El rechazo

3062 Words
POV Edgar Javier y mi mamá están sentados en la sala. —¿Qué fue ese escándalo, Edgar? —pregunta mi hermano con seriedad mientras me acerco para sentarme. Me encojo de hombros. —Abel… ―respondo con desgano. Ni siquiera sé cómo decírselo. Igual estoy seguro de que escuchó. —Edgar. Creo que está de sobra decirte que no debes volver ahí. Ándate con cuidado. Tienes que decidirte por una institución, para lo del servicio social. Si es más rápido mejor. No lo eches a perder —Asiento. Hace una pausa, y continua—. Mañana viene Abigail a cenar, es mi novia. Espero que te comportes. Quiere conocerte. —Está bien. —Nadie va a prohibirte salir. Sé que aún tienes amigos como Ricardo y Natalia. Cada vez que tengas tentación; porque la vas a tener, acuérdate de toda la mierda que pasaste allá adentro y como recayó en los que te rodeamos —Asiento una vez más. Se levanta palmeando mi hombro, y volteo a verlo. Me hace una señal para que me levante y cuando lo hago me abraza. Sé que no está contento del todo, pero aun así le agradezco todo lo que está haciendo por mí. Ambos lloramos tratando de disimularlo. Mi mamá ni se intimida por eso porque ella empieza a llorar también a moco tendido, sin pena ni gloria. Ambos nos incorporamos secándonos las lágrimas y sorbiendo la nariz. —¿Qué problema se trae Abel contigo? —pregunta aclarándose la garganta. —Está enojado —respondo. —Ya sé que está enojado. Pero, ¿por qué? Quiero que me digas bien que se trae ese pendejo. Hasta acá se escuchaba todo el griterío. —Por Natalia. No quiere que me acerque a ella. Dice que le hice mucho daño, y creo que tiene razón —Javier niega con la cabeza mirándome con el ceño fruncido―. Tal vez si no me acerco mucho a ella le evite problemas. —¿Problemas con quién?, ¿con ese pendejo? Ni que fuera su novio. —Pues parece que no anda tan lejos de serlo. Al menos por lo que me han dicho y lo que vi. —Ese muchacho nunca me ha caído bien —dice mi mamá. —Abel siempre ha hecho las cosas bien —continúo. —¿Y tú no puedes hacerlas mejor? —cuestiona Javier. —Voy a tratar. —No, Edgar. No trates. Hazlo. Mira, cuando te llevaron, no había día que ella no viniera a esta casa preguntando por ti. Que si ya habíamos ido a verte. Que si cómo estabas. Que si preguntabas por ella. Fue a la correccional algunas veces, pero no la dejaban entrar porque no era tu familiar y era menor de edad. Al reclusorio ni se diga. Quiso ir una vez, pero sus papás no le dieron permiso. Al poco tiempo se enfermó. No sé qué le dijeron, pero dejó de venir, más no dejó de hablarnos. Muchas veces la veía pasar desde la ventana, y volteaba hacia acá. Supongo que con la esperanza de verte. No fue la única, Ricardo se daba sus vueltas para preguntarme por ti. —¿Por qué nunca me dijeron que intentó verme? —pregunto dejando salir nuevamente las lágrimas. A estas alturas no me importa volverme a quebrar, y mucho menos si es por ella. —Ya tenías suficiente ahí adentro —contesta mi mamá—. No quería mortificarte más. —Entonces, ¿es verdad que se enfermó por mi culpa? —Sí se enfermó —continúa Javi—, pero nadie asegura que haya sido por eso. Hubo muchos problemas en su casa. —Me imagino. —¿Cómo reaccionó cuando te vio? Porque supongo que ya se vieron. —Me abrazó, y se puso contenta —Esbozo una sonrisa. —¿Y sigues pensando que si te alejas vas a mejorar las cosas con ella? —No lo sé. La verdad es que ya no sé. —Obvio que no, cabrón. Natalia es muy leal. Cuando hablaba conmigo, se le iluminaba la carita cada vez que te mencionaba. —Es tan buena niña —menciona mi mamá—. Está trabajando para pagar sus estudios. Y todo lo ha hecho solita. —Sí me dijo. Entonces, ¿hablaban con ella? —Asienten—. ¿De qué? —De ti, cabrón —asegura Javi—, ¿de quién más? Dime una cosa Edgar, ¿tú quieres a esa niña? Pregunta conociendo la respuesta. Me desvivía por ella, es obvio que lo sabe. —Siempre. Desde que éramos niños. Pero Abel siempre me repetía que ella