Que Yuriko comentara sobre la cita de Akira y pidiera a Bastian permitir que el hijo mayor pasara el resto de la tarde con su nueva amiga y no con la familia, hizo que el médico alemán no pudiera negarse a conceder el permiso, ya que no quería dar más vueltas a ese asunto con su esposa. Desde que la médica dejara el dúplex que Kenji dispuso para que ella viviera tras regresar de hacer la residencia en los Estados Unidos, no había vuelto a saber del Director Sato ni de su familia, ya que al encontrar alguna noticia sobre él en la sección Empresarial o de Sociales de algún diario o revista que estuviera leyendo, Yuriko simplemente se saltaba esas páginas y continuaba con su lectura. Por ello, ni Bastian ni ella supieron que Kenji había tenido cuatro hijas con Natsuki y que esta estaba embarazada del quinto vástago, un varón que sería el heredero y el último hijo con el que cerraban la fábrica de bebés.
Durante el desayuno Bastian miraba a Akira con una ceja alzada, señal de que le reprochaba el haber jugado de esa manera sus cartas para obtener el permiso que lo llevara a ver a Mika Sato esa tarde, ya que, si del alemán dependía, su hijo se quedaba encerrado, pero tampoco podía dejar pasar el ingenio de Akira, ya que sabía muy bien que, si le pedía permiso primero a él, hubiera recibido un rotundo «no». Bastian había resuelto apoyar a su hijo, pero primero quería averiguar el presente de Kenji Sato, y para eso necesitaba darle tiempo al investigador privado cuyos servicios contrataba regularmente para saber el pasado de los desconocidos que de alguna manera se involucraban con su familia. No es que el médico alemán fuera paranoico, pero al ser un extranjero y sus hijos mestizos, a veces las autoridades y la sociedad podrían preferir a un infractor nacional, representante de la r**a japonesa, antes que a ellos.
- Ve con cuidado y sé juicioso. Si van a salir a pasear, de seguro van a ir acompañados de la escolta, y eso es bueno. Si no quieres crear anticuerpos desde un principio, acepta gustoso las condiciones que te pongan para verla, ¿entendido? –fueron los consejos que Bastian compartió con su hijo.
- Está bien, papá, así lo haré. Estate atento a tu celular, por si requiero de tu apoyo –sugirió Akira sonriéndole agradecido a su progenitor.
- Eso ni lo dudes. Ante cualquier situación que te ponga en peligro o incomode, me llamas. Eres fuerte, valiente e inteligente, pero aún eres muy joven para lidiar con ciertas realidades, así que, no dudes en llamar a tu padre, que llego de inmediato para patear traseros –Bastian estaba a punto de cumplir los cincuenta y ocho años, pero la buena condición física que mantenía hacía que pudiera seguir defendiendo a su familia hasta agarrándose a golpes, si fuera necesario.
Por la seguridad de su hijo, Bastian contrató el servicio de un taxi para que lo lleve a su cita y regrese a casa con bien. Él no quería que lo vieran junto a su primogénito, ya que, si alguien relacionado a Kenji y que supiera de su participación en la vida de Yuriko se topaba con él, sería fácilmente reconocido, Akira relacionado con él y el plan de su hijo tendría que ser descartado. El permiso que consiguió Akira terminaba a las 8 pm por ser domingo y porque el lunes a primera hora debía comenzar su primer día en la Facultad de Medicina. Antes de llegar a la dirección que le había compartido Mika, hizo que el taxi parara en un pequeño puesto de flores que había en el camino. Al no saber cuáles eran las flores favoritas de la hija Sato, se decidió por unas rosas de un tono rosa bebé que llamaron su atención. «Mika es dulce, tímida y tierna, así que estas flores se parecen mucho a ella», pensó Akira y pagó por un pequeño ramo de seis rosas.
Al llegar a la recepción del moderno edificio, Akira pudo comprobar que las familias de las que provenía Mika sí eran multimillonarias, puesto que, además de que la zona donde estaba ubicado el dúplex era una de las más exclusivas de la ciudad, este quedaba en el último piso del edificio, por lo que se trataba del penthouse. Al presentarse ante los empleados, uno de estos de inmediato lo acompañó al elevador, y tras mostrar una tarjeta de acceso sobre el lector del panel de mando del sistema de transporte vertical, este cerró sus puertas y condujo al joven Müller y al recepcionista hacia el último piso. Al dejar el ascensor se encontró con un corredor que llevaba a dos puertas, una en cada extremo. El empleado del edificio lo guio hacia la puerta en el extremo derecho, tocó el timbre y se despidió del joven con una reverencia, segundos después se abrió la puerta, dejando ver a Kaya Ishida, la escolta.
