MR. ZETA

1654 Words
Entender por qué Lucas Massey conocía la ubicación de su departamento, era una incógnita que le causaba algo de intranquilidad a la pelirroja. Después de todo, la gente relacionaba a su jefe con la mafia y se decía, como secreto a voces, que ellos no perdonaban la vida a nadie. Por eso su padre lo odiaba y había iniciado una misión que ahora Henry pretendía culminar: llevarlo tras las rejas, hacer justicia por tanto daño causado. A regañadientes y un poco nerviosa terminó de vestirse. Se colocó un vestido rojo, ligeramente entallado, por encima de la rodilla. Le gustaba el contraste del tono carmín con su cabello anaranjado. Lo revolvió un poco frente al espejo. Finalmente se maquilló y pintó sus labios de un bonito café oscuro. Demasiado rojo sería excesivo, pensó. Lucas Massey la recogió en el momento acordado. Una suburban dorada con vidrios polarizados se estacionó justo frente a su departamento. Ella tomó su bolso y salió a su encuentro. El hombre vestía completamente de n***o, solo su camisa azul rey relucía bajo el saco. La barba parecía recién afeitada, como si le hubieran dado una mejor definición. Cuando la puerta del copiloto se abrió, Jenny fue impactada por el perfume caro de su jefe. Todo el interior de la camioneta tenía su fuerte esencia. —Creí que el dueño de la firma L. Massey y Asociados tendría un chofer y, no sé, tal vez algo de seguridad. —No la necesito —respondió con una arrogante sonrisa. Tenía las manos sobre el volante—. Tengo amigos muy importantes… así que, no existe alguien en todo Chicago que quiera meterse en problemas conmigo. —¿Entonces cómo funciona? —Preguntó la chica con curiosidad, una vez que la camioneta inició su marcha—. Lo detienen y… cuando se dan cuenta de que es usted… ¿solo le dejan ir? ¿Así? ¿Sin más? —Algo así. Ni siquiera necesitan detenerme. Se trata de mi matrícula vehicular. Todos saben que es mía. —Ya veo… Entonces, definitivamente, sí hice un pacto con el Diablo. —¿Dudabas de ello? —Cuestionó con una malévola sonrisa. El semáforo indicando alto le regaló unos minutos de libertad para desviar su profunda mirada hacia el regazo ajeno, luego subió lentamente por su abdomen hasta llegar a sus pechos. —¿Hay algo que llame su atención, señor? —Creo que luces lo suficientemente presentable para esta noche. —¿Acaso se trata de un cumplido? —Tómalo como gustes. El Moulange Rouge es un lugar bastante peculiar —explicó el hombre con cautela—. Para entrar es necesario pertenecer a la élite. Es importante que tomes en cuenta lo siguiente: lo que pasa en el Moulange Rouge, se queda en el Moulante Rouge. —¿Debería asustarme? —No lo creo. Lo que estoy tratando de decirte, Jennifer Wright, es que lo ocurre dentro del Moulange Rouge no sería consentido jamás por la hija de un hombre de ley como Robert W. ¿Entiendes? Así que, resulta bastante irónico que esta noche estés aquí. —¿Sexo? ¿Alcohol? ¿Sustancias prohibidas? —Todo y mucho más. —Patético… —murmuró la pelirroja mirando hacia el exterior. Había escuchado muchos rumores sobre aquel lugar, pero, ya que hombres poderosos estaban inmiscuidos como clientes VIP, difícilmente podía hacerse algo. Lucas sonrió. Le parecía encantador llevar a la hija de un policía condecorado a aquel lugar. Finalmente, estacionó la camioneta en el lugar de siempre y le pidió a la mujer que bajara. Cuando la tuvo completamente de pie frente a él, su mirada se deleitó por entero con su figura. Le resultó aún más atractiva que en la oficina. Se dirigieron a la entrada, caminando pegados el uno al otro. Lucas Massey dio su nombre y una clave alfanumérica, el acceso fue inmediato. Los llevaron hacia una sala privada. Jenny miró todo con atención. Jamás había estado en un lugar como aquel. Era gigantesco. Un lugar con luz roja, tenue, formado por cientos de salas, todas separadas, con su propio ambiente. Se notaba que un vaso de agua allí costaría toda una fortuna y ni hablar de las personas que caminaban a su lado. Un hombre pasó rozando su brazo con una máscara de conejo. —No mires demasiado —le advirtió Lucas en tono ronco—. Recuerda que no eres más que una invitada. Jenny corrió un poco para darle alcance. Se había distraído con aquella visión. Cuando ingresaron a la sala que le correspondía a Lucas, finalmente pudo preguntar lo que tanto deseaba. —¿Por qué ese hombre llevaba una máscara? —Por muchos motivos. Ninguno que tú puedas o necesites saber. —Pero… es tan extraño. —Debes entender que no todos quieren ser reconocidos en este lugar. El Moulange Rouge nos da… privacidad. Jennifer