noche en que intentó tocarme más de la cuenta y yo le devolví una patada donde más dolía. Ella estaba en la sala contigua, escuchó todo, y cuando salí, me esperó afuera con un termo de té chai y una frase:
—Gracias. Llevaba semanas deseando que alguien lo hiciera sangrar.
La invité a tomar algo esa misma noche y terminamos hablando cinco horas. A las dos semanas ya vivía con nosotros. Llegó con dos maletas: una llena de libros y otra con tazas de porcelana con frases feministas. Desde entonces, Margaret fue nuestro equilibrio. La sensata. La de voz calmada. La que puede mirar a un hombre a los ojos y destruirle el ego sin levantar la voz.
Ellos son mi hogar. Theo, la locura fabulosa. Margaret, la sabiduría sarcástica. Y yo, el caos disfrazado de mujer.
Vivimos en un apartamento de tres habitaciones en el último piso de un edificio viejo en el centro. Yo pago la mayoría del alquiler con mis noches en The Black Rabbit, pero ellos hacen su parte. Theo trabaja en una boutique de artículos sexuales de lujo. Conoce más sobre lubricantes con infusión de lavanda que cualquier ser humano que haya pisado esta tierra. Margaret da clases particulares a los hijos de millonarios que no tienen tiempo de criar a sus propios monstruos. Les enseña literatura, ética, y a no ser completos idiotas.
—¿Recuerdas cuando llegaste? —dijo Theo ahora, mientras me servía más café—. Parecías un gato mojado con rímel corrido. Daba ternura y miedo.
—Y tú tenías esa chaqueta horrible de lentejuelas. Como si Liberace hubiera vomitado en ti —le contesté con una sonrisa torcida.
Margaret alzó una ceja sin levantar la vista del diario.
—Y aún así, ambos sobrevivieron. Milagros modernos.
—¿Y tú? —le pregunté, mirando su piel cubierta de arcilla—. Llegaste con tazas y una mirada que podía fulminar al Papa.
Ella soltó una risita nasal.
—Y ustedes me adoptaron. Mis huérfanos del placer y el caos.
—Ay, qué romántico —dijo Theo, limpiándose una lágrima imaginaria—. ¿Nos casamos ya o esperamos a que el apocalipsis sea oficial?
Me reí. De verdad. De esas risas que te sacuden los pulmones y te limpian un poco la mugre del alma. Porque con ellos todo es así: intenso, ridículo, dramático… y verdadero.
—¿Vas a volver a verlo? —preguntó Margaret, ahora sí mirándome. Sus ojos tenían ese brillo inquisitivo que usaba cuando se ponía en modo terapeuta.
—¿A Killian? —pregunté, saboreando su nombre como si fuera un veneno dulce—. No lo sé. No creo que quiera repetir con una mujer cuyo nombre no conoce.
—Por favor —bufó Theo—. Ese hombre te miraba como si fueras el último pecado disponible en la tierra. Estoy seguro de que le importaría un carajo si te llamaras “Misterio Inc.” mientras lo mires con esos ojos de gata hambrienta.
—¿Y si se entera quién soy? —pregunté, en voz baja. Más para mí que para ellos.