le gustaba mucho. Y pues éramos amigos. Si no me quise meter entre ellos en aquel tiempo, menos ahora. —Al carajo con ese imbécil. Es un puto presumido y creído. —Y posesivo —agrego. —Si quieres a Natalia, pórtate bien. Has las cosas como debe ser. Y lo más importante, muéstrales a todos los que hablan de ti, que eres mucho mejor que ellos. Un puto error no siempre te arruina la vida. Te enseña, y aprendes —Asiento con la cabeza. El silencio después de esa plática es interrumpido por mi papá. Llega borracho. Mi mamá se levanta rápido y asustada. En esta casa las cosas siguen igual por lo que veo. Me ve con desagrado y se sienta tambaleándose en un sillón reclinable que está en la sala. —Y este puto vago, ¿qué? —pregunta con torpeza. Agacho la mirada ante su rechazo. No es que no lo esperara. Lo que pasó, mejor dicho, lo que hice, fue el pretexto perfecto para reforzar los motivos por los cuales me rechaza. Nunca me ha querido. Lo más cercano a un padre que he tenido es Javier, porque de mi papá recibía solamente regaños y desplantes. —Salió hoy, papá. —Javier... Mi Javi —balbucea, pero Javier lo ignora—, tú no eres un vago y no has matado a nadie. Tú… eres mi mayor y único orgullo. —Augusto... —interviene mi mamá suplicando. —¡Lárgate a la cocina! —ordena arrastrando las palabras. Ella agacha la mirada retorciendo el delantal entre sus manos—. Dame de comer, ¡por eso trabajo carajo! No sirves para nada. Mi mamá se va a la cocina. Javier niega con la cabeza, se levanta y camina hacia el cuarto. Quiero evitar un enfrentamiento con mi papá, así que sigo a mi hermano. Me alisto para dormir igual que él. Un rato después, se escucha a mi mamá en la cocina; debe andar limpiando. De mi papá ya no hay señales, quizá se quedó dormido. […] La luz del sol mañanero colándose por la ventana, me hace despertar. Abro una y otra vez los ojos sin moverme de posición. La pared es color verde pistache. No gris. El techo es blanco. No gris. Me giro dando la espalda a la pared, está la cama de Javi hecha. No hay barrotes de hierro. Soy afortunado. Lo había deseado tanto que, francamente no pensé que un día volvería a despertar sobre mi cama, y aquí estoy. El sonido de unos niños que pasan por la calle corriendo me sacan de mi ensoñación. Me levanto y comienzo a hacer mi cama. —¡Buenos días, mi amor! —saluda mi mamá muy entusiasmada en cuanto me acerco a la cocina. Le respondo con una sonrisa. Ella y Javi están en la mesa observando algunos papeles. No hay señales de mi papá. La casa se siente tranquila cuando no está. —Mira, Edgar. Todas estas instituciones de aquí —explica Javi colocando su mano sobre unos folletos que tiene separados de otros—, tienen horarios flexibles. Ven siéntate. Me invita. Obedezco, y tomo uno de los panfletos para observarlo. —Yo te aconsejo que elijas cualquiera de estos, porque te darían tiempo de que por las tardes trabajes medio turno. Ya luego que estés acomodado y organizado con todo este asunto, te buscas una escuela de modalidad abierta para que termines rápido la preparatoria y aspires a una carrera. —¿De dónde sacaste todos estos folletos? —pregunto un poco confundido. Termino de despertar cuando recuerdo que, en el CERESO después de la resolución, el director me explicó sobre las opciones que le había dado a Javi. Con opciones se refería a esto. «Edgar, espero no volver a verte por aquí. Tu buen comportamiento y disciplina ayudó a que tu hermano consiguiera tu libertad. Espero que sigas así. Le di a tu hermano algunas opciones que te serán de mucha ayuda». Esa noche no pude dormir, y al día siguiente por la mañana ya estaba viendo todo el relajo que había en la calle. —¿Te sirvo café, hijo? —ofrece mi mamá acercándome un pan dulce sobre un plato. —Sí, mamá. Gracias. —El director del CERESO me los dio antier. —Sí, ya recordé que me lo comentó. —Es bueno que te acuerdes. Toma muy en serio esto, Edgar. Cero alcohol. Cero drogas. Cero