CAPÍTULO TRES (EL ANILLO Y LA MÁSCARA)

1466 Words
La fiesta de compromiso no fue una celebración. Fue una exhibición. Un despliegue de poder cuidadosamente orquestado, donde cada invitado representaba un voto de confianza en la empresa familiar o un favor político pendiente de cobrar. La mansión Ravencourt, iluminada como si el mundo dependiera de ello, parecía más un escenario que una casa. La fachada estaba cubierta de flores blancas, y una orquesta de cuerdas tocaba en vivo al fondo del jardín, como si estuviéramos en una escena de alguna película sobre realeza moderna. Pero no había nada moderno en esta unión. Ni amor. Ni elección. Había cámaras. Había prensa. Había risas de porcelana. Y yo, atrapada en un vestido que costaba más que mi primer año de universidad, sentía que cada costura me ataba a algo que no podía nombrar sin romperme por dentro. El vestido era blanco. No de boda, pero sí de algo que se pretendía “puro”. Escote discreto, espalda descubierta, tela suave y pesada, como un susurro que no podías sacudirte. Me lo habían mandado sin preguntar. Alta costura. Diseñado exclusivamente para mí, decían. Como si yo fuera un proyecto más en la vitrina de mi padre. —Perfecta —dijo una voz detrás de mí cuando bajé las escaleras. Era Rael. Con un esmoquin n***o y esa mirada que siempre parecía saber más de lo que decía. Me ofreció el brazo sin pedir permiso. Yo lo tomé. Sin decir palabra. Las cámaras capturaron el momento exacto en el que salimos al jardín. Las sonrisas de los invitados se ensancharon. Algunos aplaudieron. Una mujer vestida de rojo gritó algo como “¡La pareja del año!”. Quise reír. O gritar. Pero solo asentí con elegancia, como me habían enseñado. Como esperaba el mundo. Nos movimos entre mesas decoradas con peonías y vajilla de oro. Había senadores, directores de bancos, hijos de magnates, esposas de embajadores. Todos fingiendo interés mientras hablaban de índices bursátiles y falsas filantropías. Algunos me felicitaban con entusiasmo. Otros con envidia. Todos con falsedad. —¿Te estás divirtiendo? —me susurró Rael, con esa voz suya que no terminaba de ser cálida ni fría. —¿Tú sí? —respondí sin mirarlo, mi sonrisa de compromiso impecablemente colocada. —Lo justo —contestó—. Pero debo decir que… luces más peligrosa de lo que imaginé. Me giré apenas para mirarlo. Él sonrió. Era un juego. Siempre era un juego con él. Uno en el que yo no tenía las reglas. Un político se acercó a saludarnos. El gobernador de no sé qué estado. Nos habló como si fuéramos celebridades. Rael lo manejó con habilidad, soltando frases medidas, bromas ligeras, promesas ambiguas. Yo asentía en los momentos correctos. Estaba entrenada para esto. No por elección. Por herencia. Una hora después, mientras la noche se deshacía entre luces suaves y copas de champagne, alguien tocó una campanita de plata. Silencio. Mi padre tomó el micrófono. —Queridos amigos —dijo, su voz envolvente como un veneno dulce—, hoy celebramos no solo una unión entre dos familias, sino la continuidad de un legado. Mi hija Corinne, brillante médica, y Rael Kingswell, empresario de visión y lealtad impecable, unen sus caminos para fortalecer no solo sus vidas, sino también el futuro que construimos juntos. Mentiras. Todo eran mentiras envueltas en papel de regalo. Luego nos pidió subir al pequeño escenario al fondo del jardín. Me temblaban las piernas, pero no lo dejé ver. Rael me sostuvo la mano. No con ternura. Con precisión. Como si fuéramos figuras en un tablero que había que mover con elegancia. Una caja de terciopelo apareció. Él la abrió. El anillo era una joya descomunal: zafiro azul oscuro rodeado de diamantes. Frío. Hermoso. Caro. Como él. Cuando me lo puso, los flashes estallaron. Sonreí. Por mi madre. Por el papel que debía interpretar. Por todas las veces que elegí mi carrera por encima de las apariencias… y ahora estaba aquí, decorada, encadenada, aplaudida. —¿Algún discurso? —preguntó el maestro de ceremonias. Rael me miró. Me ofreció el micrófono. Esperaba que dijera algo. Todos lo esperaban. —Gracias por venir —dije, sin temblar—. Sé que en un mundo donde las emociones se compran y las decisiones se negocian, el