7. No me interesa...

2099 Words
Nadine Me pase todo el camino a casa llamando a Santiago, no me respondió, ninguna de las veinte llamadas qué le hice. No se en que esta pensando. Lo hace solo para fastidiarme. Llegue a casa y mi tío no estaba, no quería molestarlo con mis problemas, pero necesitaba desahogarme, tenía miles de insultos atorados en la garganta listos para Santiago. Me quedé en la sala y me serví un whisky de esa botella que mi tío tanto atesora. Necesitaba algo fuerte. —¿Nadine? ¿Qué haces bebiendo? —pregunto mi tío cuando llego, se quito su abrigo y luego se sentó en el sofá frente a mi. El enojo ya me había abandonado y ahora solo quedaba la angustia y tristeza. No quiero perder la floristería, es lo único que tengo. ¿Qué haré con mis flores? Me llevara mucho tiempo conseguir un lugar como ese y si lo hago posiblemente sea más lejos de casa. —Necesitaba un trago —respondí y bebí todo el líquido que me quedaba en el vaso. —¿Qué sucedió? —insistió. —No es nada. —¿Cómo que no? No sueles beber Nadine, eso ya me dice mucho. —Creo que dejaré de ser florista —sonreí con tristeza— alguien esta interesado en comprar el lugar, me tocara sacar mis flores de su casa. —¿Alguien va a comprar el local? —preguntó mi tío, frunciendo el ceño. Asentí, dejando el vaso vacío sobre la mesa. —Santiago… Él es quien lo quiere comprar. Mi tío se quedó en silencio por un momento, observándome. Sabía que no era solo enojo lo que había en mis palabras. Era dolor, traición, cansancio. —¿Ese imbécil no se había ido ya de tu vida? —Eso creí. Pero parece que quiere hacerme daño hasta el final. Me enteré que hizo una oferta por el, la señora Silvia llego a la floristería y hablo maravillas de él, que tenía un gran novio, porque el me compraría la floristería, que le había ofrecido una muy buena oferta. Mi tío apretó la mandíbula. —No voy a permitir que te arrebate lo único que amas, Nadine. Ese lugar es tuyo, lo hiciste crecer con tus manos, lo llenaste de vida. ¿Sabes cuántas personas serían incapaces de hacer eso? —¿Y qué voy a hacer? ¿Con qué dinero lo voy a comprar? Apenas tengo para el alquiler y las flores. Todo lo que gano lo invierto allí. No puedo competir con Santiago. Mi voz se quebró. Era la primera vez que dejaba salir el miedo por completo. Me sentía vulnerable, acorralada. —Maldito imbécil —musito— entonces buscaremos otro lugar, no importa que tan lejos de casa este, podríamos mudarnos y… —No, tío. Eso nos saldría muy caro. No quiero que gastemos lo poco que tenemos solo por mí. Si él se queda con la floristería, entonces lo que haré será sonreír y conseguir un empleo. No le daré el gusto de verme derrotada… y mucho menos volveré con él —dije con firmeza. —Así se habla, Nadine —respondió mi tío con una sonrisa orgullosa. Después de hablar, cenamos juntos. Me reconfortaba saber que, pasara lo que pasara, siempre contaba con su apoyo. No sé qué haría sin él. Ya en mi habitación, revisé con más calma los documentos que me había entregado la asistente del tal “dueño anónimo”. Tenía que admitir que el pago era más que bueno. Solo debía entregar arreglos florales cada semana y preparar las flores para sus eventos, el primero incluso estaba programado para dentro de poco. Pero había algo que no me terminaba de convencer. No conocía la empresa, y mucho menos al dueño. ¿Por qué alguien ocultaría su identidad si sus intenciones fueran realmente buenas? Fruncí el ceño. La única que tenía algo que perder en todo esto era yo. Guardé los papeles en el cajón de mi mesita de noche y me metí bajo las sábanas. El día había comenzado bien, hasta que me enteré de que Santiago quería quedarse con la floristería. Cerré los ojos. No tardé en quedarme