—Annie, ¿estás bien? ¿Qué te ha pasado?
Matt me mira con preocupación pero yo sigo sin pronunciar una sola sílaba. Sorbo mi nariz y enseguida me ofrece un pañuelo.
—Gracias.
—¿Estás bien? —asiento detenidamente sonándome.
—Sí. Simplemente necesitaba salir y tomar el aire.
—Vamos, te acompaño a tu casa.
—No te molestes, vivo cerca.
—No importa, te acompaño, así me voy a quedar más tranquilo.
—¿Vienes de jugar baloncesto? —pregunto mirando el balón que tiene en el otro brazo.
—Sí. Dentro de nada vamos a empezar los partidos y tenemos que estar entrenados —asiento detenidamente mientras caminamos de vuelta a casa —. ¿Qué tal llevas estar aquí? ¿Te gusta Milán?
—Sí, es precioso la verdad.
—¿Y el idioma cómo lo llevas?
—Por el idioma no tengo problema. En California daba clases de italiano.
—¿A si? —asiento —¿Cómo se dice… Instituto?
—Istituto —intento decir con buena pronunciación. Matt me mira con asombro.
—Amo il basket. ¿Qué he dicho? —dice mirándome con ambas cejas alzadas.
—¿Enserio? —suelto una carcajada —Has dicho que te encanta el baloncesto, tampoco es tan difícil —me detengo ya que ya hemos llegado.
—¿Y si te digo que eres molto bella? —dice mirándome atentamente.
—Eso se lo dirás a todas, ¿a que si? —una sonrisa se asoma por sus labios —. Grazie e buona notte, Matt.
Entro en casa e inmediatamente escucho el sonido de la tele.
—¿Dónde te has ido? Me tenías preocupada.
—Necesitaba que me diese el aire. Tía, mañana me iré a ver cosas de Milán que aún no he visto, avisare a Madison y a April para que me acompañen.
—Claro pero, ¿y si viene tu padre?
—Sí me quiere ver que espere. Buenas noches.
—Buenas noches —dice ella soltando un profundo suspiro.
Una vez me pongo el pijama cojo el móvil buscando el número de Madison y cuando lo encuentro pulso a llamar. A los tres toques me lo coge.
—Hola Annie, dime —dice con la voz algo agitada.
—¿Todo bien? Te noto agitada.
—Sí, es solo que estaba en el baño, he escuchado que me sonaba el móvil y he ido corriendo.
—Te llamo para preguntarte si te apetece mañana acompañarme a ver sitios de Milán que aún no he visto.
—Claro —dice con entusiasmo —. Además, ya sabes que estoy sola, me vendrá bien distraerme.
—Está bien, quedamos sobre las diez. Llama a April a ver si puede.
De repente me giro mirando hacia la ventana encontrándome con la luz encendida de la ventana que da a la habitación justo enfrente.
—Annie, ¿estás ahí? —la voz de Madison me saca de mis pensamientos.
—Sí, si —sacudo la cabeza —. En cuanto sepas algo de April dímelo.
—Está bien.
Cuando cuelga dejo el móvil sobre la mesa e intentando disimular miro por la ventana. Es él, Caleb y está vez no lleva ese gorro gris que siempre tiene. Lleva unos pantalones largos y una camiseta blanca de tirantes; está de espaldas a mí y escribiendo algo en su ordenador. ¿Qué habrá pasado con su hermano? ¿Dónde estará? Por un momento Caleb se gira e inmediatamente empiezo a agachar la persiana sintiendo mi corazón acelerado. ¿Me habrá visto? Espero que no.
Poco después me llega un mensaje de Madison diciéndome que April no puede venir así que le invito a desayunar aquí para que no lo haga sola en su casa. Pongo el móvil en silencio total y lo dejo sobre la mesita pero pasan al menos quince minutos o más en las que no dejo de dar vueltas en la cama. ¿Por qué mi padre tiene que venir a verme justo ahora? Lo único que sé es que necesito buscar un empleo pronto. No quiero que mi tía me pague las cosas, bastante hace con dejar que me quede en su casa. Y sin darme cuenta, me quedo profundamente dormida.
A la mañana siguiente, después de desayunar cogemos el bus de camino a los sitios donde me faltan por ver. Por la mañana vamos a La Catedral de Milán. Después de estar allí bastante rato y de hacernos bastantes fotos vamos a la Galería Vittorio Emanuele II: lo observo absolutamente todo completamente maravillada, haciendo fotos de cada rincón. Sin duda, me he enamorado de Milán. A la hora de comer comemos en un bar que hay por el centro y por la tarde decidimos ir al Parque Sempione, nos quedamos allí prácticamente casi toda la tarde admirando cada rincón.
De repente, me llega un mensaje de mi tía. Suelto un fuerte suspiro y me muerdo el labio. Lo más seguro es que ya esté allí.
“Annie tu padre se marcha de madrugada pronto. Ven cuanto antes, por favor. “
—¿Todo bien? —pregunta Madison.
—Sí. ¿Podemos volver ya? Tengo un asunto que atender.
—¿Algo grave?
—No. Cuanto lo haya aclarado te contaré.
