Adam
Pensé que las cosas con Cecylia iban a ser menos complicadas ahora que Kamil era un adulto, pero, al parecer, no iba a serlo. Entendía esa rebeldía suya, entendía que no le agradara la idea de ver a otra mujer a mi lado, pero no podía quedarme solo para siempre, el día que Kamil hiciera su vida solo lejos de mí, tendría a alguien con quien conversar. Me pasé la mano por la cara. Hacía una hora que se había encerrado en su habitación y no lo había escuchado salir para absolutamente nada, solía hacer eso cuando estaba enfadado. Lo mejor era hablar con él de frente, dejarle saber que, aunque Cecylia estuviera en mi vida, él iba a seguir siendo lo más importante y que no estaba reemplazando a su madre. Me quedé con la mirada fija en la pantalla del televisor tratando de tomar coraje para levantarme e ir con él a hablar. No podía dejar la conversación en la nada, Kamil ya no era un niño pequeño, sabía que iba a entender mi postura si se la explicaba como había hecho con todo desde que me quedé solo con él. Respiré profundo un par de veces, cerré los ojos, tomé valor y me levanté. Subí las escaleras pensando con cuidado las palabras exactas que debía utilizar, las posibles preguntas que él podría hacerme, la manera en la que empezaría la conversación. Iba a retomar su pregunta, iba a contarle cómo había surgido todo entre ella y yo.
—A-Adam…
Escuchar mi nombre hizo que mi cabeza se quedara completamente en blanco. Era la voz de Kamil, era inconfundible para mí, pero ese tono en el que me había nombrado era completamente nuevo. Levanté la mirada hacia la puerta de su habitación, estaba entreabierta. Miré por ese pequeño espacio, Kamil estaba acostado boca arriba en la cama, tenía los ojos cerrados en una expresión que no supe identificar antes de ver lo que hacía: se masturbaba. Un ligero, pero audible gemido se escapó de sus labios, luego mi nombre de nuevo. Debía irme, debía darle privacidad, era un joven de dieciocho años, si pensaba que no hacía algo así, era demasiado inocente por mi parte, pero no me moví, mi cuerpo no quiso responder, no pude apartar la mirada de él, de esa expresión de placer en su rostro. Mi mente se centró en sus suspiros, en esos leves gemidos que se le escapaban, de mi nombre susurrado con cierta desesperación; con deseo. Sentí que mi cuerpo reaccionaba, pero no a la idea, ahora lejana, de escapar de ahí, reaccionaba a Kamil, a lo que hacía. Sentí mi propia mano posarse en mi entrepierna como si tuviera vida propia, pero no hice más, algo de consciencia me quedaba aún, a pesar de cómo estaba reaccionando al verlo en una situación tan íntima, tan privada. Me quedé ahí hasta que terminó, momento en el que hui a encerrarme en mi habitación, agitado y sudado como si hubiera corrido una maratón. ¿De verdad me había quedado a ver a mi hijastro masturbándose? ¿De verdad mi cuerpo había reaccionado ante esa escena que, creía, era imposible? ¿De verdad había gemido mi nombre refiriéndose a mí? Cerré los ojos intentando calmarme de una vez, tenía que volver a centrar mi cabeza, tenía que volver a ver a Kamil como quien había sido todo este tiempo, pero algo en mi cabeza hizo click, sentía que no podría verlo a la cara de nuevo sin pensar en todo esto; sin volver a sentir el cuerpo caliente. ¿Qué había hecho? Debería haberme ido cuando tuve la oportunidad. Debería haber fingido demencia y volver a la sala a ver televisión. Era un adolescente aún, tenía las hormonas alborotadas, era evidente que haría algo así en la privacidad de su cuarto. Me desplomé en la cama y observé el techo teniendo imágenes de él que me atacaban como si fueran el flash de una cámara. No intentaba reprimir esas imágenes de su rostro, ya no había nada que pudiera hacer, me iban a perseguir por un largo tiempo, más del que me gustaría admitir.
Me puse el antebrazo sobre los ojos y me quedé así, acostado, pensando una y otra vez en Kamil de una forma que no era apropiada, pero que ya no podía detener. Su cuerpo, delgado y pequeño me había gustado más de lo que hubiera esperado, incluso más de lo que me gustaba el cuerpo de Cecylia. Intenté pensar en ella, pero, de nuevo, el rostro de Kamil con esa expresión de placer y deseo aparecía en mi cabeza. Obligué a mi mano libre a no moverse, aunque mi cuerpo estaba implorándome que me ocupase de lo que hacía que mi pantalón apretara. Quería conservar la decencia, al menos en lo que quedaba de noche después de lo que había presenciado. Poco a poco, empecé a calmarme, no había dejado de lado nada de lo que había visto, pero la temperatura en mi cuerpo volvía a ser normal. Sentí que había dominado mi mente por fin, ahora podía obligarme a dormir o a meditar en silencio o a pensar en el caso que teníamos en el bufete.
—¡Papá! ¿Estás en tu cuarto?
Me senté rápidamente en la cama, sintiendo el pánico apoderarse de mí. No podía verlo ahora, pero tampoco podía decirle que no quería verlo, haría las cosas peores entre nosotros. Respiré profundo, me levanté y abrí la puerta. Estaba parado a mitad del pasillo, un poco después de la puerta de su habitación. Estaba vestido con su pijama ahora, con mi camiseta que apenas llegaba a cubrir su bóxer.
