Destino

1921 Words
La noche envolvía el bosque en un manto de sombras profundas, pero para Amelia, la oscuridad era un lienzo donde todo parecía más nítido. Su corazón aún latía desbocado tras el enfrentamiento en el claro, y la imagen de Kael transformado seguía grabada en su mente. La criatura que había visto era salvaje, peligrosa, pero en sus ojos había algo que la conectaba irremediablemente a él: humanidad. Se encontraba junto a Kael en una cabaña que parecía haber sido olvidada por el tiempo, rodeada de naturaleza y apartada del mundo. Él la había llevado allí para mantenerla a salvo, lejos de los ojos vigilantes de la Manada Oscura. Sin embargo, la seguridad que Kael le ofrecía no podía silenciar las preguntas que comenzaban a atormentar a Amelia. —No entiendo… —murmuró, rompiendo el silencio entre ellos. Estaba sentada junto al fuego, el calor apenas mitigando el escalofrío que la invadía—. ¿Por qué yo? ¿Qué es lo que tanto les importa de mí? Kael estaba de pie, apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados. Su mirada parecía perdida en la noche, como si buscara respuestas en la brisa que agitaba los árboles. —No debería haberte involucrado en esto —respondió finalmente, su voz baja pero cargada de peso—. Pero ahora que estás aquí, no voy a dejar que te lastimen. Amelia se levantó, cruzando la pequeña cabaña para acercarse a él. La luz del fuego bailaba sobre su rostro, resaltando la tensión en su mandíbula y la dureza de su mirada. Pero al encontrarse con los ojos de Amelia, algo en él pareció ceder. —Kael, no necesito que me protejas si no me dices la verdad. No soy una niña asustada. Quiero saber qué está pasando. Kael suspiró y apartó la mirada. Para él, explicar lo que realmente estaba en juego era exponerla aún más al peligro, pero sabía que Amelia no cedería. Ella tenía esa misma fuerza que lo había cautivado desde el principio, esa luz inquebrantable que lo hacía cuestionarse todo lo que creía sobre los humanos. —Hay una profecía —confesó finalmente, sus palabras cargadas de un peso que parecía aplastarlo—. Habla de un vínculo entre un líder y una mujer que no pertenece a nuestro mundo. Una unión que puede traer paz… o destrucción. Amelia lo miró fijamente, tratando de procesar lo que acababa de escuchar. —¿Crees que soy esa mujer? —preguntó, con una mezcla de incredulidad y temor. Kael asintió lentamente. —Ronan también lo cree, pero él solo ve en ti un medio para ganar poder. Yo… —Se detuvo, como si las palabras le quemaran en la garganta—. Yo veo algo más. El corazón de Amelia se aceleró, pero no por miedo. Había algo en la manera en que Kael la miraba, como si ella fuera más que un destino escrito, más que un eslabón en una cadena de profecías. —¿Qué ves en mí, Kael? —susurró. Él dio un paso hacia ella, su imponente figura llenando el espacio entre ellos. Sus ojos, ahora oscuros como la noche, la sostuvieron con una intensidad que le robó el aliento. —Veo a alguien que no sabía que necesitaba —respondió, su voz apenas un murmullo—. Pero que ahora no puedo dejar ir. Antes de que Amelia pudiera responder, Kael levantó una mano para apartar un mechón de su cabello que había caído sobre su rostro. Su toque era sorprendentemente suave, una contradicción con la fuerza que él encarnaba. El momento fue interrumpido abruptamente por un ruido en el exterior. Kael se tensó de inmediato, sus sentidos alerta. —Quédate aquí —ordenó con firmeza, moviéndose rápidamente hacia la puerta. Pero Amelia no era del tipo que obedecía órdenes sin cuestionar. Sin pensarlo, lo siguió, saliendo al frío aire nocturno. El claro estaba vacío, pero la sensación de peligro era palpable. Kael giró hacia ella, su expresión entre enfado y preocupación. —Amelia, ¿qué parte de "quédate aquí" no entendiste? —La parte en la que me quedo esperando sin saber si vas a volver —replicó ella, cruzándose de brazos. Antes de que Kael pudiera responder, un gruñido resonó en la oscuridad. Ambos giraron hacia el origen del sonido, y de las sombras emergieron varias figuras. Hombres transformándose lentamente en lobos, con ojos que brillaban como brasas. —Ronan… —gruñó Kael, reconociendo al líder que encabezaba el grupo. —Qué conmovedor —respondió Ronan, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. El noble Kael jugando al héroe con su humana. Kael se colocó frente a Amelia, su postura protectora dejando claro que no daría un paso atrás. —No voy a dejar que la toques, Ronan. —Oh, pero no vine por ella… al menos, no solo por ella —replicó Ronan, mientras sus hombres avanzaban lentamente, rodeándolos. Amelia sintió que el miedo se apoderaba de ella, pero no dejó que la paralizara. Instintivamente, tomó un trozo de madera del suelo, lista para defenderse. Kael notó el gesto y algo parecido a una sonrisa cruzó su rostro. —Peleas como uno de nosotros —murmuró, sin apartar la vista de Ronan. La tensión alcanzó su punto máximo cuando Ronan dio un paso más cerca. —Esto no es un juego, Kael. Entregámela y todo esto terminará aquí. —Tendrás que pasar sobre mi c*****r —respondió Kael, sus ojos brillando con un dorado feroz mientras comenzaba a transformarse. Amelia vio cómo los músculos de Kael se tensaban, su forma humana cediendo a la de un lobo poderoso y letal. Pero no se sintió aterrada. Por primera vez, entendió que la fuerza de Kael no era solo física; era el reflejo de su corazón, dispuesto a protegerla