La luz de la luna apenas lograba penetrar la densa capa de nubes que ahora cubría el cielo. La cabaña de Kael estaba sumida en el silencio, pero Amelia no podía dormir. Su mente era un torbellino de pensamientos contradictorios, y su corazón parecía dividido entre el miedo y una sensación de calidez que no podía ignorar. Había algo en Kael, en la forma en que la miraba, en la intensidad con la que protegía su mundo, que la hacía sentir cosas que no quería admitir. Pero también había tanto que no entendía. ¿Por qué ella? ¿Qué significaba todo esto? Cada respuesta que encontraba traía consigo una docena de nuevas preguntas. Amelia se levantó de la cama improvisada y caminó hacia la ventana. Afuera, el bosque parecía estar vivo, respirando con una quietud inquietante. Sintió un escalofrío r

