Me les acerco a hurtadillas con el pretexto perfecto de andar medio en pedo. Luego, me siento en la mesa contigua y levanto la oreja. Fisgonear no es una estrategia propia de los dioses, pero ya he escuchado antes que en el amor y la guerra todo vale.
Débora sonríe como una idiota mientras el chico le cuenta un no sé qué del proceso de la fotosíntesis de los geranios. Me da sueño solo de escucharle, y a ella también. Cabecea peligrosamente. De un momento a otro, el cuello se desprenderá del resto de su cuerpo.
—¿Y me dices que Geranio es tu tío? Es un nombre poco común —pregunta la chica.
Luego de haber consumido varios tragos, lo único que le interesa es que sea él quien le pague las cuentas. Mantener una conversación insulsa es parte del trabajo.
El chico se queda pasmado. Tal vez se pregunte por qué lleva quince minutos hablando sin detenerse. Si el flechazo no es mutuo, en una semana a Billy se le pasarán sus efectos adversos. Mientras tanto, mantendrá una cara de tonto que da risa… o pena.
—¿Qué te has perdido? No me digas que debo empezar por el principio. —Por Zeus, que eso no ocurra o moriré de puro tedio. Mientras aguanto un bostezo, Billy baja los ojos para ocultar su timidez, y prosigue con la lengua algo enredada:— Me refería a que mi tío trabaja en un jardín de geranios. Te podría llevar si te interesa.
La muchacha levanta la cabeza y escudriña a su interlocutor. No es un mal ejemplar humano acorde a su aspecto físico, pero en el preciso momento en que abre la boca echa a perder una positiva primera impresión. También Débora concluye que es mejor que él la mantenga cerrada.
Una llamarada de fuego sale de sus ojos cuando suelta sin titubeos:
—Solo aceptaré que me lleves a un sitio privado, de preferencia sin que tu tío Geranio esté presente, pero me las puedo arreglar con los dos si pactamos un buen precio.
El brillo de su mirada traspasa a Billy y se clava en mi nívea piel. ¿Qué jugarreta del destino es esta? Nadie me advirtió que Débora era, en sentido literario, una devoradora asalariada de hombres. El pobre Billy me odiará desde el mismo instante en que se le pase el efecto de la flecha amorosa hasta que parta a mejor vida.
El hombre se palpa el bolsillo derecho con lentitud. Apuesto a que le ha sido difícil conseguir cada centavo. Tal vez los haya reunido durante mucho tiempo. Sin embargo, los echa hacia delante a cambio de una guarrada. Ha sido mi culpa. Soy yo quien le ha prendido de esa extraña mujer.
Antes de salir a la calle, él saca su teléfono celular y postea en directo a sus r************* .
—Chicos —dice—, me he hartado de leer cómics de superhéroes. A partir de hoy, considérenme un apóstata del grupo. He conocido a una hermosa mujer y la haré mi esposa.
Una sensación de fastidio se dibuja en la cara de Débora. No puedo creer que en realidad sea capaz de vender su cuerpo a cambio de dos o tres monedas. Una mujer debería tener más alto concepto de sí misma.
Billy le tira un abrigo a los hombros. Trastabillando, infla su pecho de puro macho y se vanagloria sacándose selfis. Ella no protesta. Imagino que ve en cada foto un billete de alta denominación.
Les persigo a la calle. ¿A dónde le llevará? Según lo que he sacado en claro del GoogleOlimpo, él aún vive en el sótano de sus padres.
Antes de que Bily haga un movimiento, ella le empuja contra una pared y le incrusta en el fondo de la garganta su bífida lengua de reptil. Se mueve con soltura, como si tuviese más extremidades que la mujer araña.
Me cuesta permanecer impasible mientras Billy desliza sus tímidas manos por las tentadoras formas de Débora. Un calor casi humano me sube por dentro. Siento hervir las raíces de mis alas. Chispas salen de mis ojos, chispas de celos y ansias reprimidas.
—Miren, ¡una estrella fugaz!
Alguien lanza un grito y casi al instante cientos de dedos señalan los brillos que se han prendido en las paredes del callejón. Muchas personas sacan sus teléfonos celulares. Es el momento idóneo de transmitir en vivo y ganar seguidores en las r************* .
Mis alas están en peligro de extinción. Si Zeus llegase a sospechar la génesis de este suceso paranormal, me enviará al Monte Olimpo de una patada, reprobaré el curso y, lo que es peor, seré considerado la oveja negra de mi familia, la mutación genética en la historia de las generaciones de los Cupidos.
Aunque me desagrada dejar a Débora en brazos de su amante de turno, debo salvar mi cuello; así que salgo de allí antes de que arda Troya.