Pensé en huir tan intensamente que mi padre lo percibió y me recordó lo que pasaría con mi madre si no llevaba a cabo mi propósito, es de ser la buena esposa para Rael.
Pero lamentablemente, no se puede huir para siempre.
Y menos cuando la espada de Damocles que colgaba sobre mi cabeza tenía nombre y apellido: Kurt Ravencourt, mi padre.
El mismo que había vendido mi futuro como si fuera una de sus acciones bursátiles.
El mismo que me había recordado, con su tono frío y preciso, que mi libertad tenía un precio que yo no estaba en condiciones de pagar.
Pensé en escaparme con tanta fuerza que creo que él lo sintió desde donde estuviera. Porque no pasaron ni horas desde la cena de compromiso hasta que recibí su recordatorio.
—¿Cuánto creés que durará tu madre sin los cuidados que le dan en el hospital privado? —dijo, sin levantar la voz, como quien habla de una estadística.
Y eso fue suficiente.
Maldita sea, estaba jodida.
Y atrapada.
Así que permití que lo hicieran. Como una muñeca sin voluntad, como un maniquí que se viste para una vidriera, no para la vida real.
Entraron al amanecer.
Dos mujeres traídas especialmente para peinarme y maquillarme. Ni siquiera me sabía los nombres. Llevaban vestidos beige, sonrisas falsas y la urgencia de quienes cobran por hora. Me hablaron como si yo no estuviera allí, como si fuera un maniquí que pestañea. Y yo tampoco les hablé.
No tenía nada que decir.
Fue la Nana quien me ayudó a ponerme el vestido.Ella sí sabía lo que decía cada uno de mis silencios.
—Estás bonita —murmuró, con un nudo en la garganta. Me acomodó un mechón detrás de la oreja, con manos que temblaban—. Tu madre estaría orgullosa.
Me dieron ganas de reír. O de llorar. O ambas cosas.
—¿Orgullosa de qué, Nana? ¿De que su hija sea carne de exhibición?
No me respondió. Solo me entregó el ramo. Un ramo de tulipanes blancos.
—Malditos tulipanes —murmuré, apretando el ramo entre los dedos.
El vestido era perfecto. Perfecto en su medida, en su caída, en su textura. Perfecto para ir al matadero.
Me sentía como una vaca engalanada para una exposición de campo. Brillante, peinada, manipulada hasta parecer valiosa. Pero aún así, una vaca.
—¿Cómo me veo? —pregunté cuando mi padre entró a revisar el resultado de su inversión.
Me miró de arriba abajo como si evaluara la calidad de una gema.
—A la altura de lo esperado —dijo con ese tono neutral que me hervía la sangre—. Vas a impresionar.
—¿Impresionar? ¿A quién, papá? ¿Al comité de ganaderos?
Me miró con ese aire de fastidio que siempre tenía cuando me salía del guión.
—No seas dramática, Corinne. No es tan malo. Hay muchas mujeres que matarían por estar en tu lugar.
Lo miré. Sonreí. Y con el alma hecha trizas, le dije:
—Yo preferiría estar muerta.
El silencio entre nosotros fue brutal. Pero no duró.
Porque entonces comenzaron a sonar los acordes. Los malditos acordes nupciales.
La música que todos los cuentos describen como mágica, pura, promesa de un feliz para siempre. Pero que para mí, sonaron como una marcha fúnebre.
Cada nota era un paso más hacia el cadalso. Cada compás, un recordatorio de que no había vuelta atrás.
Caminé por el pasillo largo del invernadero reconvertido en templo. Las luces eran suaves, las flores colgaban del techo como si estuvieran vivas. La gente se volvió a mirarme. Sonrisas, suspiros, murmullos.
Pero yo no los veía. Solo tenía ojos para ese altar. Y para el hombre que me esperaba en él.
Rael Kingswell. Impecable en su traje oscuro, con esa expresión que no delataba ni una emoción. Ni una.
Tal vez esa era la diferencia entre nosotros. Yo sangraba por dentro Y ell, no.
Y aún así, en el fondo de su mirada, en esa sombra que a veces se colaba en su iris, yo creí ver algo.
¿Duda? ¿Furia? ¿Dolor?
No lo supe y ya tampoco importaba.
Yo seguí caminando, como Anna Bolena rumbo al cadalso, como un peón que sabe que está a punto de ser sacrificado en una jugada ajena.
Solo que yo no tenía la gracia del heroísmo, ni la fe de una mártir, solo tenía tulipanes. Y una vida que ya no me pertenecía.
Los votos. Ese momento solemne donde dos personas se juran amor eterno. O en mi caso, donde un prisionero da su mano para ser esposado. Literalmente en este caso.
