Esa noche no dormí.
Me revolví entre las sábanas como si mi cama se hubiera convertido en una trampa invisible. Cerraba los ojos y veía la cara de mi padre. Los volvía a abrir y ahí estaba Rael, con esa sonrisa tranquila, como si yo fuera una especie de trofeo decorativo que venía incluido en el acuerdo.
Cada vez que intentaba respirar profundo, algo se me trababa en el pecho. Pensé en mi madre, en sus manos temblorosas cuando tenía un buen día, en su mirada perdida cuando no. Pensé en lo que costaba cada pastilla, cada consulta, cada noche en esa habitación blanca donde no distinguía el tiempo. Pensé en todo lo que no podía pagar.
Y pensé en la palabra que más odio en el mundo: obedecer.
Cuando sonó el despertador, no me sentía más descansada que cinco horas atrás, pero igual me levanté. Me vestí como un autómata. Café frío. Cara lavada. Pelo recogido. Ni siquiera me molesté en maquillarme.
El hospital estaba lleno, como siempre. Gente caminando a mil por hora, los pasillos vibrando con urgencias, turnos, quejas, historias clínicas. Me aferré a eso. A esa vorágine que me obligaba a estar presente. A diagnosticar, anotar, seguir, sostener.
A la hora del almuerzo, ni siquiera tenía hambre. Me senté en el borde de una mesa de guardia con una botella de agua, repasando un caso entre papeles arrugados, cuando escuché un murmullo detrás mío. Algo en el aire cambió. Las voces bajaron, como si alguien importante hubiera entrado. Un segundo después, lo supe.
—¿Corinne?
Alcé la mirada y ahí estaba él.
Rael Kingswell.
De pie en medio del pasillo como si el hospital le perteneciera. Traje azul medianoche, camisa blanca sin una arruga, el nudo de la corbata impecable. En una mano llevaba un ramo de flores, enorme, preciosamente envuelto. Tulipanes blancos, mis favoritos. Nadie debería saber eso. Y sin embargo, él lo sabía.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, poniéndome de pie con lentitud, consciente de todas las miradas alrededor.
Él sonrió, esa sonrisa perfecta que podía ser una amenaza o un encanto, según el ángulo. Se acercó y, sin preguntarme, me entregó el ramo.
—Vine a almorzar con mi prometida —dijo, en voz alta, con la naturalidad de quien anuncia que acaba de llegar de vacaciones.
La palabra flotó en el aire como una bomba de humo.
Prometida.
Mis compañeros se miraban entre sí, algunos con cejas levantadas, otros con sonrisas mal contenidas. Y yo, con ese ramo en las manos, me sentí como una actriz atrapada en el peor guión de su vida.
—Esto es inapropiado —musité, entre dientes.
—También lo es dejar a tu prometido sin ver a su futura esposa en su primer día oficial como comprometidos —replicó, bajando la voz solo para mí. Su tono no era burlón. Era... suave. Casi... cuidadoso.
Y eso me desconcertó aún más.
Rael me miró como si no hubiera nadie más. Como si no estuviéramos en medio de una sala repleta de gente. Como si de verdad creyera que este matrimonio fuera algo más que un contrato con la tinta aún fresca.
—¿Almorzamos? —preguntó, como si esa fuera la elección más inocente del mundo.
Yo lo miré. Las flores. Las miradas. El infierno en mi cabeza.
Y no supe qué odiaba más: si a él por estar ahí.
O a mí por, en algún rincón torcido de mi alma, desear que esto no doliera tanto.
—No voy a almorzar contigo —dije, apretando los dientes, las flores todavía en la mano como un trofeo que no había pedido.
—Entonces me quedaré aquí —respondió Rael con una tranquilidad devastadora, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cruzó los brazos. Se quedó plantado frente a mí, sin moverse, sin decir nada más.
Y lo peor fue que no parecía incómodo.
Todo lo contrario.