—¿Qué sucede? —dije tratando de sonar lo menos nervioso posible.
—Nada, dejaste el televisor encendido. ¿Te encuentras bien? Tienes una cara rara.
—S-s… —Carraspeé—. Sí, Kamil, estoy bien.
Me quedé callado, mirándolo, sintiendo que perdía el control lentamente de mis pensamientos, él seguía parado ahí, mirándome sin decir nada, con esa expresión ligeramente inocente, como si no hubiera gemido mi nombre mientras se masturbaba hacía unos momentos. La idea de encerrarlo en mi cuarto y dejarme llevar por el calor que volvía a subir por mi cuerpo, empezó a tomar fuerza en mi mente. Quería poseerlo, quería que ahora gimiera para mí, pero me contuve poniendo un gran esfuerzo en ello. No podía abalanzarme a él, no iba a hacerlo. Me acerqué a él lentamente y posé mi mano en su mejilla cuando estuve para justo delante suyo. Kamil sonrió con cariño presionando mi mano contra su rostro.
—Lamento lo de hace un rato, no quería incomodarte.
—No importa, cariño. —Besé su frente—. ¿Puedes pagar todo? Me iré a dormir ya.
—Claro, papá. Descansa.
Me metí en mi cuarto de nuevo, me encerré una vez más y me quedé parado ahí, con la cabeza apoyada en la puerta. No entendía qué era lo que me sucedía de repente, nunca había visto a Kamil con otros ojos, ¿por qué lo hacía ahora? Decidí que lo mejor era dormir, hacer que mi cerebro dejara de funcionar por unas horas. Apagué la luz y me tiré a la cama sin siquiera cambiarme. Me acomodé y cerré los ojos, en la oscuridad, las imágenes de Kamil volvían a aparece en mi cabeza con mayor nitidez. No podía evitarlo por mucho que quisiera, no podía sacármelo de la cabeza.
***
Desperté con la luz entrando por la ventana, me maldije por ser idiota y olvidar cerrar las cortinas anoche. Cerré los ojos unos instantes tratando de volver a dormir, estaba cansado aún, mi cabeza no me había dejado en paz durante un buen rato por la noche, ahora me era imposible despegar la cabeza de la almohada. Intenté volver a dormir durante un buen rato, pero no lo logré. Después de dar unas cuantas vueltas en la cama, decidí levantarme. Tomé ropa y me dirigí al baño para higienizarme lo más rápido que podía. Apenas salí, mi mirada se posó en la puerta de la habitación de Kamil, estaba cerrada, como de costumbre. Rara veces la dejaba abierta como anoche. Me acerqué titubeando, la abrí un poco y miré hacia adentro, seguía durmiendo tranquilamente. Caminé hacia él con cuidado, me incliné y besé su frente. Quería recordarme qué rol cumplía en su vida y que no podía verlo como nada más allá de eso. Ya había trasgredido una línea, no quería seguir traspasándolas. Me alejé, salí de la habitación y cerré la puerta para dejarlo dormir tranquilo. Bajé a la cocina, preparé el desayuno para ambos, pero solo serví el mío, no tenía idea de cuanto más dormiría Kamil. Los sábados solía desvelarse bastante si no salía con David. Empecé a desayunar sin él, no iba a esperarlo porque sabía que podía quedarme sin desayunar hasta mediodía.
—Buenos días, papá. —Las voz de Kamil flotó hasta mí con un tono somnoliento.
—Buenos días, cariño.
Bajé la mirada a mi café, sin atreverme a mirarlo. Él no pareció darse cuenta, escuché sus pasos dirigirse a la cocina. Levanté la mirada a él por fin. Delineé su figura, nada de lo que había ocurrido anoche desaparecía de mi cabeza, mucho menos cuando, intentando alcanzar una de las razas que estaba en la alacena, una que estaba atrás de todo, se estiró levantando la camiseta que lo cubría dejando sus caderas al descubierto para mí. Me levanté perdiendo la cabeza por fin, me acerqué a él por la espalda y, colocando mi mano en su cadera, me estiré para tomar la taza que él quería. Kamil no era precisamente bajito, pero las alacenas si estaban lo suficientemente alto para que él no pudiera alcanzar lo que se encontrara más atrás. Mantuve mi mano en su cadera el tiempo que pude, perdiendo la noción de lo que estaba haciendo.
—Gracias, papá —dijo Kamil arrebatándome la taza de la mano—. ¿Sucede algo?
Deslicé mis dedos por debajo de su camiseta, sentí que se estremecía, pero no se apartó. Subí mi mano lentamente por su cintura, sintiendo su piel tersa. Cambié el rumbo de mi mano cuando llegué a su pecho, esta vez la llevé lentamente hacia abajo acariciando su torso con la yema de los dedos. Me detuve cuando llegué a la cintura de su bóxer, volví a entrar en razón. Me aparté de él y salí de la casa sin decir absolutamente nada. Tenía que distraerme, tenía que dejar de pensar en su cuerpo, no estaba bien, Kamil era mi hijastro, no podía verlo como nada más que eso. Decidí ir al gimnasio, al menos una o dos horas podía despejar mi mente, pensar en algo que no fuera Kamil y en el interés que me había despertado.