Salí del hospital como si el aire adentro me quemara. Cada paso era un grito. Las paredes me aplastaban, el techo parecía cerrarse sobre mí, y la cara impasible de mi padre seguía clavada en mis retinas como una daga oxidada. Empujé la puerta con fuerza, ignorando la voz de una enfermera que me pidió que me calmara. ¿Cómo se calma una hija cuando le dicen que su madre se está muriendo? ¿Cómo se traga uno la muerte anunciada, como si fuera una pastilla que te dan en silencio, sin anestesia? El sol me pegó de lleno en la cara al salir. Un sol insultante. El mismo sol que iluminaba a los indiferentes que caminaban por la vereda como si el mundo siguiera igual. Como si la mía no estuviera muriendo en una cama blanca, como si mi corazón no estuviera rajado por la mitad. Me apoyé contra una c