tomó asiento en uno de los sofás de terciopelo rojo. Aquel espacio amplio y lujoso le recordaba mucho al arquetipo de los karaokes asiáticos. Aunque, también, podía compararse con la suite de un grand resort. Había muebles, una barra propia, un mini refrigerador y una gran pantalla de televisión… también contaban con música ambiental entre otras cosas. —Y eso que no has visto el privado —murmuró con coquetería el mayor, al tiempo que se servía un vaso de brandy—. Hay habitaciones para pasar una noche bastante… placentera y agradable. Jennifer apretó la mandíbula con fuerza y elevó el rostro mirándolo de forma retadora. —¿Por qué me trajo acá? ¿Acaso pretende sacar provecho de mí, señor? —¿Eso sería tan malo? —No me acuesto en la primera cita y, sin duda, esta no es una cita, ¿verdad? El Abogado del Diablo no tiene citas, solo folla. —A veces creo que me conoces tan bien, niña. —Ya le dije que no soy una niña. —Demuéstralo. La pelirroja se puso de pie y, dejando su bolso sobre el sofá, fue directamente hasta el hombre. Sus cuerpos quedaron muy juntos el uno del otro, sin embargo, no llegaron a más. Tuvieron una lucha de miradas. El dedo índice del hombre delineó la base del labio inferior de la mujer y cuando Jennifer creyó que él haría el movimiento… la puerta de la sala se abrió y otro hombre apareció. —Lucas, ¿divirtiéndote en mi ausencia? El recién llegado era tan diferente al rubio y a la vez tan igual. Su porte, ropa y forma de hablar recordaba mucho a las expresiones del dueño de Massey y Asociados, pero su cabello era n***o como la noche, al igual que sus ojos. Ambos tenían aquel ligero bronceado. —Estoy aquí por negocios y lo sabes. —Yo también, pero… ¿por qué negarme a un poco de diversión? ¿Quieres compartir? Lucas negó ligeramente y señaló a la mujer a su lado. —Jennifer W., mi asistente personal. Jennifer, este es Zeus Massey. Mi hermano. —Su… —Déjeme presentarme mejor, señorita W. Yo soy Mr. Zeta. Los ojos de Jennifer se abrieron como platos. Aquel era uno de los más grandes líderes de la mafia local. Mr. Zeta encabezaba la lista de la interpol. ¿Realmente se trataba del hermano de Lucas Massey? —No era necesario —lo reprendió el rubio. —Vamos, hermano. Si es tu asistente… imagino que debe ser alguien de mucha confianza, o ¿por qué otro motivo la habrías traído contigo? —Tengo mis motivos. —Ya veo… son bastante grandes y atractivos —sonrió con malicia el pelinegro mientras desnudaba a la mujer con la mirada. En otro momento, Jennifer habría iniciado una batalla campal contra cualquiera que se atreviera a mirarla con morbo o a decirle algo en doble sentido, pero prefirió quedarse quieta. Necesitaba saber qué tan seguro resultaba seguir allí. —Déjate de tonterías. ¿Trajiste los papeles? —Los traje. ¡Jeremy! Zeus Massey chasqueó los dedos y un hombre bastante joven, de no más de veintiún años, ingresó al lugar con un portafolio en sus manos. Como en las películas de capos, el hombre lo colocó sobre la mesa del centro y cuando le abrió, Jennifer pudo ver miles de dólares americanos en su interior. —¿Es esto suficiente? —Con esto saldamos lo de la última vez. —Perfecto. Aquí están los papeles —continuó el mafioso y le entregó un sobre amarillo. Lucas lo abrió y analizó su contenido—. Allí tienes todos los datos que me pediste. Encárgate de hablar con él. Dile que si quiere vivir… te dé las pruebas que necesitas o… —Morirá. —De forma lenta y dolorosa —sonrió—. Muy bien, hermanito mayor… Larga vida a la causa. Lucas lo abrazó y dejó un par de palmadas contra su espalda. —Larga vida a la causa. —Señorita W… —se acercó Zeus hacia ella y besó seductoramente el dorso de su mano—. Que esta no sea la última vez. Tras darle un guiño coqueto se retiró del lugar. Lucas Massey soltó un hondo suspiro y, finalmente, encaró a la chica. —¿Ahora entiendes por qué todo lo que pasa en el Moulange Rouge, se queda en el Moulange Rouge? —Nuevamente acortó la distancia que los separaba y se inclinó lo suficiente para dejar su boca a milímetro de su oreja. Allí habló en un susurro—. Ahora me perteneces, Jennifer Wright. Tu vida es completamente mía. Te has convertido en cómplice del Abogado del Diablo. Todo fue tan claro. Jenny solo tenía dos opciones. Salir corriendo y refugiarse en brazos de su padre o permanecer en su empleo y convertirse en cómplice de todo aquello… Pero, la pregunta del millón de dólares, la que surgió desde lo más profundo de su interior, fue la siguiente. Un pacto con el diablo, ¿realmente puede romperse?
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