Lo observé unos segundos, esperando que se cansara, que se diera cuenta de que ese lugar no era suyo. Pero no. La gente pasaba y lo miraba —¿cómo no hacerlo?—. Rael no sabía pasar desapercibido. Tenía esa presencia que obligaba a mirarlo, a preguntarse quién era, qué hacía ahí, por qué parecía sacado de una campaña publicitaria de relojes suizos en medio del caos hospitalario.
Algunas de las residentes se detuvieron más de lo necesario. Otras cuchicheaban. Mi supervisora lo miró con disimulo desde la máquina de café, y sentí cómo el calor me trepaba al cuello, no por deseo… sino por esa mezcla horrible de vergüenza, presión y resignación.
—Cinco minutos —dije al final, clavándole la mirada.
—Veinte —contestó él, sonriendo—. Soy paciente. Y hambriento.
Resoplé y lo guié hasta una mesa vacía al fondo del área común, donde a veces los residentes comíamos lo que alcanzábamos a calentar en el microondas. Rael se sentó con una calma insultante, como si estuviera en un restaurante con mantel de lino. Yo me senté enfrente, todavía con el ramo en la mano.
—¿Qué haces aquí, Rael? —le pregunté sin rodeos.
—Conquistarte, supongo.
Lo miré en silencio. No sonreí. No respondí.
Me limité a clavar la vista en sus ojos azules, que parecían no parpadear jamás.
—Esto no es romántico. Es violencia elegante.
—Entonces tú deberás decidir si prefieres la versión elegante o la otra —dijo, sin un ápice de sarcasmo.
Sacó una pequeña caja de su abrigo. Dentro había dos sándwiches —no cualquier cosa del hospital, claro, eran de algún lugar ridículamente caro, lo adiviné por el aroma. También había una botella de agua y un pequeño postre envuelto en papel dorado.
—¿Vas a observarme comer o me vas a acompañar?
Contra todo mi instinto, tomé el sándwich. No por él. Por orgullo. Porque si ya estaba atrapada, al menos comería.
Comimos en silencio los primeros minutos. Él no hizo preguntas. No me habló de la boda. Solo comentó algo banal sobre el clima, sobre el café de hospital que olía a resentimiento puro, y sobre cómo había tenido que mentir en la recepción para que lo dejaran entrar.
—Dije que era tu prometido. La señora de gafas me creyó sin dudar —comentó con una sonrisa torcida.
—Porque los hombres guapos siempre parecen decir la verdad —respondí sin mirarlo.
Él rió muy bajo, apenas un susurro que me rozó los nervios.
Terminamos el almuerzo más rápido de lo que pensé. Me limpié las manos con una servilleta y me puse de pie, con la idea de dejarlo ahí. De salir primero. De huir. Pero él también se levantó, despacio, como si no tuviera prisa por nada.
—Gracias por el tiempo, doctora Ravencourt —dijo, con tono formal.
—No me llames así —respondí.
—¿Cómo quieres que te llame, entonces?
No contesté. Solo me giré para irme.
Y fue entonces que lo hizo.
Me tomó del brazo con una suavidad inesperada. No me dolió. Solo me detuvo. Me giró hacia él con un gesto firme, y antes de que pudiera entender lo que iba a pasar, sus labios rozaron los míos.
No fue un beso largo. Ni invasivo. Fue un contacto breve. Calculado. Como si quisiera probar un límite.
Pero lo que más me heló no fue el beso.
Fue que él no me pidió permiso.
Y tampoco se disculpó.
Se apartó despacio, sus ojos fijos en los míos, sin una pizca de remordimiento.
—Nos vemos pronto —dijo, y se marchó con la misma elegancia con la que había llegado.
Me quedé allí, paralizada. Con la boca todavía marcada por su presencia, el corazón golpeando como si hubiera corrido un maratón y una certeza en el pecho:
Este hombre no iba a ser una sombra en mi vida.
Iba a ser un incendio.