a cualquier costo. Y aunque el enfrentamiento que se avecinaba parecía imposible de ganar, algo en su interior le dijo que estaba exactamente donde debía estar: al lado de Kael. El aire nocturno se llenó de gruñidos y crujidos de ramas mientras los lobos de Ronan rodeaban a Kael y Amelia. La tensión en el claro era tan espesa que parecía envolverlos, sofocando incluso el susurro del viento entre los árboles. Kael, completamente transformado en su forma de lobo, se mantenía firme frente a Amelia, un muro viviente que no permitiría que nadie la tocara. Sus ojos dorados lanzaban destellos de desafío, enfocados únicamente en Ronan. —¿De verdad estás dispuesto a morir por una humana? —bromeó Ronan, avanzando lentamente. Su tono era burlón, pero su mirada no escondía el peligro que representaba—. Qué patético, Kael. Esto no es más que un capricho. Kael emitió un gruñido bajo, como un trueno resonando en la tierra. Pero antes de que pudiera lanzarse al ataque, Amelia dio un paso al frente, sorprendiendo a ambos bandos. —No soy solo una "humana" —dijo con firmeza, sosteniendo la mirada de Ronan. Su voz temblaba, pero no era de miedo, sino de determinación—. Y si crees que me quedaré atrás mientras ustedes juegan con mi destino, estás muy equivocado. El claro quedó en silencio, y por un momento, incluso Ronan pareció desconcertado. La valentía de Amelia, aunque inesperada, no era suficiente para disuadirlo. —Qué interesante… —murmuró Ronan, acercándose un paso más. Sus ojos brillaban con una mezcla de curiosidad y amenaza—. Quizás te subestimé. Pero eso no cambia nada. De pronto, uno de los lobos de Ronan saltó hacia Amelia, sus colmillos brillando bajo la luz de la luna. Todo sucedió en un instante. Kael se lanzó al encuentro, interceptando al atacante en el aire con un rugido feroz. Los dos cuerpos chocaron con un impacto brutal, rodando por el suelo en una vorágine de garras y dientes. —¡Kael! —gritó Amelia, su voz quebrándose mientras lo veía pelear con una ferocidad que nunca antes había presenciado. Los otros lobos aprovecharon el caos para avanzar, pero antes de que pudieran llegar a Amelia, un aullido largo y penetrante cortó el aire. Fue un sonido cargado de poder, de autoridad indiscutible. Todos se detuvieron, incluso Ronan. De entre los árboles surgieron figuras imponentes. Era la manada de Kael. Liderados por Rurik, su segundo al mando, los lobos emergieron de las sombras, cada uno mostrando los colmillos en una advertencia clara. —Ya basta, Ronan —gruñó Rurik, tomando su forma humana mientras sus ojos brillaban como brasas—. Esto termina aquí. Ronan retrocedió, pero no parecía intimidado. Una sonrisa torcida apareció en su rostro. —Por ahora —dijo con desdén, mirando a Kael, que volvía a ponerse de pie con sangre en su hocico—. Pero esto no ha terminado. Con un movimiento de su mano, Ronan ordenó a sus lobos que se retiraran. Uno por uno desaparecieron en la oscuridad, pero no antes de lanzar miradas llenas de promesas de venganza. Cuando todo quedó en calma, Kael volvió a su forma humana, respirando con dificultad. Su cuerpo estaba cubierto de heridas, pero su atención estaba completamente en Amelia. —¿Estás bien? —preguntó, su voz ronca pero cargada de preocupación. Amelia asintió, aunque sus manos temblaban. —Pensé que… —No pudo terminar la frase, las palabras atoradas en su garganta. Kael la tomó de las manos, sus dedos cálidos envolviendo los de ella. —Estoy aquí —le dijo, con una intensidad que le robó el aliento—. Siempre estaré aquí. Rurik se acercó, rompiendo el momento entre ellos. —Kael, tenemos que hablar. Esto no puede seguir así. Ronan no se detendrá hasta que consiga lo que quiere. Kael asintió, pero su mirada permaneció fija en Amelia. —Lo sé, pero primero debemos asegurarnos de que Amelia esté segura. Rurik suspiró, pero no discutió. Sabía que, para Kael, protegerla era una prioridad que nadie podría cuestionar. Mientras la manada regresaba al bosque, Kael y Amelia se quedaron en la cabaña. La herida emocional que aquella noche había dejado en ambos era más profunda de lo que ninguno estaba dispuesto a admitir. —No tienes que quedarte aquí, ¿sabes? —dijo Kael de repente, rompiendo el silencio. Estaban sentados junto al fuego, las llamas proyectando sombras danzantes en las paredes de madera—. Si te alejas ahora, estarás a salvo. Amelia lo miró fijamente, como si tratara de entender por qué él pensaba que esa era una opción. —¿De verdad crees que puedo irme después de todo esto? —preguntó, su voz cargada de incredulidad—. Kael, estoy aquí porque quiero estar aquí. Porque… Se detuvo, incapaz de decir lo que realmente sentía. Pero Kael lo vio en sus ojos, en la forma en que lo miraba, como si él fuera la única constante en un mundo que de repente se había vuelto caótico. —Porque confías en mí —completó él, su tono más suave que nunca. Amelia asintió lentamente, y por primera vez desde que todo había comenzado, sintió que no estaba sola en esta batalla. Kael se inclinó hacia ella, sus rostros a solo centímetros de distancia. —Prometo que no dejaré que te pase nada —dijo en un susurro—. Pase lo que pase, lucharé por ti. Y en ese momento, mientras las llamas crepitaban a su alrededor, ambos entendieron que lo que los unía era más que una profecía o el destino. Era algo que ni siquiera las sombras del bosque podrían romper.
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