No dormí. No pude. Pasé la noche dando vueltas en la cama, entre las sábanas revueltas y los restos de dignidad que Rael no se había llevado consigo cuando salió de la habitación. No lloré más. Me había quedado seca. Vacía. Como si no me quedaran emociones, solo una mezcla indigesta de rabia, resignación y algo que no quería nombrar. Algo parecido al miedo. A las cuatro y media ya estaba vestida. Llevaba una remera blanca, un jean cómodo y una chaqueta de cuero negra que no era nada tropical, pero me daba algo de armadura. No me tomé el trabajo de maquillarme, ni de arreglarme el pelo. No por desinterés, sino porque no iba a fingir. No con él. El chofer llegó a las cinco en punto. Rael bajó dos minutos después, impecable, como si no acabara de amenazarme con una luna de miel forzada. L