problemas, por favor —Asiento—. Entonces, elige cualquiera de esas. Son las más accesibles en cuanto a los horarios. —Está bien. Gracias, Javi —contesto observando bien cada folleto—. El lunes temprano me voy a ver qué resuelvo. —Vale. En el armario de la habitación hay un maletín con papeles. Ahí está la carpeta con tu expediente, la hoja de salida y todo ese asunto —Mi mamá me acerca una taza con el café humeante. —Vale. —Te voy a dejar para las copias, no vayas a entregar originales o te los van a hacer perdidos —Asiento. Pasamos el resto de la mañana conversando sobre algunos lugares donde puedo conseguir trabajo. Terminamos de desayunar y Javier se va avisando que irá por su novia, así que me voy a la habitación para sacar ropa, bañarme y alistarme. Tengo que verme presentable. Porque a pesar de que Javi no sea el tipo de persona que se avergüence, quiero dar una buena primera impresión. Igual y la chica tiene una idea más o menos de mí, ha de pensar que soy un maleante, pero pues ni modo. Busco lo mejor que tengo. […] —¡Hola! Por fin te conozco, Edgar —saluda. Es una chica alta, pero no tanto como mi hermano, o yo. Me doy a la tarea de observarla bien; aunque disimuladamente. Cabello castaño y rizado recogido en una coleta, no se ve que sea muy largo. Exageradamente delgada. Pantalón n***o y blusa sencilla rosa. No se ve que ella sea presumida ni nada, pero se le nota que es de familia bien acomodada; esa impresión da. Sonríe demasiado. —Hola, buenas tardes —la saludo, y se acerca a darme un abrazo. Que espontánea es esta mujer. Miro a Javier y asiente con la cabeza, así que le correspondo el abrazo. Se separa de mí dándome una bolsa de regalo. No entiendo un carajo con esto; mi cumpleaños no es. Vuelvo a ver a Javier y asiente una vez más, pero ahora con media sonrisa. Muy tranquilo. —Es un regalo, Edgar. Lo vas a necesitar. —Gracias —le digo con voz baja. Ni hace reparo en nada, se ve que es bien sencilla. Enseguida me cae bien. Nos sentamos todos en la sala mientras mi mamá va a la cocina. —Y qué, ¿cómo te has sentido? Cuéntame —me anima a hablar. —Pues todo bien. —¿Bien de todo bien, o bien de ¡muy genial!? —cuestiona super alivianada. —Muy genial —contesto sin ocultar que me ha caído bien. —¡Eso es todo! Tenía muchas ganas de conocerte. Javi me había hablado mucho de ti. —¿En serio? —Pregunto. Esa confesión no me la esperaba para nada. Javi duró años enojado conmigo; o al menos yo así lo interpreté, ya que no recibí ni una visita de él hasta hace aproximadamente cuatro meses. Continuamos platicando, y mi mamá se acerca dándonos unos vasos con refresco. Está estudiando psicología y se conocieron en la Facultad. Llevan casi tres años de noviazgo; dos años y ocho meses. Estaban en una fiesta para recaudar fondos en la universidad, y ambos andaban disfrazados con botargas. Se ve que se quieren mucho. Después de contarme algunas anécdotas sobre ellos y reír por un rato, pasamos a comer a la mesa. —Bueno, ya que se conocieron quiero… —Se miran sonriendo, y después se toman de la mano entrelazando sus dedos—, queremos anunciarles… que nos vamos a casar. —¡¿En serio, hijo?! —pregunta mi mamá emocionada a punto de llorar. —Sí, mamá. Ayer que fui a la casa de Abi, fue para pedir su mano. Mi mamá se levanta y abraza a Abi, después a Javier. Yo hago lo mismo, y se empieza a llenar el ambiente de positivismo, emociones, y no sé cuánto más. Abi y mi mamá lloran al menos cuatro veces, y a Javi se le ve nervioso. Este ambiente sí me gusta. Convivir así está genial. —¿Y ya pusieron fecha? —No, mamá. Vamos con calma. —No queremos presionarnos, suegrita —dice ella—, por eso vamos a preparar todo con calma. Cuando tengamos todo lo necesario, buscaremos lo que se renta como: el salón, la iglesia para la misa. Todas esas cosas las dejaremos al último. —Sí, aparte estaremos invirtiendo tiempo con las tesis. Cuando hayamos terminado con eso, entonces fijaremos una