Jennifer tuvo bastante suerte aquella tarde. Tras abandonar su oficina había ido directamente a ver una de las dos ofertas de departamento que encontró a través de f*******:. No estaba tan cerca de la oficina, pero al menos había línea directa de transporte. Al salir del trabajo podría tomarlo a una cuadra y se bajaría justo a unos metros de casa.
—Si me das esta casa, te seré por siempre fiel, Satán —murmuró de forma irónica, en un intento de calmarse, antes de reunirse con la arrendataria.
—Buenas tardes, ¿tú debes ser Jennifer Wright, cierto?
—Hola, mucho gusto, señora…
—Frida López —respondió en tono amable—. Soy hija de padres mexicanos, por eso mi apellido, pero, en realidad, llevo casi toda mi vida viajando entre San Francisco y Chicago —sonrió. Se trataba de una mujer de unos sesenta y algo de años, cabello oscuro y piel morena.
—Ya veo, eso es muy interesante.
—Ven, pasa. Te mostraré el departamento —indicó, comenzando a caminar en dirección al lugar—. Te sentirás bastante cómoda en este lugar, ya lo verás. La calle siempre está iluminada y, aunque no es demasiado transitada, lo que nos permite tener privacidad, a un par de manzanas hay un instituto de gastronomía y turismo, así que encontrarás muchos lugares para comer, hacer despensa y demás.
—Eso es bueno. La despensa me aterra un poco, ya sabe, eso de los precios y los grandes súper mercados.
La anciana rio.
—Descuida, aquí no sufrirás de eso. Hay tiendas bastante agradables con el cliente. Oh, mira, aquí estamos. Número 13 A. Estas son las llaves, ¿quieres abrir?
Jenny tomó las llaves que amistosamente le ofrecía la mujer e hizo intento de abrir el departamento en renta. Como si estuviera destinado para ella, se abrió sin ninguna dificultad. El departamento era pequeño. Tenía apenas una habitación, una pequeña estancia que difícilmente alcanzaría para tener un comedor de seis u ocho sillas y una sala grande, pero sí resultaba buena para el comedor de madera con cuatro sillas y el par de sofás amarillos minimalistas que le adornaban.
Lo que más le gustó fue el gran ventanal con vista hacia el jardín trasero, el cual se encontraba lleno de flores.
—No es demasiado grande, pero para una persona soltera o con pareja, sin hijos, creo que es perfecto. ¿Tienes mascotas?
Jennifer negó.
—No, para nada.
—Bueno, si decides tener alguna mascota pequeña como un gato, un hámster o un pajarito, no tengo ningún problema. Si es un perro… prefiero que sea pequeño.
—Descuide.
La pelirroja caminó por el lugar, observó la cocina equipada con lo necesario, la recámara y el baño en el interior. A pesar de ser pequeño, se encontraba en una buena zona y se notaba que la familia tenía muy bien cuidado el lugar.
—Todo es muy bonito.
—Me alegra que te gustara, Jenny. ¿Qué piensas? La base de la cama y el colchón son nuevos. Puedo incluirte los servicios si gustas, así no tienes que rehacer el contrato a tu nombre.
—Suena genial… —murmuró la chica con ilusión—. Me encantaría quedarme en este lugar, pero supongo que la renta se elevaría mucho con los servicios, ¿verdad?
—Unos 250 dólares.
La joven pareció pensarlo por algunos instantes.
—Mira, solo necesito tus documentos, los que señalé en la publicación, y la base en garantía, ¿de acuerdo? Puedo esperarte un poco con el mes de renta y hacerte un pagaré.
—¿De verdad lo haría?
La mujer asintió.
—Eres la tercera o cuarta persona que viene en el día a visitar el departamento y sólo a ti te lo estoy ofreciendo con tanta facilidad. ¿Sabes? Este fue el departamento de soltero de mi hijo, yo le permití vivir aquí, a pesar de que es mío. Ahora que se casó, quise rentarlo.
—Está bastante bonito.
—Mi difunto esposo era arquitecto, él lo diseñó así. Sígueme, vamos a checar lo del contrato.
Así fue como la suerte le sonrió a Jennifer Wright y en la misma semana no solo rompió con su novio de toda la vida sino que, además, dejó el nido, consiguió trabajo nuevo y un acogedor lugar donde comenzar desde cero. Esa misma noche fue al hotel para finiquitar tu estancia y recogió sus pertenencias. Había llegado el momento de ir a casa de sus padres por el resto de su ropa.
—¡Jennifer! ¡Estás aquí! —Exclamó su madre con entusiasmo al recibir su llamada—. ¿Por qué no has respondido mis mensajes, ah?
—Lo siento, mamá, he… estado bastante ocupada —se disculpó en medio de un bostezo—. ¿Recuerdas que te dije que iría a una entrevista de trabajo? Pues… lo conseguí.
—¿De verdad?
—Mh, creo que… es un buen trabajo, me abrirá muchas puertas.
—Me alegra mucho escucharte, tu padre se pondrá más que feliz cuando se lo diga. ¿Dónde es? ¿Cómo se llama el lugar? ¿Dónde queda?
—Basta, mamá —la detuvo de golpe—. Una pregunta a la vez… el fin de semana les cuento, ¿de acuerdo?
—¿Vendrás a comer con nosotros?
—Iré por mis cosas, mamá. Encontré un lugar donde quedarme, bastante cerca de mi trabajo. Por cierto, soy Asistente de Dirección en una firma legal.
—Está bien, acá te esperaremos, por cierto… es probable que tu hermano esté aquí.
—Gerard…
—Jenny, tienes que hablar con tu hermano. Seguro lo entenderá.
—Ya veré qué se me ocurre, ahora debo descansar, mamá. Mañana entro muy temprano a trabajar. Te amo
—También yo, cariño.
La llamada finalizó. Jenny se quedó pensando en la reacción de Gerard… desde que Larry fue asesinado, Gerard se había tomado muy en serio la protección de la familia, por eso, al igual que Henry, había ingresado al departamento de policía de Chicago, Unidad de Investigación Especial. Era más padre de William y ella, que el mismo Robert.
—Ay, Larry… ¿realmente Lucas Massey es tu asesino…? —Le preguntó a la nada, mirando a través del enorme ventanal—. ¿Realmente tú…?
La pregunta murió en su garganta. No quería pensar más en las sensaciones que la recorrían cada vez que miraba a aquel hombre, cada vez que olía su perfume y se prendaba de aquellos orbes azules. ¿Por qué se afanaba en ver algo que no existía dentro del abogado? ¿Por qué se aferraba en querer encontrar un corazón que claramente no tenía?
—Eres una tonta, Jennifer Wright —sentenció antes de tomar una ducha para, posteriormente, irse a la cama. Aquella sería la primera noche en su departamento nuevo.
Y, como siempre que uno quiere llegar temprano al trabajo, terminó llegando quince minutos tarde.
—¡Demonios! —Exclamó casi a gritos dentro del autobús—. ¡Aquí me bajo! ¡Gracias! Disculpe, permiso… permiso, sí, gracias.
Los tacones resonaron al correr por el asfalto y checó la entrada con algo de dificultad justo en el área de recepción. Aunque era la asistente de Dirección, aún no tenía contacto con la mayoría del personal. De lo que sí estaba segura, era de que todas las miradas se clavaron en ella al notar su retardo.
—Señorita Wright —la llamó visiblemente molesta la contadora Leyla al verla llegar presurosa a su área de trabajo—. Creí que llegaría cuando menos cinco minutos antes de su horario oficial de entrada.
—¡Lo siento mucho, contadora! ¡De verdad! ¿Recuerda que estaba buscando un departamento? Bueno, anoche fue mi primera noche en el lugar y… ¡lo siento tanto! Me subí al camión equivocado, así que tuve que bajarme y tomar otro… ¡el tráfico estaba terrible!
