Las luces blancas del hospital a veces me dolían más que las malas noticias. El pitido constante de los monitores, los pasos apurados, el sonido seco de los portapapeles… todo me era familiar, parte de mi rutina, y aun así, no dejaba de pesar. Estaba revisando la evolución de un paciente postoperatorio cuando el celular vibró en el bolsillo de mi bata. No era un número conocido. Apreté los labios y contesté igual. —¿Sí? —¿Corinne Ravencourt? —La voz al otro lado era firme, profesional. —Kingswell —corregí de forma automática, casi sin pensarlo. —Disculpe. Llamamos del Hospicio The Pines. Su madre ha sufrido una descompensación. No es la primera, como ya sabe. Pero esta vez fue más intensa. Creemos que debería venir. No respiré. No parpadeé. Solo sentí cómo todo mi interior se congela