fecha —explica Javi. —¿Y qué dicen tus papás? —pregunta mi mamá. —Están muy contentos, suegrita. Mi mamá se puso a llorar, y mi papá… bueno, usted sabe cómo quieren a mi Javi en casa —dice tomando de la mano a mi hermano. —Quieren hacer una cena familiar para que formalicemos. Será en casa de ellos —anuncia mi hermano. ―Ah muy bien, pues ustedes nomás avisan hijo ―dice mi mamá, y Abi se emociona. —¿No vas a abrirlo, Edgar? —pregunta Javi mirando la bolsa de regalo que dejé sobre uno de los sillones. Dudo en responder, pero él me anima—. Ya, Edgar. Ábrelo. —Sí, Edgar. Espero que te guste —agrega Abi. Me encojo de hombros, y voy por la bolsa para después regresar a la mesa con ellos. Saco lo que es una pequeña caja. Tiene la imagen de un celular, así que supongo que es eso. Me quedo observándola unos minutos. La verdad es que nadie te da regalos cuando sales de la cárcel. Nadie te premia por haber estado ahí. Estoy muy confundido… no lo entiendo. Sonrío en agradecimiento sin saber qué decir. —Vas a necesitarlo. Abi lo escogió, pero es un regalo de los dos. Necesito que estés comunicado conmigo constantemente —Asiento sin dejar de ver la caja. —Gracias. Sé que no lo merezco y aun así… Dejo las palabras al aire. Estoy realmente confundido y conmovido. Me sigo castigando por mis acciones, y sé que así seguirá siendo porque la verdad no sé si lo que hice, deje de atormentarme un día. —¿Te gusta? —inquiere Abi ansiosa. –Sí —Me apresuro a responder —¿Y por qué esa cara, mi amor? —pregunta mi mamá. —No me esperaba algo así. —Ya, Edgar —interviene Javi—, no hay problema. Asiento cabizbajo. —¿Ya saludaste a Natalia? —cuestiona Abi ansiosa. Volteo extrañado a verla. Me toma por sorpresa su pregunta. Al ver que dejo la caja sin abrir sobre la mesa, Javi la toma y comienza a sacar el aparato junto con algunos accesorios que vienen dentro. —¿La conoces? ―inquiero —Claro. Es mi amiga. Es una niña única. —Sí, lo sé ―Sonrío. —Si quieres el número de Natalia, nosotros lo tenemos —dice Abi —¿En serio? Javi asiente, y teclea sobre la pantalla del teléfono. Después me lo entrega. ―Aquí está ―Me acerca el teléfono― Vas a tener que moverle para que le entiendas. Todos tienen funciones diferentes. ―¡Edgar! —gritan afuera. Es la voz de Ricardo. Miro a mi hermano, y me hace un movimiento con la cabeza asintiendo para que vaya a ver. —¿Qué pasó? ―saluda mi amigo—. Los chicos organizaron una salida desde ayer a Tornado. Ya andan allá, ¿quieres ir? —¿A Tornado? —Me paso la mano por la nuca mientras miro hacia adentro, después regreso la mirada hacia Ricardo—. No creo, Ricardo. Vino la novia de Javier porque quería conocerme, y además no tengo dinero. —Eso no es problema. Yo te estoy invitando. Además, ¿ya te conoció no? —Sí. Pero nos acaban de decir que se van a casar y la trajo a cenar, no puedo irme. —Ni modo. Si tienes chance, ya sabes dónde estamos —Se despide de mí, y entro a la casa. —¿Qué quería? —pregunta Javier. —Ah… va a tornado con los que se juntan atrás en las palapas —contesto restándole importancia. —¿Vino a invitarte? —Asiento con la cabeza. —¿Y por qué no vas? ―propone Abi―. Hace mucho tiempo que no ves a tus amigos. Quieren pasar tiempo contigo. —No importa. Ya habrá otro chance. —Ve, hermano ―interfiere Javi―, no hay problema. Nada más no hagas pendejadas. Miro a Abi que pasa su mano por el brazo de Javier, y se recarga sobre su hombro. —Sí, ve un rato con tus amigos ―anima. —Nada más, llega temprano ―ordena Javi. Asiento, y me despido de mi mamá primero. Después me acerco a Abi diciéndole lo mucho que me gustó conocerla. Antes de salir, Javi me da un billete. Corro a ver si alcanzo a Ricardo que, para mi fortuna, estaba parado hablando por teléfono. En cuanto me ve, se despide de quien sea que estaba hablando. —Pensé que no te alcanzaba. —¿Sí te dejaron? —Sí. Me dijeron que no había problema. —Vámonos entonces.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD