Ecos de un pasado Olvidado

1808 Words
Amelia despertó sobresaltada al día siguiente, con la sensación de que alguien la observaba. La luz del amanecer se filtraba por las cortinas raídas de la cabaña, pero la inquietud no la abandonaba. El encuentro con Ronan seguía fresco en su mente. Su presencia había sido tan real, tan tangible, que le costaba convencerse de que todo pudiera ser una simple pesadilla. Pero las marcas de barro en el suelo cerca de la ventana confirmaban que no lo había imaginado. —¿Qué está pasando aquí? —susurró, sintiendo que las paredes de la cabaña eran demasiado pequeñas para contener sus pensamientos. Decidida a obtener respuestas, se vistió rápidamente y salió al bosque. La brisa matutina era fresca, pero no logró calmar el torbellino de emociones que la consumía. Sabía a quién debía buscar, aunque no estaba segura de que quisiera encontrarlo. Kael había despertado algo en ella, una conexión inexplicable que no podía ignorar. Y aunque sus instintos le gritaban que debía mantenerse alejada, su curiosidad era más fuerte. En lo profundo del bosque Kael estaba de pie junto al río que serpenteaba por los límites del territorio de los Lúminis. El agua cristalina reflejaba los destellos del sol, pero él apenas lo notaba. Su mente estaba atrapada en la conversación de la noche anterior. Ronan había cruzado la línea, literalmente. Invadir el territorio de los Lúminis era un acto de guerra, pero el mensaje que había dejado era aún más inquietante. Lysandra se acercó en silencio, su expresión grave. —La manada está inquieta —dijo, rompiendo el silencio. Kael asintió, sin apartar la vista del río. —Lo sé. Y tienen razón en estarlo. —¿Qué piensas hacer? Kael apretó los dientes. No tenía una respuesta clara. Su prioridad era proteger a Amelia, pero cada movimiento que hacía parecía llevarlo más cerca de un conflicto abierto con los Umbra. —Primero, necesito saber más sobre ella. Sobre por qué es tan importante para ellos... y para nosotros. Lysandra lo observó con detenimiento, como si tratara de leer sus pensamientos. —Ten cuidado, Kael. La profecía habla de un gran sacrificio. Y no estoy segura de que estemos preparados para pagar ese precio. Antes de que Kael pudiera responder, un crujido en el bosque los alertó. Ambos giraron hacia el sonido, tensos. Amelia apareció entre los árboles, su rostro una mezcla de confusión y determinación. —Kael —dijo, su voz más firme de lo que esperaba—. Necesito hablar contigo. Lysandra entrecerró los ojos, analizando a la recién llegada. Kael, por su parte, sintió un nudo en el estómago. —Amelia, no deberías estar aquí. Ella cruzó los brazos, plantándose frente a él. —No me importa lo que debería o no debería hacer. Necesito respuestas, y creo que tú las tienes. Lysandra intercambió una mirada significativa con Kael antes de dar un paso atrás. —Hablaré con la manada. Ten cuidado, Kael. Cuando Lysandra desapareció entre los árboles, Kael suspiró, pasándose una mano por el cabello. —No deberías haber venido sola, Amelia. Este bosque no es seguro. —¿Seguro para quién? —preguntó ella, dando un paso hacia él—. ¿Para mí o para ti? Kael la miró, luchando por encontrar las palabras correctas. Pero Amelia no le dio tiempo para responder. —Anoche alguien entró en mi cabaña. Me dijo cosas que no tienen sentido, pero... siento que hay algo más en todo esto, algo que no entiendo. Kael sintió que su pecho se tensaba. —¿Quién era? —Se llamaba Ronan. El nombre cayó como una piedra en el agua, rompiendo cualquier esperanza de mantenerla al margen. —¿Qué te dijo? —preguntó, su voz baja y urgente. Amelia vaciló. Había algo en los ojos de Kael que la hizo dudar, pero finalmente decidió confiar en él. —Dijo que tú me estabas mintiendo. Que hay algo en mí que... que los hace a todos querer protegerme o usarme. Kael apartó la mirada, maldiciendo en silencio. —No te estoy mintiendo, Amelia. Pero hay cosas que aún no puedo explicarte. —¿Por qué no? —preguntó ella, su voz subiendo un tono—. Estoy aquí, en medio de un bosque que parece sacado de una pesadilla, rodeada de personas que no conozco y cosas que no entiendo. Merece... —¡Porque podría ponerte en más peligro! —la interrumpió Kael, su voz resonando en el bosque. Amelia retrocedió, sorprendida por su intensidad. Kael cerró los ojos, intentando calmarse. —Lo siento —dijo finalmente, su voz más suave—. Pero tienes que confiar en mí. No puedo contarte todo ahora, pero prometo que lo haré cuando sea seguro. Amelia lo miró, evaluándolo. Había algo en él que le decía que estaba diciendo la verdad, aunque no podía entender por qué. —De acuerdo —dijo finalmente—. Pero más vale que cumplas tu palabra. Kael asintió, aliviado por su respuesta. Pero sabía que las cosas no serían tan sencillas. En la oscuridad del territorio de los Umbra Ronan caminaba entre las sombras, su expresión sombría. Frente a él, un grupo de figuras se reunió en un círculo, sus ojos brillando con una ferocidad que reflejaba su naturaleza. —La humana está bajo la protección de Kael —dijo Ronan, su voz llena de desdén—. Pero eso no cambiará nada. Uno de los hombres dio un paso adelante. —¿Estás seguro de que ella es la clave? Ronan lo miró, su sonrisa fría. —Lo sabremos pronto. Y cuando lo confirmemos, los Lúminis no podrán detenernos. Amelia giró hacia el bosque, dejando a Kael detrás mientras trataba de calmar la turbulencia que había en su mente. Por más que intentara confiar en él, sentía que algo no cuadraba. La seguridad con la que hablaba, la urgencia en sus advertencias… todo apuntaba a que él sabía más de lo que estaba dispuesto a decirle. Mientras se alejaba, sintió el peso de su mirada clavado en su espalda, pero Kael no la detuvo. Eso la irritó más. ¿Por qué no insistía? El aire fresco del bosque se tornó pesado de repente. Los sonidos naturales que la habían acompañado momentos antes —el crujido de las hojas bajo sus pies, el canto lejano de los pájaros— desaparecieron. Amelia se detuvo, sus instintos alertándola. Un gruñido bajo rompió el silencio. Amelia giró rápidamente, su corazón latiendo con fuerza. Frente a ella, un par de ojos brillantes la miraban desde entre las sombras. Su respiración se detuvo al reconocer la figura: un lobo, más grande que cualquier otro que hubiera visto, con un pelaje n***o azabache que parecía absorber la luz del sol. El lobo avanzó un paso, sus colmillos asomando en una advertencia silenciosa. Amelia retrocedió lentamente, consciente de cada movimiento. Su garganta estaba seca, y su mente luchaba por recordar cualquier consejo que hubiera escuchado sobre enfrentarse a un depredador. —No corras —se susurró a sí misma, su voz apenas un suspiro. El lobo gruñó de nuevo, más fuerte esta vez, y el sonido resonó en el aire como un trueno. Amelia sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. De repente, un movimiento veloz irrumpió entre los árboles. Otra figura apareció, interponiéndose entre ella y el lobo. Era Kael. —¡Aléjate de ella! —rugió, su voz más profunda y resonante de lo que Amelia creía posible. El lobo n***o gruñó en respuesta, pero no atacó. En cambio, retrocedió unos pasos, sus ojos fijos en Kael. Amelia notó que había algo extraño en la postura de Kael, algo casi... animal. Sus hombros estaban tensos, y sus manos se curvaban como si fueran garras. —¿Qué está pasando? —susurró Amelia, apenas capaz de formar las palabras. Kael no respondió. Sus ojos estaban fijos en el lobo, un brillo dorado reemplazando el azul que Amelia había visto antes. El enfrentamiento duró unos segundos que parecieron eternos antes de que el lobo n***o retrocediera, emitiendo un gruñido bajo antes de desaparecer entre los árboles. Kael giró hacia Amelia, su respiración agitada. —¿Estás bien? —preguntó, dando un paso hacia ella. Amelia asintió lentamente, aunque no estaba segura de la respuesta. —¿Qué... qué fue eso? —logró decir. Kael extendió una mano hacia ella, pero se detuvo, como si temiera asustarla. —Te dije que este bosque no era seguro —dijo finalmente, su voz más suave—. Ahora sabes por qué. Amelia lo miró, tratando de procesar lo que acababa de suceder. —¿Eso era... un lobo? —preguntó, aunque la respuesta era obvia. Kael asintió, pero no dijo nada más. —Y tú... —Amelia se interrumpió, recordando el brillo en los ojos de Kael, su postura, la intensidad en su voz. Kael desvió la mirada, su mandíbula apretada. —Hay cosas que aún no estás lista para entender —dijo finalmente. Amelia sintió una oleada de frustración. —¡Entonces hazme entender! —exigió, su voz temblando tanto de miedo como de ira—. No puedes pedirme que confíe en ti si no me dices qué está pasando. Kael respiró hondo, luchando consigo mismo. Finalmente, tomó una decisión. —Amelia... el lobo que viste no es solo un animal. Es Ronan. El mundo de Amelia pareció tambalearse. —¿Qué? —Ronan y su manada... ellos son como yo. Podemos cambiar de forma, entre humanos y lobos. Es parte de lo que somos, parte de lo que hemos sido desde siempre. Amelia lo miró fijamente, esperando que él sonriera, que le dijera que era una broma, aunque sabía que no lo era. —¿Y tú? —preguntó finalmente, su voz apenas un susurro—. ¿También eres... uno de ellos? Kael la miró, sus ojos llenos de una mezcla de pesar y determinación. —Sí. Pero no soy como Ronan. Mi manada no busca guerra ni sangre. Solo queremos vivir en paz. Amelia sintió que sus piernas flaqueaban, pero se obligó a mantenerse de pie. —Esto no puede estar pasando —murmuró, sacudiendo la cabeza. Kael dio un paso hacia ella, su expresión suave. —Sé que es mucho para asimilar, pero necesito que confíes en mí. Te protegeré, Amelia, pase lo que pase. Antes de que Amelia pudiera responder, un aullido resonó en la distancia, llenando el aire con un escalofrío. Kael se tensó, girando hacia el sonido. —Tenemos que irnos. Ahora. Sin esperar su respuesta, tomó su mano y la condujo rápidamente por el bosque. Amelia no protestó, demasiado abrumada por todo lo que había sucedido. Mientras corrían, un pensamiento cruzó su mente, un pensamiento que no podía ignorar: si Kael decía la verdad, entonces todo lo que creía saber sobre el mundo estaba a punto de cambiar para siempre.
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