dormida. … Lloraba. Sentía frío, miedo… el tipo de miedo que paraliza. —¿Dónde estás? —escuché una voz masculina buscándome. Me encogí más en mi escondite. No quería que me encontrara. Tenía tanto miedo. —Aquí estás, Nadine —dijo él, aliviado. —Quiero a mi mamá —lloriqueé, con la voz rota. —Mamá no puede venir ahora. Ven, te haré una taza de chocolate caliente —me dijo mientras me cargaba en sus brazos. Era una voz conocida… familiar. Me aferré a él, pero seguía llorando. —Quiero que mamá venga por mí… quiero ir a casa con papi —susurré, sollozando. —No podemos verlos ahora, cariño. Por ahora estarás conmigo, Nadine. Negué con la cabeza. No me gustaba que me llamara así. Pero no podía hablar más… no podía corregirlo. Mi voz ya no salía. Me desperté sobresaltada. La habitación estaba a oscuras y helada. Me cubrí con las sábanas, temblando. ¿Por qué estaba soñando otra vez con esa niña? Esa tristeza tan profunda, ese dolor… ¿Era yo? El hombre en el sueño… su voz… era la de mi tío. Lo sabía. Lo sentía. No era la primera vez que tenía ese sueño. Siempre con esa niña llorando, siempre pidiendo ver a sus padres. Había dejado de buscarle lógica hacía años, pero últimamente estaban volviendo con más frecuencia… y eso no me gustaba. Respiré hondo, cerré los ojos y traté de dejar que el sueño volviera. Aunque en el fondo, ya sabía que no sería el último. … Salí muy temprano de casa. No volví a intentar llamar a Santiago… que se joda. Si quiere algo de mí, sé que pronto me buscará. Sonreí apenas crucé la puerta de la floristería. Amaba estar aquí. Dejé mi bolso sobre la pequeña mesa del rincón, fui por un poco de agua y comencé a regar a mis bebés. —Ustedes son hermosas —susurré, hablándoles a unas rosas que yo misma había sembrado—. Estarán perfectas para un ramo de novia, son unas bellezas. —Serían perfectas para nuestra boda... El corazón me dio un brinco. Me giré de golpe y ahí estaba Santiago, apoyado en el marco de la puerta, con una sonrisa que siempre odié por lo falsa. Rodé los ojos y seguí regando mis flores. —¿Qué haces aquí? —pregunté, ignorando por completo su comentario. —Visitando a mi chica. ¿Acaso no puedo hacerlo? —No soy tu chica —respondí con frialdad—. Así que si no tienes nada más que decir, lárgate. —Imagino que ya sabes que este lugar pronto será mío, así que no puedes echarme tan fácilmente. Me giré y lo apunté con la regadera. —Por ahora no es tuyo, así que sí, puedo sacarte de aquí. Lárgate, Santiago. —¿No quieres escuchar lo que tengo que decir? —No me interesa lo que venga de alguien que juega sucio. No somos nada, acéptalo y aléjate de mí. —¿Prefieres perder esta maldita floristería? —¿Y qué quieres? ¿Que te ruegue para que no me la quites? ¿Que regrese contigo? —repliqué con dureza. Lo miré con asco. Aquel hombre, que alguna vez pensé que me amaba, ahora solo era un obstáculo… uno que estaba dispuesto a pisotear todo lo que amaba con tal de sentirse superior. Santiago me miró con esa arrogancia disfrazada de ternura que siempre usaba cuando quería salirse con la suya. —Quiero que consideres una propuesta —dijo con voz suave, como si no acabara de amenazar con arrebatarme lo único que amo—. Podemos negociar. Tal vez, si vuelves conmigo, te dejo el lugar. Incluso podría ayudarte a expandirlo. Tú y yo, Nadine... podríamos tenerlo todo. Solté una risa seca, cargada de rabia. —Tú y yo no somos nada. Y si crees que voy a venderme por unas paredes y un jardín, no me conoces en lo absoluto. —Te estás dejando llevar por el orgullo —replicó, caminando con calma entre mis flores como si fueran suyas—. Piensa con la cabeza, Nadine. No puedes permitirte perder esto. Di un paso hacia él, bloqueando su camino. —No estoy pensando con