Un punto para el Anticupido

1178 Words
—¿Quisiera usted beber algo, señor? —Débora me pregunta solícita. Me pierdo en el maremoto de emociones que pretenden esconder sus ojos celestes. Ella habla sin palabras, pero no con las esperadas en una joven de apenas dieciocho años. En su mirada hay turbación y desencanto. Un escalofrío recorre mi espina dorsal y me penetra hasta los tuétanos de los huesos. Esta misión será mucho más complicada de lo que creí. En mala hora acepté trabajar con una chica llamada Débora y no con una Patricia, Roberta u otra con un nombre delicado y poco agresivo. Hubiese preferido lidiar con una doncella inmaculada o la típica adolescente que se babea mirando la foto de un cantante de moda. Reparar un corazón roto es mucho más difícil que sembrar amor en uno virgen. Pero no me amedrento. Estoy adaptado a nadar contra corriente. —Agua —respondo sin pensar. De inmediato, ella me mira como si fuese un bicho raro. ¿Qué idiota entra a un bar un sábado en la noche y solo pide agua? Quizás un insolvente sin un mísero centavo o un tipo deshidratado. A las claras, yo no quepo en alguno de los dos grupos. Me he enfundado unos vaqueros azules y una camisa a cuadros. Voy muy a tono con el vestuario campestre de la localidad. —Perdón, señorita —me rectifico—, luego de que me sirva un vaso de agua, completaré el pedido. Estoy sediento. Ella intenta sonreír aunque todavía me mira raro. ¿Me habré quitado las alas? Con disimulo, pero rápidamente, echo una ojeada a un espejo que pende de la pared y tiro al aire un suspiro de alivio. Las blancas plumas no son un problema. Entonces, ¿qué le sucede? Me trae un vaso desechable con un buche de agua caliente que no me llega a calmar la sed. De nuevo, levanto mi mano para reclamar su atención. Una cerveza no me vendría mal. Aunque no me agrada abusar del alcohol, en ocasiones me dejo dominar por un incierto lado humano de mi personalidad. Sin embargo, Débora se me adelanta y, con las manos plantadas en jarras, me pregunta: —¿Lo quieres de limón, de naranja o de cola? ¿Por quién me ha tomado? ¿Acaso piensa que me conformaré con un refresco? No soy un bebé de teta, sino un dios poderoso. Una sola de mis palabras podría convertirla en un miserable insecto. Siento mis orejas hervir. Una oleada de ira me sube al rostro y amenaza con hacer estallar mi cabeza. Abro la puerta del bar intempestivamente y salgo a la calle. ¡Aire!, necesito que el viento bata en mi piel y refresque las malas vibras. Luego de un breve momento de incertidumbre, regreso tras mis pasos. No me detengo hasta llegar a la barra. —¡Un trago de tequila! —vocifero con mi mayor voz de macho empedernido. —Enseguida se lo traigo. Me responde un hombre entrado en años con un tatuaje con el símbolo de Nirvana en el canalillo de los senos. Sí, porque esas elevaciones caídas que penden de su pecho no son tetillas, sino parientes del monte Everest. Esto es una Odisea peor que la que padeció el sabio Ulises. ¿Dónde se encuentra la bella y odiosa Débora? Con el trago en una mano, ojeo alrededor. Ignoro si tragármelo o echarlo a la basura, pues no encuentro a quién impresionar. Me ha parecido escuchar el grácil tintineo de la voz de la chica, pero no logro definir si alucino dentro de mis ilusiones. Camino algo desorientado. El bullicio del bar confunde mi mente. No estoy adaptado a las luces que flashean ni a los gritos despavoridos de las personas. Me cuesta creer que estén en ese horrendo sitio por placer. De repente, choco con una roca humana de cerca de dos metros de estatura. El ancho de su bíceps me impresiona a primera vista. Se asemejan a los del fallecido Minotauro. Se nota que ese hombre se ha ganado la vida haciendo un trabajo duro. Alzo la vista hasta que el cuello se me resiente. Me hundo en el abismo de unos iris tan oscuros como el inframundo. Al instante, reconozco esos ojos siniestros. Por más que se disfrace de humano, el tufo a fragua candente se le sale a Hefestos por encima de la piel. —¿Se te ha perdido algo… o alguien? —Me increpa con voz de trueno.— Solo te diré una cosa. Tu trabajo de curso no encontrará a su príncipe azul esta noche… ni nunca. Yo, personalmente, me he encargado de eso. —Se llama Débora, y es un ser humano. — Protesto sin mucha fuerza porque no estoy del todo seguro. Una risa malévola se prende en sus distorsionados labios. Sé qué anhelaría pasar de las palabras a la acción, pero el roce físico es otra de las prohibiciones que nos ha impuesto Zeus. Si Hefestos descargase uno de sus puños sobre mi escuálida anatomía, mi única salida sería levantar vuelo y no detenerme. Sigo la ruta de su mirada hasta toparme con la chica. Ella está sentada en una mesa en el fondo del bar. Bebe directamente de una botella con un líquido rosa en su interior. Debo darme prisa antes de que el licor surta efecto. Tenso mi arco invisible y disparo al azar las tres flechas que me han sido asignadas como parte de las reglas. La primera de ellas impacta en una de las columnas de la instalación. Debido a que se trata de un objeto inanimado, he perdido el tiro. La segunda se incrusta en medio del tatuaje del señor entrado en años. Dudo que por más que se afane, Débora encuentre en él su amor verdadero. La tercera da en el hombro de Billy. De inmediato, busco en el GoogleOlimpo su información personal: Treinta cuatro años, no ha tenido pareja conocida ni hijos. A pesar de poseer un coeficiente intelectual elevado, se le dificultan las relaciones sociales. Si en lugar de ser un Cupido hubiese estudiado psiquiatría, le encasquetería el diagnóstico de autismo. —No creo que hayas hecho una buena elección —murmura Hefestos. Luce en su rostro una sonrisa de oreja a oreja. Ambos sabemos que me he dejado llevar por mis nervios de primerizo y he metido la pata. —Aún me quedan muchas oportunidades —mascullo sin ánimos aunque intento no demostrarlo. —Exactamente trece días, hasta San Valentín. Sí, no necesito que Hefestos me restriegue mi derrota en la cara. Me he dado cuenta de que he comenzado con el pie izquierdo. —Entonces, mañana volveré con la ballesta recargada —afirmo sin preámbulos. Nos despedimos con una cruda mirada. ´ Él echa al aire una sonora risa y sale del bar. Ha caído en mi trampa. A pesar de que reconozco que Billy no es el tipo indicado para hacer germinar el amor verdadero en el corazón de la muchacha, la relación entre ellos me permitirá trazar un perfil psicológico de la joven.
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