El juez de paz hablaba con voz monocorde, como si estuviera leyendo el manual para ensamblar una licuadora, no un matrimonio. Detrás de él, el decorado era tan impecable como todo lo demás: flores, luces suaves, música de cuerdas en segundo plano.
Un espectáculo perfecto.
Una mentira perfecta.
Rael Kingswell me miraba. De frente. Yo también lo miraba. Sin pestañear.
Sabía que todos nos observaban con expectativa. Algunos con ternura, otros con envidia. Ninguno tenía la más mínima idea de lo que realmente pasaba entre nosotros, pero estaban allí, una pequeña multitud presenciando mi desgracia. Jodido Kurt, y eso que había dicho que iba a tratarse de algo “íntimo.” Debí sospecharlo cuando tuvimos la cena de compromiso.
El juez de paz carraspeó.
—Estamos reunidos hoy aquí para celebrar la unión entre Corinne Ravencourt y Rael Kingswell...
¿Celebrar? Qué palabra tan inapropiada.
Yo apenas podía mantener el vestido en su lugar. Sentía que se me venía el mundo encima. Pero ahí estaba, firme, con la espalda recta y la barbilla en alto, porque si algo no pensaba regalarle a mi padre ni a Rael era mi dignidad.
El juez continuó con su letanía, mencionando palabras como “compromiso”, “respeto mutuo” y “amor”.
Tuve que tragarme una carcajada.
Rael, por su parte, se mantenía inmutable.
Pero había algo en sus ojos, una chispa oscura, un brillo peligroso que me decía que no todo estaba tan bajo control como él fingía.
Y entonces llegó el momento.
—Si alguien se opone a esta unión, que hable ahora o calle para siempre —anunció el juez, con esa solemnidad falsa que se reserva para las bodas y los funerales.
Por un segundo, el silencio se volvió espeso.
Casi pude imaginar a alguien levantándose, gritando “¡Yo me opongo!”, y llevándome de la mano lejos de todo esto.
Casi. Porque antes de que alguien pudiera siquiera respirar, Rael habló.
—No creo que nadie se atreva —dijo en voz baja, pero lo suficientemente clara como para que todos lo oyeran.
Sus ojos estaban clavados en los míos. Y había algo de amenaza en ellos.
Los invitados rieron, aliviados por la supuesta broma.
Yo no.
Alcé la barbilla un poco más.
El juez carraspeó otra vez.
—Entonces… los votos.
Me tocaba a mí.
Él me miró, esperando.
Podía decir que sí. Podía decir que no.
Pero ninguna de esas opciones me daba una salida real.
Así que me limité a jugar el juego. Tampoco era como si tuviera muchas alternativas.
—Yo, Corinne Ravencourt —empecé, con voz clara—, te tomo a ti, Rael Kingswell, como mi legítimo esposo…
Mi legítimo carcelero.
—…para amarte…
Tal vez no.
—…respetarte…
Ni en broma.
—…en la salud y en la enfermedad…
Aunque sospecho que la parte de la enfermedad vendrá más pronto que tarde. Y ni loca pienso curarte.
—…hasta que la muerte nos separe.
Y esperaba que la espera no fuera tan larga.
Rael no dijo nada. Pero yo vi cómo se tensaba su mandíbula. Como si pudiera leer cada palabra que yo no decía en voz alta.
Después le tocó a él. Y claro, lo dijo todo perfecto.
Su voz firme, su tono templado, su mirada fija en la mía.
—Yo, Rael Kingswell, te tomo a ti, Corinne Ravecourt, como mi legítima esposa… —hizo una pausa, y juro que la alargó a propósito— …para protegerte, guiarte, y… tolerar tu lengua afilada mientras me queden fuerzas.
Risas en la sala. Otra broma. Otra forma de dominarme, pero con encanto.
Al hijo de puta se le daba bien la comedia, y sí yo también me reiría si no estuviera a punto de entrar al mismísimo infierno con ese maldito demonio.
Yo no me reí, claro. En cambio le sostuve la mirada fijamente.
—Eso sí que te va a llevar al límite —susurré entre dientes.
Rael inclinó la cabeza apenas.
—Siempre me gustaron los desafíos.
El juez nos pidió las manos. Las unió con una cinta de seda blanca. Tan simbólico, tan pulcro, tan hipócrita.
Cuando dijo que podíamos besarnos, Rael no esperó.
Se inclinó hacia mí, sujetó mi cintura con esa firmeza que no aceptaba un “no” por respuesta, y me besó.
Sus labios eran cálidos, suaves… y crueles.
No porque el beso fuera desagradable. Sino porque aunque me matarían antes de que lo admitiera, la verdad es que: no lo era.
Y eso era lo más aterrador de todo. Porque, en ese instante, supe con certeza que Rael Kingswell no solo era peligroso.
Era un demonio salido del mismo infierno para atormentarme hasta que la muerte nos separe.
Y ahora era mi jodido esposo.