el orgullo, Santiago. Estoy pensando con dignidad. Esa que tú nunca tuviste. Me miró fijamente, la sonrisa se borró. Ahora quedaba el verdadero Santiago: el que odiaba perder, el que no toleraba un no. —Te vas a arrepentir de esto —escupió. —Quizá. Pero prefiero arrepentirme de pelear por lo que amo… que vivir arrepintiéndome de haberme quedado a tu lado. Se giró para marcharse, pero antes de salir, se detuvo en la puerta y dijo con frialdad: —Disfruta tus últimos días aquí, Nadine. Pronto no tendrás ni tierra para regar. Cuando se fue, el silencio me envolvió de nuevo. Abracé la regadera contra mi pecho y volví la vista a mis rosas. —No dejaré que te las lleve —susurré. Y así es como Santiago arruinó mi día. Me la pasé de mal humor gran parte de la mañana. «Podríamos tenerlo todo.» Sí, claro. Aquí el único que siempre puede tenerlo todo es él. A mí no me interesa nada con Santiago, mucho menos ahora que lo estoy conociendo de verdad. Cuando estábamos juntos era molesto, sí, pero siempre lo acepté. Me dije que si lo amaba, debía hacerlo también con sus defectos. Pero esta… esta es su verdadera personalidad. Estaba tan molesta recordando sus palabras que corté un tulipán sin querer. Dios… eso sí me dolió. —Vaya, no me hubiera gustado estar en el lugar de ese tulipán —dijo una voz grave a mis espaldas. Mi cuerpo se congeló. Sujeté con fuerza las tijeras en mi mano. ¿La maldita campanilla no había sonado? ¿O simplemente no la escuché? Me giré lentamente… y ahí estaba Dante Di Luca frente a mí. ¿Qué hacía él aquí? —Buenas tardes, ¿en qué le puedo ayudar? —me aclaré la garganta y pregunté con el tono más profesional que logré reunir. Dante ladeó una sonrisa que me hizo temblar por dentro. Dio un paso hacia mí, y su aroma sofisticado me envolvió como una sombra. Tuve que hacer un esfuerzo para no demostrar lo nerviosa que estaba. —Quiero hablar contigo sobre mi propuesta —dijo con calma. —¿Propuesta? —fruncí el ceño. ¿Qué pasaba? ¿Por qué ahora todos venían a hacerme “propuestas”? —Sí. La que mi asistente te trajo ayer —respondió. Abrí los ojos con sorpresa. Así que de él venía esa propuesta. —Con que eras tú… Bueno, no tengo nada que escuchar. Ya la leí, y no estoy interesada —me alejé y caminé a guardar las tijeras. —¿Se puede saber por qué? —preguntó con el mismo tono sereno. —No me interesa —repetí. —Podrías beneficiarte. Tendrías una entrada de dinero fija. —No me interesa —recalqué—. Y si eso es todo, puedes marcharte. Estoy a punto de cerrar. —Supe que la dueña piensa vender —añadió sin inmutarse. —¿Cómo sabes eso...? Ni siquiera sé para qué lo pregunto. Ustedes, las personas con dinero, creen que pueden hacer y deshacer con todo. Creen que uno debe ceder a sus caprichos. Maldito el día en que me crucé con gente de su clase… —Parece que nos tienes mucho coraje —me interrumpió, calmado—, o se debe a una persona en especial. Y si me enteré es porque me interesa comprar este lugar. Me quedé congelada. Otra vez. Él dio un paso más, acortando la distancia entre nosotros. Sus ojos me miraban con esa frialdad suya… distante, controlada. Y aun así, mi corazón latía con fuerza. ¿Qué busca? ¿Qué quiere realmente? —¿Por qué te interesa este lugar? —pregunté en voz baja. —Porque no dejaré a mi florista sin su lugar de trabajo. Silencio. Todo quedó en un silencio pesado después de sus palabras. —Mi propuesta cambiaría después de adquirir la floristería, claro —añadió. —No entiendo lo que quieres —murmuré. Dante se inclinó hacia mí, su aliento rozó mi mejilla, y un escalofrío me recorrió por completo. —Cosas sencillas —susurró en mi oído—. Sobre todo… conocer más de ti, mi dulce desconocida.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD