Cuando salí del baño, él ya no estaba en el sillón. Me detuve un segundo en el umbral, envuelta en mi toalla, con el corazón latiéndome como si algo importante estuviera a punto de pasar. No sabía si esperaba encontrarlo aún dormido, o de pie con una taza de café en la mano, intentando rearmar la calma con una sonrisa torpe. Pero no. El sillón estaba vacío. La cama, tendida. La habitación, en orden. Y entonces lo escuché. El sonido sordo de pesas moviéndose. El leve golpeteo de zapatillas contra madera. El eco de su respiración… controlada, contenida. Me acerqué despacio al balcón. La puerta corrediza estaba entornada y desde allí, pude verlo. Estaba en el pequeño deck que daba al mar, sin camisa, con el torso cubierto de sudor. Levantaba una mancuerna con la otra mano, en silencio,

