POV Natalia
Despierto escuchando mi nombre al tiempo que tocan la puerta; es la voz de Abel.
Busco mi celular sobre la mesita de noche, y veo la hora con un ojo abierto. Son las siete de la mañana… y es sábado. ¡¿Qué le pasa?! ¿Quién en su sano juicio madruga los sábados?
―Chaparra, despierta. Ábreme.
Volteo a ver la puerta, y tiene el seguro puesto. Con el pesar de mi flojera mañanera, me levanto con los ojos entornados resistiéndome a despertar por completo.
Abro, y regreso enseguida a mi cama llevándome encima las cobijas que alcanzo a agarrar; enroscándome como un taquito con ellas. Abel se sienta a un costado mío estirando las cobijas que me niego a soltar.
―Chaparrita despierta, no seas floja ―pide riéndose.
―No jodas, Abel. Son las siete de la madrugada ―reclamo con voz ronca.
―¿De la madrugada? Chaparra, ya es de día.
―Pero es sábado ―protesto.
―Y trabajas.
―Hasta las diez. Puedo dormir al menos una hora y media más.
―¿A qué hora te dormiste anoche?
―No lo sé. ¿Qué haces aquí tan temprano? ―pregunto girándome hacía él, al tiempo que destapo mi cara.
―Voy a correr. Desperté junto con mi mamá y ya no pude dormir. ¿Vamos o qué?
En serio que ni la burla perdona. Le he dicho muchas veces que ejercitarme no es lo mío; aunque después de lo de anoche, comienzo a pensarlo muy seriamente.
―A ver. Primero. ¿Qué culpa tengo yo de que madrugues y después no puedas dormir? ―inquiero estirando hacia arriba mis brazos―. Segundo. ¿Me ves con cara de querer ir a correr?
―Es para que tus mañanas sean más productivas.
―Productivas mis nalgas y no hacen nada ―Se ríe, y debo admitir que tiene una linda sonrisa.
Eso siempre se lo he reconocido. Tiene los labios delgados y muy bien formados. Cada vez que sonríe se le forma una curvita en la comisura de sus labios, eso hace que se vea más simpático; y no un aburrido asocial que reniega de las personas.
—Anda, no quiero ir a correr solo.
—Me dices gorda, y además floja de una manera muy sutil.
―No es verdad, Chaparra. No tienes nada que te sobre, ni nada que te falte. Estás perfecta. Únicamente quiero pasar más tiempo contigo.
―Pasamos mucho tiempo juntos, Abel ―digo al tiempo que me levanto de la cama con toda la pereza del mundo―. Si quieres te acompaño, pero tú corres mientras yo como, digo, para no perder la costumbre. Tengo hambre.
―Es algo. Me doy por bien servido.
Suspiro resignada. Abro un cajón del armario y saco ropa interior, un pantalón de mezclilla, y una blusa negra con un alíen estampado.
Tomo mi toalla de encima del montón de ropa que hay sobre una silla en un rincón, y salgo encaminándome al baño.
Regreso a la habitación vestida, frotando mi cabello con la toalla para secarlo un poco.
Abel está recostado en la cama jugando con el celular. Ni siquiera voltea a verme, así que me acerco al armario colgando la toalla sobre una de las puertas. Enseguida me siento en la cama y tomo mi cosmetiquera de la mesita de noche.
―No se ha cancelado, ¿verdad? ―pregunta cuando empiezo a aplicar la base de maquillaje en mi cara.
―¿Qué cosa?
―Lo del cine ―recuerda.
―No lo sé, ¿vas a ponerte pesado como ayer? Que te recuerdo, aún estoy molesta por lo que dijiste
―No, Chaparra. Es que eres muy necia y cuando te enojas, no hay poder humano que te haga escuchar. ¿Me disculpas? ―pide con ojitos del gato con botas de Shrek.
―Está bien ―respondo porque es imposible enojarme con él. Ambos estábamos muy alterados y enojados.
―Me dijo Luis que te regañaron anoche y te castigaron.
―Lo mismo de siempre. No veo la hora en que me largue de este lugar.
―Sabes que esa no es la solución.