—Déjate de excusas baratas —sentenció Lucas Massey haciendo su aparición. Jennifer se preguntó en qué endemoniado momento había llegado, las puertas del elevador no se abrieron, de eso estaba más que segura—. Llegaste tarde a tu segundo día de empleo. Supéralo.
—Señor —saludó educadamente la contadora—. Creí que llegaría más tarde.
—¿Qué estás haciendo aquí, Leyla? Creí que mi secretaria solo me daba cuentas a mí.
La mujer apretó los labios.
—Lo siento mucho, señor, solo estoy siguiendo sus órdenes. Usted me pidió que supervisara el trabajo de la licenciada Wright y que la ayudara en todo lo posible.
—Eso puede esperar. Tú —llamó a la chica con voz firme—, sígueme. Te presentaré al aquipo.
—Pero, señor…
La mirada de Leyla la hizo callar. La mujer pareció gritarle con la mirada que nadie le decía que no al jefe cuando se trataba de trabajo.
—Lo nuestro puede esperar, en efecto —señaló.
—Cierto… Con permiso, contadora.
La chica de ondulado cabello pelirrojo corrió detrás del CEO de la empresa. La diferencia entre sus estaturas resultaba más que notoria.
—No me gusta la impuntualidad —comentó el hombre a secas—. Más te vale llegar temprano el día de mañana.
—Por supuesto, señor. Cuente con ello.
Lucas Massey se encargó de presentar directamente a su asistente con el personal del corporativo. Jennifer sintió como si, en el fondo, el CEO estuviera aceptando la idea de tenerla allí. Al terminar, regresaron al área que compartían. Allí, el maduro fue testigo de cómo la joven se peleaba con el equipo de la oficina.
—¿Qué estás haciendo?
—No puedo ingresar la contraseña.
—Leyla debió decirte que la anotaras.
—Lo sé, pero…
—Déjame a mí.
Lucas Massey, a su espalda, se inclinó sobre la chica, quien se encontraba sentada frente al computador, y la rodeó con sus brazos en un intento por, supuestamente, alcanzar el mouse y el teclado. Jennifer podía sentir el aliento, el aroma y el calor de aquel hombre viril.
Su cuerpo recibió una descarga eléctrica y un suspiro traicionero brotó de sus labios entreabiertos.
—¿Todo bien, miss Wright? —Preguntó Lucas en un ronco susurro.
La chica pasó saliva con nerviosismo.
—Todo bien —respondió con la voz más normal que pudo tener en un instante como aquel.
Una sonrisa se formó en los labios del hombre, era una sonrisa maléfica, pero ella no pudo verlo.
—No te muevas demasiado… o puedo tocar demás.
La reacción fue instantánea.
—¿Qué demonios está diciendo? —Inquirió molesta y se giró en la silla para empujarlo, pero el hombre era mucho más grande, así que no logró moverlo, por el contrario, sus rostros quedaron demasiado cerca el uno del otro.
—Te dije que no te movieras, Jennifer Wright —repitió en el mismo tono seductor. Entonces, lo siguiente que la pelirroja vio, fue al hombre acortando toda distancia que los unía y, cuando estuvo segura de que el CEO del Corporativo Massey la besaría, éste se alejó de lleno—. Listo, ya está abierta tu sesión.
A la pelirroja le costó trabajo regresar a la realidad. Parpadeó en repetidas ocasiones y frunció el ceño, mirando al hombre bastante confundida. Lucas soltó una risa suave y ronca.
—¿Esperabas algo más?
—Es un imbécil… —murmuró sin poder evitarlo.
Sí, quizá aquella frase le valdría el despido, pero Lucas no la amonestó, por el contrario, rio con un poco más de fuerza y malicia.
—Apúrate, quiero que me lleves mi café. Caliente, como todo lo que me gusta.