Catastrófico catorce de febrero

1833 Words
Habían transcurrido apenas un par de días del suceso: “Beso sabor a chocolate” como Lydia le decía. No habían tocado el tema, aparentemente, había sido un arrebato de sentimientos por la pelea que estaban teniendo en ese momento por el estúpido chocolate. –¡Ah! –se quejaba la chica mientras se agitaba el cabello. –¿Qué pasa Lydia? –cuestionó Gigi. Su única amiga laboral. Suspiró. –Trevor me besó hace un par de días y… me dejó confundida –sus ojos figuraban verse atosigados. –Oh, tu “roomie” guapo –se atrevió a conferir Gigi porque le había enseñado al menos, un par de galerías de fotos de ese atractivo hombre. –¿Qué siente por mí? ¿Le gusto o solo fue un juego? –se preguntó al aire, mientras golpeteaba su cabeza sobre su escritorio. –Lydia, no eres del tipo de chicas que se queda esperando un milagro, ve y pregúntale –aseguró su amiga de cabello oscuro. Lydia puso ojos de preocupación. –Lo que tengo con Trevor justo ahora es hermoso, incluso si se queda como una absurda amistad, me gusta, no quiero perder eso…–afirmó y echó un bufido. * –¿Lindsay? –cuestionó Lydia al percatarse de una hermosa chica rubia parada en la puerta de su departamento, sostuvo con más firmeza su bolso de mano. –¡Por Dios Lydia! –chilló acercándose a ella de manera elegante a depositar un beso en su mejilla. –¿Qué haces aquí? –cuestionó ligeramente intrigada. –Vengo de tan lejos y ¿me recibes así? –alzó la ceja –Vine a traerte tu vestido, mi boda será en un par de semanas y necesito que te lo pruebes, ya se le hicieron las modificaciones que faltaban –afirmó totalmente emocionada, dejando de lado la rudeza de la chica. –Oh sí, gracias… nos vemos –exclamó despidiéndose de su hermosa y angelical hermanita. –¿Nos vemos? Necesito ver que tal te queda –exclamó con dureza. Lydia tragó duro ante su severa insistencia, era abogada, le refutaría hasta conseguir lo que deseaba. –Esta bien…–farfulló vencida y abrió el departamento. Preparó algunas bebidas, mientras se sentaba frente a la hermosa chica que acababa de llegar. Lindsay era su hermanita, era dos años menor que ella. Abogada, egresada de una prestigiosa universidad, trabajaba en Washington y estaba próxima a casarse con su novio de toda la vida. Su solicitud de matrimonio había sido la más romántica que había escuchado antes: La pareja, había ido a un santuario de mariposas en un hermoso estado de México: Michoacán. En ese espléndido lugar existen una gran variedad de hermosas mariposas con colores suaves: naranja con orillas negras alrededor de sus finas alas. Lindsay observaba detenidamente un árbol cubierto por estas hermosas mariposas, para llegar a ese lugar habían ido a caballo. Al voltearse en busca de su novio, lo encontró arrodillado sobre un pastizal de hojas secas mientras le preguntaba si sería su eterna compañera amorosa, su amante para toda la eternidad. La propuesta había sido muy emotiva y tan romántica, estaban tan enamorados que, obviamente la chica terminó aceptando y lanzándose a los brazos de ese atractivo hombre con el que había compartido gran parte de su vida estudiantil en la universidad. La persona que les dio el recorrido había grabado la emotiva propuesta y la subieron a todas las r************* para que todo mundo se enterara y de paso, murieran de envidia por tan puro amor. La vida de Lindsay era… perfecta, toda la familia Adams decía que la hermosa rubia era la versión bonita de Lydia; tenían gran parecido, pero Lindsay tenía facciones más delicadas: era más alta, delgada y de fina cintura; no tenía pecas en el rostro, en cambio su cutis parecía un hermoso lienzo liso y perfecto; era tan inteligente y talentosa; y de manera natural, era elegante y de buen gusto; además, por si todo eso no fuera suficiente en su increíble vida, tenía un perfecto, guapo, rico y atencioso prometido. Era la vida que casi cualquier chica desearía tener. –Sus hijos serán tan hermosos –pensaba Lydia mientras la veía probar el té helado que le había servido de manera leve y elegante, era un estúpido té de lata, no tenía que guardar la compostura al beberlo, no había nadie mirando. Como sea, Lydia amaba a su hermanita, aunque fuera su continuo objeto de comparaciones eternas. Sobre todo, por su madre quien, la presionaba más que nunca a que se casara; al parecer, les causaba mucha preocupación que su hija menor se casara primero que la mayor. –Te ves hermosa –sonrió su hermana al verla salir de la habitación con el vestido puesto. –Esta muy apretado –exclamó ella. –No, no, solo resalta tu figura –aseguró Lindsay, ella parecía la hermana mayor en esa relación. Lydia hizo un mohín, no podría engordar, ni rellenar su golosa panza con el exquisito y delicioso buffet que le esperaba en la boda, se decía que habían contratado chefs internacionales para ese momento, quería rellenar su buche hasta tope y emborracharse como si no hubiera un mañana, pero al parecer, su perfecta hermanita, tenía otros planes para ella. –No podré sentarme –exclamó estresada. –Tendrás que cuidar un poco esa boca en estos días –sonrió con elegancia la hermosa rubia. –O mejor… no voy… –afirmó con suavidad, como si tirara una piedra de manera torpe y sin la intención de herir a nadie. –¡¿Qué dijiste?! ¡Eres una de mis damas de honor, la más importante! ¡No puedes faltar por ningún motivo! –regañó, incluso enojada era preciosa. –¿Ira…?