- Buenas tardes –saludó Akira a la vez que hacía una reverencia-. Soy Akira Müller, amigo de Mika. He venido hasta aquí invitado por ella –el joven sonreía a la escolta, quien lo miraba con seriedad, pero en el fondo se encontraba sorprendida porque no pensó que ese extranjero hablara tan bien el japonés y supiera de las formas para saludar y dirigirse formalmente a alguien. Miró el ramo de rosas que llevaba en la mano, y sonrió de lado porque ese gesto encantaría a la hija Sato.
- Buenas tardes, Mika san lo está esperando –con un gesto de su mano, Kaya invitó a Akira a dejar su calzado y tomar una de las sandalias que aguardaban limpias y embolsadas en el ingreso al apartamento.
- Creo que voy a tener que ir descalzo. No hay sandalias de mi número –al medir 1.96 m, Akira hacía 47 de calzado. Ishida miró el estante donde se encontraban las pantuflas, y vio que el número más alto era 44, luego miró los pies del joven, y entendió que ese calzado no le acomodaría.
- Para su próxima visita tendremos su número de calzado –dijo la escolta y empezó a caminar para que él la siguiera.
Tras cruzar la puerta que separaba la entrada del resto del dúplex, ingresaron a la sala donde Mika esperaba sentada en uno de los sofás. Al ver a Akira, la hija Sato levantó una de sus manos y empezó a moverla haciendo saber que le decía “hola” y le daba la bienvenida. Fue al bajar un poco la mirada, y notar las flores que su amigo traía, que ella se emocionó mucho por ese detalle. Akira sonrió encantado de verla esforzarse para comunicarse con él y mostrarle lo contenta que se encontraba por su llegada. Cuando estuvo enfrente de ella, el joven Müller quiso darle un beso en la mejilla, como el que dejó cuando se despidió a las afueras del restaurante, pero no lo hizo porque recordó que la escolta se encontraba en la sala, y le dio un poco de vergüenza. Por ello prefirió ofrecerle a su amiga una gran sonrisa y una reverencia.
- Buenas tardes, Mika chan –soltó al erguirse tras hacer la reverencia. En la mirada de Akira de inmediato apareció ese brillo que nació la noche anterior tras quedar enamorado de ella.
- Buenas tardes, Akira kun –respondió Mika al saludo, ofreciendo también una reverencia-. Bienvenido al que será mi refugio en estos años de universidad.
- Gracias por invitarme. Traje este detalle para ti. Espero que te gusten las rosas de color rosa bebé –la redundancia de palabras hizo que Akira se pusiera un poco nervioso y empezara a rascarse la cabeza. Él llevaba los cabellos sujetos con una liga, en una cola alta, pero algunos caían a los costados, algo que lo hacía lucir más guapo.
- Amo las rosas. Mi madre tiene el jardín interior de nuestra gran casa en Nagoya lleno de rosas blancas Mondial, sus favoritas. Nunca había visto rosas de esta tonalidad, lucen tiernas como un bebé. Gracias, Akira kun –decía Mika mientras tomaba el ramo y rozaba con las yemas de sus dedos los finos y suaves pétalos de las rosas.
- Me alegra que te hayan gustado –Akira sonrió encantado de verla apreciando el regalo que le llevó-. Vives en un lugar muy bonito y espacioso –decía el joven mientras miraba alrededor del salón, para hacer conversación.
- ¿Quieres conocer el dúplex? –preguntó Mika con la seriedad de siempre, ocultando lo contenta que estaba por tener a Akira en su vivienda.
El recorrido inició en la cocina, donde la hija Sato colocó las rosas en un florero que pediría a Kaya que pusieran en su habitación. Ambos jovencitos caminaron uno al lado del otro durante la visita guiada. Mika comentaba algo sobre cada espacio que mostraba a Akira, moviendo las manos, algo que a él le pareció que le daba más vida. Él la miraba embobado, pero atendiendo cada palabra que ella decía. Detrás de ellos caminaba Kaya, a una distancia prudente para darles el espacio que la pareja de amigos necesitaba, pero atenta a hacer su trabajo: proteger a Mika Sato de cualquier ataque. La escolta no conocía a Akira, así que estaba en lo correcto en tomar sus precauciones. Cuando pensó que el recorrido acabaría, el joven Müller se sorprendió al escuchar que los dos dúplex de ese piso estaban conectados, ya que ambos eran propiedad del padre de Mika. Al terminar de cruzar el corredor, llegaron al otro apartamento, cuya distribución era la copia fiel de aquel que acababan de recorrer. Este estaba decorado de manera más sencilla, sin el toque personal que sintió en el anterior. «Es que este espacio es para acoger a nuestros invitados que no tienen un lugar propio donde quedarse en Tokio, por ello sientes que no tiene una personalidad definida, ya que nadie se ha quedado aquí el tiempo suficiente como para declararlo su hogar al ser una especie de albergue momentáneo», explicó Mika.