El letrero,"buco amante"

1452 Words
+ Terminé la reunión… y los inversionistas quedaron encantados, menos el idiota de Alexander. Ese que NECESITO que sea un inversionista. Es por su dinero, por su apellido, por la estúpida pero poderosa alta sociedad en el negocio. Él no dijo ni una sola palabra en toda la presentación. Solo miraba. Con esos malditos ojos grises que no revelan absolutamente nada. Y yo, por supuesto, me he torturado mentalmente desde entonces. Me está matando con la mirada, lo sé. Me odia. No lo culpo. Le hablé tan feo. ¡Le hablé TAN feo! Estoy que muero de vergüenza. ¿Por qué me pasa esto a mí? Aún así, quedamos pendientes con otra reunión para cerrar los últimos detalles. Porque, a pesar de todo, él no se fue como los demás. Todos los inversionistas salieron de la sala de juntas con sonrisas y apretones de manos. Pero Alexander… él se quedó. —Quiero hablar con usted, señora Dumont —dijo de pronto, con ese tono seco que me hace querer estrellarme contra el vidrio panorámico de esta sala. Tragué saliva y fingí una sonrisa. —¿Sí? —contesté, como si mi pulso no se hubiera ido al demonio. —Estoy considerando firmar con usted —continuó—. Pero tengo un par de condiciones. Si las acepta, firmaré el documento de asociación. Mi abogado, claro está, revisará todo. Quiero que esté incluido lo que voy a pedir. Ahí fue cuando me volví hacia mi asistente. —Puedes traernos café… y agua con gas. Ella asintió en silencio y salió, dejándome completamente sola con él. Respiré hondo. Me acomodé en la silla frente a él. —Señor Alexander Moreau… puede decirme cuáles son esas condiciones. Él no respondió de inmediato. —¿En serio? —musitó, y luego se soltó a reír. Una risa baja, grave… molesta. Y provocadora. —Lo siento —dijo, levantando una ceja—. Es que se me hace difícil verte y no imaginar lo que pasó hace un par de horas atrás. Sentí cómo el calor subía a mi rostro como un disparo. —Un consejo, mi estimada —añadió, inclinándose ligeramente sobre la mesa—: deberías ser tan amable con cualquier persona que se te cruce en frente. Nunca sabes si esa persona puede ser tu salvavidas. Cierro los ojos un segundo. Transpiro fuerte. Me odio. Me odio porque necesito que este hombre sea parte de nosotros, porque sin su inversión no podré abrir la sede en Singapur. Todo esto es por la empresa. Por el maldito apellido que tiene que mantenerse arriba a cualquier precio. Mierda. Todo por la empresa. Me muerdo el labio, tragándome mi orgullo y dispuesta a disculparme o a decirle lo que necesite escuchar… pero él levanta la mano, deteniéndome. —Silencio. —¿Quéee…? —digo entre dientes, confundida. Alexander se levanta de golpe de la silla. Camina hacia mí, lento. Demasiado lento. Su sombra se proyecta sobre mí mientras se acerca, y siento la presión en el pecho intensificarse. Su perfume me envuelve, ese aroma que me recordó hace un par de horas lo bien que se siente el pecado. —¿Por qué haces eso? —pregunta, con la voz ronca. Lo miro confundida, mis piernas se tensan bajo la mesa. —¿Hacer qué? —Eso. —Señala con la mirada mi boca—. Morderte el labio. ¿Por qué haces eso? —No me doy cuenta —respondo torpemente. —Claro que te das cuenta —dice él—. Es parte del espectáculo, ¿no? De esa imagen fría que te armaste para sobrevivir entre hombres de negocios. Pero sabes perfectamente que cuando lo haces… provocas. Y no cualquiera. Me provocas a mí. —Eso no es verdad —miento. Y mal. Alexander sonríe, pero no es una sonrisa amable. Es oscura. Una amenaza. Una advertencia. —Entonces mírame a los ojos y dime que no piensas en mí, y no como un socio. Trago saliva. Mi garganta está seca como papel. Pero lo hago. Lo intento. Lo miro. Y no digo nada. —Exactamente —responde él, dándose el gusto de tomar mi silencio como aceptación. Se acerca más. Rodea la mesa sin romper el contacto visual. Me siento atrapada. Y lo odio. Lo odio por leerme tan bien. Por conocer cada grieta de esta máscara que llevo puesta. —Alexander, estamos en…—digo, intentando sonar razonable, pero la voz me sale apenas más alta que un susurro. —¿Y eso qué? —me responde al oído, inclinándose—. ¿Crees que no lo noto? Tu respiración… tus pupilas dilatadas… Tu maldito pulso temblando en tus venas. Me toma del brazo, con firmeza, pero sin agresividad. —¿Sabes qué quiero? —No. Pero me lo vas a decir igual —respondo con cinismo. —Quiero que firmes el acuerdo, mis condiciones. —¿Entonces por qué todo esto? —Porque te necesito tan desesperada. Mis piernas se tensan. Quiero levantarme, gritarle, golpearlo. Pero no me muevo. No puedo. Alexander inclina su rostro hacia el mío. Casi toca mis labios. Pero se detiene. —Una de mis condiciones —dice con una sonrisa peligrosa—, es que aceptes una cena conmigo esta noche. —Eso no tiene nada que ver con negocios —contesto, escandalizada por fuera y en llamas por dentro. —¿No? ¿Estás segura? Porque lo que pasó entre nosotros no fue exactamente profesional, ¿verdad? —Su mano recorre mi antebrazo—. Tú y yo tenemos química, Claire. Y sabes lo valioso que puede ser eso en una sociedad. —No estoy a la venta —respondo con la voz firme. Por fin. Él se ríe. —No estoy comprándote. Solo quiero saber si puedes ser más que esa ejecutiva implacable que me gritó hace unas horas. Quiero saber quién está detrás de la máscara. Y si no me das eso… no firmo nada. Aparte eso no es todo lo que quiero… Y en la cena te daré todos los detalles. No sé cuánto tiempo pasa. Lo miro. Muerdo mi labio otra vez, maldita sea. Y él sonríe como si hubiera ganado la guerra. —Está bien —respondo finalmente, bajando la mirada—. Una cena. Solo eso. Pero la conversación será sobre negocios porque soy una mujer casada. —Claro que sí, señora Dumont o de Leroux —dice él con una reverencia burlona, antes de volver a su silla, como si nada hubiese pasado. Mi asistente entra justo en ese momento con el café y el agua con gas. Yo, por mi parte, estoy ardiendo por dentro. Pero mantengo la compostura. Porque esa es mi especialidad. Claire no se quiebra. Aunque ese idiota de Alexander Moreau ya haya logrado romper algo dentro de mí. Y lo peor de todo… es que me gusta. Noooo, no, soy una mujer casada. + Mi asistente deja la taza de café frente a Alexander con una sonrisa nerviosa, y la botella de agua mineral fría frente a mí. Apenas cierra la puerta, el silencio se instala entre nosotros como un invitado incómodo. Alexander alza una ceja con esa seguridad que siempre ha llevado como si fuera un maldito traje hecho a medida. Sus labios se curvan en una sonrisa apenas perceptible, casi como si estuviera disfrutando del poder que tiene por simplemente estar aquí. —Bueno —dice, alzando la taza de café y oliéndola sin beberla—. Es mejor que te diga lo que quiero y en la cena miramos si aceptas. Casi se me atraganta el sorbo de agua. —Primero —continúa—, quiero la cena. Segundo, quiero una oficina en esta empresa. Quiero venir siempre que quiera, supervisar el asunto de nuestros negocios. No interferirá en tu trabajo, Claire, solo... quiero estar presente. Y quiero que mi trato sea especial. Lo miro. En silencio. Mi espalda se endereza sin pensarlo. ¿Especial? —¿Especial? —repito con una ceja alzada, mi tono más afilado que nunca—. Alexander, soy casada. Así que eso de la cena... no se puede. No sé qué idea tienes tú de las mujeres con las que tratas, pero esto no se ve bien para mi imagen, ni personal, ni profesional. Él se inclina hacia adelante, cruzando los brazos sobre la mesa con una lentitud medida, como si cada gesto suyo estuviera coreografiado para provocarme. —¿Por qué tan alterada, Claire? —dice, sin perder la calma, como si mis palabras fueran una melodía agradable en sus oídos—. No hay necesidad. Te puedo asegurar que no llevas un letrero que diga “¡Busco un amante!”.
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