Bajo la luna de sangre

1970 Words
La mano de Kael era firme, pero no agresiva. Amelia apenas podía seguir su paso mientras corrían entre los árboles, las sombras del bosque danzando alrededor como fantasmas en la penumbra. El aullido resonante aún vibraba en el aire, un recordatorio constante de que no estaban solos. Amelia intentó ignorar las ramas que arañaban su piel y los gritos de su mente, que le exigían explicaciones. Todo lo que podía hacer era correr y confiar en Kael, aunque esa palabra, "confianza", le resultara más frágil que nunca. Finalmente, Kael se detuvo en un claro. Era un lugar pequeño, rodeado por árboles altos y oscuros que formaban una barrera natural. La luna brillaba sobre ellos, bañando el suelo en una luz plateada. Kael soltó su mano y se giró hacia ella, sus ojos aún brillando con intensidad. —Aquí estaremos seguros por ahora —dijo, aunque su tono no sonaba del todo convencido. Amelia se tambaleó hacia un tronco caído y se dejó caer sobre él, respirando con dificultad. —¿Seguros? —repitió, su voz cargada de incredulidad—. Acabas de decirme que tú y ese... Ronan son... ¿hombres lobo? Y ahora estamos huyendo de algo. ¿Cómo se supone que me sienta segura? Kael se arrodilló frente a ella, sus ojos buscando los suyos. —Sé que es difícil de creer, Amelia, pero no te mentí. Ronan no es solo un hombre lobo. Es el alfa de una manada que ha estado en conflicto con la mía durante generaciones. Él no sigue reglas, no respeta límites. Y ahora que te vio, tú te has convertido en un objetivo. Amelia sintió que el suelo bajo sus pies se desmoronaba. —¿Por qué yo? —preguntó, con un nudo en la garganta—. Soy solo una chica normal. ¿Qué podría querer de mí? Kael bajó la mirada, como si buscara las palabras adecuadas. —No lo sé con certeza —admitió—. Pero Ronan no actúa sin motivos. Si te vio y no te atacó de inmediato, significa que tiene un plan. Y eso... me preocupa. Amelia negó con la cabeza, su mente tratando de encontrar algún resquicio de lógica en todo aquello. —Esto es una locura —murmuró—. Todo esto... no puede estar pasando. Kael le tomó las manos, su tacto cálido a pesar del frío de la noche. —Lo sé. Pero necesito que confíes en mí. Te protegeré, Amelia, te lo prometo. La sinceridad en su voz hizo que algo dentro de ella se calmara, aunque solo fuera un poco. Quería creerle, quería pensar que él podría mantenerla a salvo. Pero una parte de ella aún se preguntaba si confiar en Kael no la estaba poniendo en un peligro aún mayor. Antes de que pudiera responder, un ruido en el bosque llamó su atención. Era un crujido bajo, como ramas rompiéndose bajo un peso pesado. Kael se levantó de inmediato, colocándose entre Amelia y la dirección del sonido. —Quédate detrás de mí —ordenó en un susurro. Amelia no discutió. Su cuerpo temblaba mientras se levantaba del tronco, su mirada fija en las sombras. De entre los árboles surgió una figura. No era un lobo, sino un hombre. Tenía el cabello oscuro y desordenado, y una sonrisa torcida que no alcanzaba sus ojos. Había algo en su presencia que hacía que la piel de Amelia se erizara. —Kael —dijo el hombre, su voz ronca pero tranquila—. Siempre tan protector. Kael se tensó, un gruñido bajo escapando de su garganta. —¿Qué haces aquí, Malek? Amelia notó cómo los músculos de Kael se marcaban bajo su camisa, como si estuviera listo para atacar en cualquier momento. —Ronan me envió —respondió Malek, su tono despreocupado, como si estuvieran hablando de algo trivial—. Quiere que le entregues a la chica. El corazón de Amelia dio un vuelco. —Eso no va a pasar —respondió Kael, su voz firme. Malek dejó