– se atrevió a cuestionar mientras miraba sus pies descalzos en el piso. –Gareth –resopló. –Es el mejor amigo de Steve, Lydia –la sujetó de las manos mientras veía sus deprimidos ojos. Gareth Haze, era la razón por la que Lydia no quería ir a la boda de su hermanita. Lamentaba tanto haberle insistido a Steve (el prometido de Lindsay) que le presentara un guapo amigo abogado; en ese instante, sonaba como a una buena idea, y así fue; al menos al principio. Se habían conocido y rápido embonaron, eran un par de locos extrovertidos que amaban las noches de discoteca y bailar canciones alocadas, ser el centro de atención. Comenzaron a salir, las cosas parecían ir bien… al fin, se iba sintiendo bien, o eso creyó. Entonces se suscitó el penoso incidente… Casi cuatro meses atrás, había ido de manera sorpresiva a visitarlo a su departamento. Era el día de los enamorados, debajo de la gabardina que tenía puesta estaba totalmente desnuda y rasurada, se sentía emocionada, ella siempre había sido efusiva y alocada, así que, lo sorprendería de manera totalmente ardiente. Llegó al departamento, se las había ingeniado para entrar, lo había despistado diciéndole que trabajaría hasta tarde; Gareth así, no sospecharía de la sorpresa que le tenía preparada. Sobre la piel desnuda de sus pechos, se hizo un decorado con crema batida en forma de pastel, y lo había adornado con una cereza en la punta; en la zona del bikini había hecho lo mismo y le había puesto trozos de fresa y cereza. Se recostó en la cama, al abrir la puerta la encontraría a ella: un delicioso postre. ¡Qué emoción! Su corazón latía, ya quería ver la cara de emoción al verla entregársele en catorce de febrero con esa exquisita sorpresa, que mejor que ella misma como su regalo. Se quedó quieta, no podía moverse mucho o la crema se caería y sería un verdadero desastre sobre las sábanas. Lo escuchó llegar, el sonido de la puerta se hizo presente, ella sintió un cosquilleo en su estómago. Se arregló el cabello y se ajusto las cerezas de sus pechos. Escuchó murmullos y secos sonidos. Quizás hablaba por el celular. Vio el pomo de la puerta vibrar de manera torpe y ansiosa. Lydia se puso en guardia, tenía la sonrisa más erótica que había encontrado en su repertorio. Entonces, sucedió. Eran la unión de dos figuras que se besaban apasionadamente, buscaban un lecho donde concretar su encuentro furtivo y lujurioso. Gareth, el mencionado novio, besaba a una atractiva morena de pronunciadas curvas, no tenía la camisa y la chica estaba desesperada intentando abrirle los pantalones, la hermosa mujer de tez morena tenía la blusa abierta y los senos afuera. –¡Gareth! –gritó Lydia totalmente espantada, se supone que ella daría la sorpresa, no al revés. –¡Lydia! ¡Dijiste que trabajarías hasta tarde! –reclamó el hombre, como si lo hubiera engañado de manera imperdonable. –¡Eres un idiota! –le gritó poniéndose de pie. La crema se cayó sobre la cama. Se acercó a él y lo abofeteó. –Y tú… ¡Eres una tonta si te dejas engañar por un hombre como él! –le aconsejó de manera salvaje a la morena, la cual no parecía importarle mucho lo que le dijera, solo se había limitado a burlarse de ella. –Ahora entiendo porqué estás harto de ella esta gordita… ¿siempre está gritando? –se mofó la hermosa mujer. –¡¿Qué?! ¿Gordita yo? –chilló Lydia indignada; al parecer, ambos, se burlaban de ella. De su manera espontánea de ser, de su manera alocada de amar y por supuesto, de lo ridícula que se veía intentando seducir a un hombre que aparentemente no tenía mucho interés en ella. –Es muy escandalosa y de grandes “proporciones”–se burló el atractivo hombre de barba de candado. Lydia, se quitó la crema del cuerpo y se las embarró en la cara a ambos, después de eso, tomó su gabardina y salió corriendo de ahí de manera apresurada. –¡Lo pagarán muy caro! –les amenazó y aporreó la puerta. Lydia era un mar de lágrimas, se vistió como pudo, estaba hecha un desastre y no solo por el tremendo caos que se había suscitado por la crema dulce sobre su cuerpo; sino también, por el ataque emocional y psicológico. Se sintió mierda, esa era la palabra correcta para describir sus sentimientos. Por algún motivo, sus exnovios nunca la perseguían pidiéndole disculpas. El que se fuera por cuenta propia era como un respiro de alivio para esos hombres canallas, deseaba por una maldita vez en su vida que la persiguieran, pero no pasaba jamás. Pidió un taxi ¿Estaba gordita? Solo era de caderas anchas, herencia de parte de su abuela paterna. ¿Era gritona? Era su tono regular de voz, no podía evitarlo. Lloraba mientras veía a través de la ventana de ese taxi. Lo decidió, se vengaría de ambos, les demostraría que estaban equivocados, entonces; al día siguiente, se metió al gym, se pondría en forma y se volvería una hermosa y atractiva diosa.
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