Madison asiente mientras caminamos en dirección al bus. Cuando casi llegamos y lo vemos parado a unos metros de nosotras empezamos a correr mientras levantamos el brazo hacia arriba. Una vez arriba, empezamos a mirar las fotos que hemos hecho señalando las que más nos gustan. Cuando llegamos a nuestro barrio nos despedimos.
—Sea lo que sea, cualquier cosa que necesites llámame.
—Lo sé y gracias por acompañarme —le agradezco con una sonrisa y a continuación nos damos un pequeño abrazo.
Cuando llego a casa de mi tía dejo las llaves sobre un mueble y cuando me dirijo al salón veo a mi padre revisando su móvil pero tal y como si percibirse que estoy aquí, gira su cabeza instantáneamente y me mira sorprendido pero con una sonrisa en sus labios.
—Annie… Hola —dice como si verme fuese un alivio para él.
—Hola, ¿y mi tía?
—Ha salido —asiento —. ¿Cómo estás? ¿Te estás adaptando bien?
—Sí —me limito a responder —. ¿Cómo te has enterado de que estoy aquí?
—Hablé con tu madre hace unos días y me lo ha contado. Se puso a llorar cuando me dijo que te habías ido —un escalofrío recorre mi cuerpo al imaginar a mi madre llorando —. Aunque no sé si estaba llorando por tu pérdida o por el alcohol ingerido.
—Opto más por la segunda —murmuro.
—El caso es que estuve hablando con ella unas dos horas por teléfono y llegamos a la conclusión de que se va a internar en un centro de rehabilitación, yo mismo se lo voy a pagar —alzo ambas cejas sorprendida —. Annie, está dispuesta a hacer lo que sea para recuperarte.
—Me alegro mucho que haya tomado esa decisión —digo con total sinceridad.
—He estado hablando con tu tía y te voy a pasar dinero cada mes para todo lo que necesites.
—No, papá, no —replico totalmente firme —. No quiero tu dinero, soy lo suficientemente mayorcita como para trabajar y ganarme el dinero por mi misma.
—Pero Annie… —Le interrumpo.
—Pero nada, no hay nada más que hablar.
—Está bien, será como tú digas —suspira y camina acercándose a mi —. El caso es que no quiero perder contacto contigo Annie, quiero saber de ti cada semana, si te pasa algo, cualquier cosa.
—¿Ahora sí y antes no?
—Llamaba, pero tu madre me prohibía hablar contigo y el dinero que os mandaba se lo gastaba.
—Eso no es excusa.
—Lo sé pero… Cariño, quiero estar cerca de ti. Yo vivo en España, quiero que vengas siempre que quieras y también puedo venir con Mamen a visitarte.
—¿Mamen? ¿Tu nueva pareja? —mi padre asiente afirmándolo.
—Quiero formar parte de tu vida Annie, por favor. Todos nos merecemos una segunda oportunidad, ¿no crees?
Lo miro sin responder, sin saber qué decir hasta que escucho la puerta y un hola por parte de mi tía. Me giro y observo que tiene varias bolsas en la mano.
—James, ¿te quedas a cenar?
Mi tía mira a su hermano y después me mira a mi. A continuación miro a mi padre y él me mira a mi esperando a que yo diga algo.
—¿Te apetece que me quede? —pregunta mirándome a mí.
—Mi tía te ha invitado —respondo finalmente —. ¿A qué hora sale tu vuelo?
—A la una de la madrugada.
—Bien. Voy a cambiarme.
Cuando subo a mi habitación a cambiarme las palabras de mi padre resuenan en mi cabeza. Mi madre en un centro de rehabilitación… Sonrío levemente ilusionada. Me alegro muchísimo de que mi madre haya tomado esa decisión y al mismo tiempo siento un inmenso alivio porque a pesar de que me fui de casa sin decirle nada pensaba que me guardaba rencor por haberme ido así sin más, pero por lo que me ha dicho mi padre no es así y en mi interior, he sentido mucha culpabilidad por haberla dejado pero… Tenía que hacerlo, seguir adelante y progresar en mi vida. No podía quedarme estancada como ella y hundirme en una depresión.
A la hora de cenar, cenamos los tres en la mesa. Mi tía se interesa por su trabajo y mi padre me cuenta que ha abierto en España, junto con tres amigos más, una empresa de una revista. También me informa de que lleva con su novia más o menos un año y medio y que ya están viviendo juntos. Cuando me dice eso me quedo bastante sorprendida. A las once mi padre se levanta del sofá y va a por su maleta.
—Cuídate mucho James —dice mi tía dándole un abrazo.
—Lo haré y tú cuida de Annie.
Sonrío levemente al escuchar sus palabras. Mi padre me mira y se acerca a mi, veo que tiene intención de abrazarme pero enseguida retrocede y me dedica una tierna sonrisa.
—Si necesitas cualquier cosa házmelo saber.
—Y tú infórmame sobre la salud de mamá —mi padre asiente —. ¿Dónde se va a internar?
—En California, en un centro muy bueno que me han recomendado —asiento —. Estudia y céntrate.
—Sí.
Mi padre me da un beso en la frente y poco después se marcha. Realmente me alegra mucho que haya venido y que hayamos hablado y espero que me llame con frecuencia. Ahora mismo se ha ido y ya le estoy echando de menos. En realidad, desde que se fue, lo he echado de menos.