El bosque estaba inquieto. Con cada rama que se balanceaba al ritmo del viento parecía susurrar advertencias. Kael corría bajo la luz plateada de la luna, sus sentidos agudizados al máximo, guiado por el eco del aullido que había interrumpido su momento con Amelia. Sabía que no era un lobo de su manada. Este sonido era diferente: una mezcla de desafío y advertencia. Cuando llegó al claro, se encontró con Lyra, Erion y otros tres miembros de su manada, todos con los ojos brillando en la penumbra. —Ronan estuvo aquí —gruñó Kael antes de que nadie hablara. Lyra asintió, su expresión grave. —Lo sentimos. No detectamos su presencia hasta que ya había desaparecido. Pero no vino solo. Varios de los suyos rondan nuestras fronteras. Kael apretó los dientes, su mandíbula marcada por la tensión.