―Para mí sí, Abel ―continúo sin dejar de maquillarme―. Me tienen harta con esa cantaleta de siempre: mientras vivas bajo mi techo—arremedo—, te quedas castigada, No te mandas sola. Ya soy mayor de edad, carajo. Me valgo por mí misma. Trabajo y estudio para no pedirles nada.
―Y es muy admirable, Chaparra. Pero vivir solo no es tan fácil.
―Vivir con esta familia tampoco lo es.
―Todo tiene solución, Chaparrita. No te desesperes, las cosas van a mejorar.
―Vienes diciéndome eso hace años, y no veo esas mejoras.
―Es que careces de paciencia.
―Tal vez.
Termino de alistarme y ambos bajamos. Nada más está Luis en la cocina, pero ni me molesto en saludar.
No veo señales de mis papás.
―Natalia.
Escucho a mi hermano, pero no me detengo y salgo casi corriendo de la casa. Abel se queda con él adentro; tampoco me molesto en esperarlo. Camino volteando hacia la casa de Edgar, pero no creo que lo pueda ver porque es demasiado temprano… y es sábado.
Debe estar disfrutando su cama. Me lo imagino sonriendo al ver que no despertó en ese puto mierdero donde estaba.
Cuando estoy llegando casi al callejón donde está la virgen, me da alcance mi amigo.
―¿Por qué no me esperas? ―reclama.
―Igual saliste a correr, ¿o no? ―le digo sin pena, sin ánimos. Sin ganas.
―Pues, sí.
Fuimos hasta la Alameda, ya que queda cerca de donde trabajo.
Me compré unas donitas Bimbo con una malteada de vainilla, y nos fuimos hasta las canchas. Él empezó a hacer su rutina corriendo alrededor, y yo me senté a observarlo desde las gradas mientras comía.
Después de un buen rato, se acerca a los bebederos y luego sube a donde estoy; todo sudado y un poco agitado.
―Hace mucho que no jugamos Básquet —dice mirando las canchas.
―Aham ―respondo inclinándome hacia adelante recargando mis codos sobre mis rodillas.
Solíamos jugar mucho, aunque él no es bueno en ese deporte se esforzaba. No le gustaba, pero jugaba por mí.
―Deberíamos jugar un día de estos —propone.
―Dudo que pueda jugar como antes —admito.
―Solo estás oxidada. Eres muy hábil con el balón. Con un poco de práctica te pones al cien.
―Abel. Quiero hablar sobre lo que me dijiste ayer ―Le cambio el tema.
―¿Lo de Edgar? ―Niego con la cabeza.
―Lo de que te gusto. ¿Es verdad?
―Obvio sí, Chaparra. No te lo diría nada más porque sí. Quería que habláramos más de eso ayer, pero primero la impertinente de tu amiga, y después…
―Ya sé. ¿Tienes algo más que agregar?
―¿Qué puedo agregar? ―dice agachando la cabeza. El cabello se le ve mojado por sudor―. Ya me mandaste al carajo. Dijiste que únicamente me quieres como amigo. Podría insistirte, pero ¿ganaré algo con eso?
―Estoy muy confundida, Abel.
―Nooo, Chaparrita —dice dejando escapar una sonrisa—, con eso me das esperanzas. Después no te quejes.
―No quiero que salgas lastimado por mi culpa.
―A ver, vamos a dejar algo claro. Estoy consciente de que lo dije sin saber si tú sentías lo mismo, y fue un riesgo que me atreví a tomar. Si salgo o no lastimado es mi problema, únicamente te pido que me des la oportunidad.
―No puedo decidir así de repente, Abel. Siempre hemos sido amigos… y nunca me había pasado por la cabeza verte de otro modo.
—O sea, ¿qué ahora si te lo planteas?
—Tal vez… es decir, me dejaste pensando. Por ejemplo, que nuestra amistad podría joderse si entre nosotros hubiera algo más que eso, y después no funcionara.
―Mi intención no era confundirte, sino más bien ser directo con ese asunto. Y bueno, si bien no fue lo que yo esperaba al menos me aclaró algunas cosas. Digo, mínimo ya desperté algo de interés en ti ―Hace una pausa, se le ve pensativo. Después continúa―. Chaparra, ¿yo te gusto?