amor puede parecer un lujo. Pero a veces, incluso lo no elegido… puede volverse destino. Los invitados aplaudieron. No sabían si era romántico o trágico. Yo tampoco. Rael me miró de reojo, evaluando. Como si no supiera si acababa de decir algo peligroso o simplemente poético. El resto de la noche transcurrió como en un sueño. Una pesadilla elegante. Hubo brindis, vals, conversaciones con sonrisas de catálogo. Y yo, en el centro de todo, con la sonrisa que había aprendido a poner cuando dolía demasiado para hablar. La cena se desarrollaba como una coreografía precisa. Copas que tintineaban, sonrisas estudiadas, y conversaciones que no decían nada. Yo fingía con la precisión de una autómata bien entrenada. Sabía cuándo reír. Sabía cuándo asentir. Sabía cómo no quebrarme frente a la galería de rostros satisfechos. Rael, a mi lado, era impecable. Elegante. Su voz grave cautivaba con respuestas inteligentes. Se sabía el favorito. Yo era, en cambio, una presencia más. La prometida de papel. Hasta que él se inclinó hacia mí. Su copa de vino en la mano, los ojos cargados de algo que no entendí. —¿Recuerdas los campos de lavanda? —susurró con una media sonrisa, la voz grave rozándome como una amenaza disfrazada de nostalgia—. Corrías descalza, con una flor en la mano. Dijiste que el mundo dolía menos si olía a verano. Me quedé quieta. El cristal entre mis dedos tembló apenas. —¿Qué…? —pregunté con cautela—. ¿Nos conocemos de antes? Su sonrisa se desvaneció como una sombra barrida por el viento. —Olvídalo —dijo en voz baja, sin mirarme—. No importa. Y se levantó. Así, sin más. Dejó su copa medio vacía y caminó hacia un grupo de inversores, sonriendo con esa facilidad que yo jamás tendría. Me quedé allí. Entre murmullos dorados y platos de porcelana. Atrapada en un instante que no sabía cómo descifrar. Más tarde, cuando nadie nos miraba, Rael volvió a sentarse a mi lado. Ya no era el mismo. —No finjas que te importa —murmuró sin dirigirme la mirada, mientras sonreía para las cámaras—. Sé lo que eres. Sé por qué estás aquí. Así que haz tu parte y no preguntes estupideces. Sentí cómo el aire se volvía más denso. Como si hubiera dejado de ser su prometida para convertirme en su rehén. Y de pronto, el anillo en mi dedo me pareció una cadena. El aire con tanta gente era irrespirable. O tal vez era solo yo. Las risas, las luces, el repiqueteo constante de los cubiertos me taladraban el cráneo. Me excusé en un murmullo y salí al jardín trasero, dejando atrás el teatro dorado de la cena. La noche estaba helada. El césped crujía bajo mis tacones y las farolas encendidas proyectaban sombras alargadas sobre los arbustos recortados con precisión quirúrgica. Respiré hondo, intentando desenredar el nudo que tenía en el pecho desde que él me habló de aquello… de los campos de lavanda. Algo que yo no recordaba. Algo que él no tenía por qué saber. Entonces lo vi. Rael. De pie junto a una columna de piedra, con un cigarrillo encendido entre los dedos y el rostro bañado por una luz tenue. Parecía tallado en mármol y furia contenida. —Rael —me acerqué despacio, cruzando los brazos para protegerme del frío y de él—. ¿Qué fue eso que dijiste antes? Me miró de reojo, exhalando el humo con violencia. —¿Otra vez con eso? —¿Nos conocemos de antes? —insistí. Él rió, pero fue un sonido seco, sin una gota de humor. —Claro que no. ¿Por qué lo harías? Tú no recuerdas nada que no te convenga, ¿cierto? Fruncí el ceño. Su tono era otro. Cortante. Casi cruel. —¿Qué se supone que significa eso? —Significa que dejes de jugar —masculló, tirando la colilla al suelo y aplastándola con el zapato—. Esto ya está hecho, Corinne. No tienes que fingir interés. No tienes que fingir inocencia. Dio un paso hacia mí y bajó la voz, como si cada palabra fuera una daga en lugar de un susurro. —Solo sonríe. Siéntate donde te digan. Y procura no arruinarlo todo. Lo vi alejarse otra vez. Su espalda recta, impecable. El prometido perfecto. Y por primera vez, me pregunté qué demonios sabía de mí que yo no. Me quedé sola. Rodeada por la noche, preguntándome si aquel compromiso era una farsa o una trampa.
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