escapar una risa suave, casi burlona. —Sabes que no puedes protegerla, Kael. Ronan la quiere, y cuando él quiere algo, lo consigue. Kael dio un paso hacia adelante, su postura desafiante. —Dile a Ronan que si la toca, será la última vez que lo haga. La sonrisa de Malek desapareció, reemplazada por una expresión de advertencia. —Estás jugando con fuego, Kael. Sabes que no puedes enfrentarte a él. —Vete, Malek. Ahora. Por un momento, Amelia pensó que Malek atacaría. Su mirada pasó de Kael a ella, sus ojos oscuros llenos de algo que no podía identificar, algo que la hizo sentir expuesta. Finalmente, Malek dio un paso atrás, levantando las manos en un gesto de rendición. —Como quieras, Kael. Pero no digas que no te lo advertí. Con eso, desapareció entre los árboles, dejando tras de sí un silencio inquietante. Kael permaneció quieto durante varios segundos antes de volverse hacia Amelia. —Tenemos que irnos —dijo, su tono urgente. —¿A dónde? —preguntó ella, sintiendo que cada vez estaba más atrapada en algo que no podía controlar. Kael la miró con determinación. —A mi manada. Ellos pueden ayudarnos. Amelia quería protestar, quería exigir respuestas, pero sabía que no había tiempo para preguntas. Kael extendió su mano hacia ella, y esta vez, ella la tomó sin dudar. Mientras corrían una vez más por el bosque, Amelia no podía evitar preguntarse qué tan profundo la arrastraría este mundo de secretos, rivalidades y lobos bajo la luna. La carrera por el bosque parecía interminable. Amelia estaba agotada, sus pulmones ardían con cada respiración, y sus piernas ya no respondían con la misma agilidad que al principio. Sin embargo, Kael nunca la dejó atrás. Su paso era constante, firme, como si no sintiera el peso de los minutos que pasaban, como si la oscuridad misma no fuera un obstáculo para él. Amelia intentaba mantenerse a su ritmo, pero el miedo la estaba venciendo, y el eco de sus pensamientos se hacía cada vez más pesado. ¿Qué era realmente Kael? ¿Qué se escondía detrás de esa mirada intensa que no podía dejar de buscar? El aire frío de la noche se volvía más espeso, como si el bosque mismo estuviera respirando con ellos. Las sombras se alargaban y distorsionaban, y de repente, Amelia sintió que algo estaba mal. —Kael… —su voz salió quebrada, casi un susurro, pero él la escuchó, deteniéndose al instante. En ese momento, el aire pareció volverse más denso, y un aullido lejano llegó a sus oídos, un sonido bajo y gutural que hizo que el cuerpo de Amelia se tensara, como si su sangre se congelara en sus venas. Kael se giró hacia ella, sus ojos brillando con un fuego contenido. —No mires atrás —dijo con voz grave—. No podemos perder más tiempo. Pero Amelia ya lo había visto. De entre los árboles, dos figuras oscuras se deslizaban, sus ojos reflejando la luz de la luna con un brillo animal, una intensidad salvaje que la hizo sentir que estaba al borde del abismo. Los lobos estaban cerca. Muy cerca. Kael apretó los dientes, su respiración se volvió más pesada, más profunda, y Amelia vio cómo su cuerpo empezaba a cambiar. La transformación era dolorosa, visceral, como si sus huesos se retorcieran bajo la piel, y la figura humana que ella conocía comenzó a perderse, reemplazada por una bestia aún más formidable. Los músculos de su torso se ensancharon, sus dientes se alargaron, y en cuestión de segundos, Kael ya no era el hombre que ella había conocido. Frente a ella estaba un lobo enorme, con un pelaje oscuro como la noche y unos ojos amarillos que brillaban con la misma intensidad que antes. Amelia dio un paso atrás, aterrada. Había visto películas, había escuchado