Volteo a verlo en cuanto pregunta. No sé qué decir, porque ayer Karla insinuó cosas de ella con él y me molestó. Sí, creo que fueron como celos.
¿Por qué me pasa esto a mí?
Por otro lado, está Edgar. Puedo decir con toda seguridad que él si me encanta, y que me he imaginado miles de escenarios con él. Puedo decir abiertamente que me gusta. Pero con Abel no sé definir bien lo que siento.
¡Puto lío!
―Abel, eres muy guapo. Le gustas a muchas chicas.
―No, Chaparra ―interrumpe―. No me interesa si le gusto a otras chicas. Me interesa gustarte a ti. No te pregunto si sientes algo, sé que me quieres, aunque no como yo deseo. Pero me conformaría saber que al menos te gusto.
Me quedo callada por unos momentos hasta que él interrumpe mi silencio.
―Chaparrita, respóndeme —suplica—. Si lo haces, te dejaré tranquila con esto y lo hablamos en otra ocasión con más calma para que lo pienses.
Es una buena oferta. Suspiro y asiento ligeramente con la cabeza.
―Sí, Abel. Me gustas.
Sonríe victorioso, y no sé si hice bien o mal. Me dejé llevar por lo que siento en este momento.
Si en algo tiene razón Karla, es que está hecho un bombón. Físicamente, es imposible que no le guste a alguna chica; obvio que no soy la excepción. Abel es un chico que sobresale por su aspecto físico, pero en cuanto a su forma de ser, es muy posesivo y poco sociable.
En cambio, a Edgar las drogas le dejaron estragos en su persona, y la cárcel lo terminó de joder. Solo queda conocer su nuevo yo.
Me encamina a mi trabajo respetando su palabra, sin mencionar más el tema.
Durante el camino, me comenta qué películas hay en cartelera.
[…]
El turno se pasa volando, y llega por mí al trabajo. Dice que en la mañana le avisó a Luis que saldríamos, por lo que ni pero dijo; no me sorprende.
Continúa cumpliendo su palabra.
Vemos la película. Platicamos como si no hubiese pasado nada. Lo normal como otras veces. Como siempre.
Cuando termina la película, me va a dejar a mi casa. Y cuando apenas estoy abriendo la puerta, me entra una llamada de Karla.
―Holi
―Natalia, ¿no vas a venir?
―No sé, ¿dónde estás?
―En cinco salgo de mi casa, quedamos de vernos en la virgen a las ocho. ¿Vas a ir o qué?
―Pues… si me esperas.
―Nada más apúrate mamacita, que luego los demás se desesperan. ¿Cuánto te tardas?
―Quince minutos.
―Está bien. Pero te apuras. Yo los entretengo.
―Está bien, ahí te veo.
―Baiiii.
Le cuelgo, y Abel me mira arqueando una ceja.
―¿A dónde, Chaparra? ―cuestiona.
―Karla quiere que la acompañe a Tornado. Van a ir todos los que se juntan en la palapa.
―Se supone que te castigaron.
―Ay, no empieces tú también con eso, Abel —protesto con fastidio—. Me voy a ir porque quiero y punto, no está a discusión. Además, salí contigo estando castigada, ¿o no?
―Conmigo es otro asunto, lo sabes. Te vas a meter en problemas con tu papá, Chaparrita. ¿Para qué le buscas?
―No le busco a nada, ¿por qué mejor no aprovechamos que me salvaste de la castigada, y vas conmigo? —propongo esperanzada a que me diga que sí, porque con él me divierto más.
―Sabes que no me gusta juntarme con tus amigos ―dice rechazando mi propuesta, y eso me hace cambiar los gestos.
―Eres muy aburrido. Gracias por la peli, te veo mañana.
―Pues ya qué. Eres muy necia. Después no me digas nada cuando te recuerde que te lo advertí.
―Sí papá ―Me río en complicidad con él, y me acerco a darle un beso en la mejilla.
Después él hace un mohín de fastidio, como diciendo: Pues ya que…, y se va.