No sabía cuánto tiempo había pasado cuando una doctora, distinta a todas las anteriores, salió de la unidad de cuidados intensivos. Era joven, su rostro era sereno pero marcado por la urgencia. Llevaba el cabello recogido con precisión quirúrgica, los labios tensos, los ojos demasiado directos. Se detuvo frente a mí. —¿Sra. Kingswell? Me puse de pie al instante. El corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho. —Sí. ¿Cómo está? Ella hizo una pausa. No esa pausa de rutina que se da antes de dar un parte médico complicado, sino una pausa real. Humana. —Su madre está consciente. Por ahora. Pero creemos que no queda mucho tiempo. No respiré. No supe cómo. Sentí que el mundo giraba, pero no me arrastraba con él. Me aferré a la idea de que “consciente” todavía era algo. Un poco más. Un