historias, pero nunca pensó que algo tan aterrador y bello a la vez fuera posible. —Kael… —susurró, su voz temblorosa. El lobo la miró con una intensidad feroz, pero también con algo más: una protección inquebrantable. Kael no había dejado de ser él, aunque su forma hubiera cambiado. Un sonido rompió el tenso silencio, como un crujido de ramas bajo el peso de algo más grande. Amelia se giró y vio a los dos lobos acercándose más, moviéndose con una rapidez sobrenatural. Kael, ahora completamente transformado, se puso en guardia, su cuerpo bajo y tenso, listo para enfrentarse a cualquier amenaza. Amelia se quedó paralizada, sin saber qué hacer, sus ojos fijos en los lobos que se aproximaban. Los dos eran enormes, mucho más grandes que Kael, con pelaje gris y blanco que brillaba a la luz de la luna. Los ojos de ambos brillaban con un peligro inminente. —No te acerquen más —gruñó Kael, su voz profunda, resonante como el eco de un trueno. Los lobos se detuvieron por un momento, observando. Uno de ellos, el más grande, dio un paso adelante, sus ojos fijos en Amelia. —Te dijimos que no debías escapar, Kael —dijo una voz áspera, que parecía provenir directamente de la bestia. Amelia no podía creer lo que estaba oyendo. ¿Es que estos lobos… podían hablar? —Ronan no dejará que esta… humana siga con vida si no obedeces —continuó el lobo más grande, sus ojos brillando con desdén. Kael mostró los dientes, un gruñido bajo escapando de su garganta, pero su postura era tensa. Sabía que no podía enfrentarse a ellos sin poner en riesgo a Amelia. —No voy a entregarla —respondió con firmeza—. Ni a ti ni a Ronan. Los lobos se acercaron lentamente, y Amelia sintió que el miedo se apoderaba de su cuerpo. Su corazón latía con fuerza, y sus manos temblaban. ¿Qué podía hacer? ¿Qué debía hacer? De repente, algo cambió. El lobo más grande dio un paso atrás, y con él, el otro. Parecían dudar, como si algo los hubiera detenido en su avance. —No vamos a pelear contigo, Kael —dijo el lobo de voz grave, sus ojos brillando con una luz diferente—. Pero si no regresas con nosotros, si no te entregas a Ronan, no habrá forma de que puedas protegerla. Kael gruñó, pero sus ojos se suavizaron. Algo en él cambió, como si una pieza vital encajara en su mente. —Te lo dije, no me importa lo que Ronan quiera. No voy a entregarla. Y no me voy a rendir. Amelia miró a Kael, su respiración entrecortada, su mente llena de caos. ¿Quién era realmente él? ¿Y por qué Ronan quería tanto destruir todo lo que Kael amaba? Los lobos se quedaron en silencio un momento, luego intercambiaron una mirada rápida, casi imperceptible. Finalmente, el lobo más grande se giró y comenzó a alejarse. —Esto no ha terminado, Kael —dijo por encima del hombro—. Ronan tendrá lo que quiere. Y tú no podrás protegerla de lo que viene. Con un último aullido que resonó a través del bosque, los lobos desaparecieron en la oscuridad. Kael permaneció en su forma de lobo, su cuerpo tenso, su respiración entrecortada. No se movió hasta que los ecos de los lobos se desvanecieron por completo. Amelia, aún temblando, se acercó lentamente. —¿Estás bien? —preguntó, su voz suave, casi un susurro. Kael la miró, sus ojos brillando intensamente, pero su forma era menos agresiva ahora. Se acercó a ella, su cuerpo de lobo desapareciendo gradualmente hasta que volvió a ser el Kael humano que ella conocía. —Sí —respondió con voz rasposa—. Pero ellos no van a rendirse. Amelia lo miró, sintiendo el peso de las palabras en el aire. Sabía que esto era solo el principio. Y lo peor estaba por llegar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD