—Termínalo —repitió, más firme, con esa gravedad que me helaba la sangre y al mismo tiempo me encendía toda. Yo lo miré con malicia, inclinándome hacia adelante para acortar la distancia. —¿Y qué me darás si lo termino? —pregunté, la voz impregnada de desafío. Él me sostuvo la mirada, y por un momento fue como si el aire se volviera fuego. —Lo que quieras. Ese “lo que quieras” me atravesó como un rayo. No era solo celos. Era posesión. Bastien podía decir todo lo que quisiera de respeto, de límites, de prohibiciones, pero en ese instante me confesó todo sin querer: me quería para él. Yo sonreí, saboreando la victoria. —Oooh, entonces sí… —me incliné aún más, tan cerca que mi aliento rozó su cuello—. Quiere decir que estás celoso. Que en efecto… me quieres a mí. Él no respondió. Y su

