POV Natalia
¿Cómo se le ocurre?
Lo que Edgar pasó ahí adentro no es su maldito problema. Cualquiera sabe que el trato que les dan en la cárcel no es precisamente de lujo. Lo hace a propósito porque quiere hacerlo sentir incómodo.
Entiendo que siga enojado. Pero ponerse en ese plan, consciente de que ya pagó, me molesta.
—Natalia ¡Escúchame, carajo! —grita detrás de mí.
Me detengo enojada.
—¿Qué quieres? —pregunto entre dientes.
—Que me escuches —Me cruzo de brazos y levanto mis cejas esperando a que hable. Él suspira tratando de mantener la paciencia—. Que puta manía la tuya, Chaparra.
—¿Cuál manía Abel?
—La de salir como alma que lleva el diablo —Giro los ojos con fastidio.
—¿Vas a hablar o no? ―apresuro.
—Solo ha pasado un día, Chaparra. Un día, y ya todo se va al carajo. Te pones de su lado. Lo justificas, ¿y piensas que juzgarlo es lo peor que podemos hacer?
—Por favor, Abel. El único aquí que lo está juzgando, eres tú. ¿Qué tienes en contra de él? ¿Qué es lo que te ha hecho? —inquiero con un nudo en la garganta.
—Mejor dicho, ¿qué nos ha hecho? —enfatiza.
—Estás mal, Abel —Niego cabizbaja.
—No, Chaparra. No estoy mal —Vuelvo a mirarlo—, se drogó. Te mandó al carajo por irse con los maleantes esos, y se metió a una casa a robar; donde por cierto un niño se murió. Pero la más afectada fuiste tú, Chaparra. Casi te nos mueres, ¡carajo! ¿Tan difícil es que lo comprendas? —expresa afligido—. Y todo eso no es nada en comparación a que lo juzguemos según tú. ¿Quieres que te lo repita?
—¿Según yo? Si lo único que quiero es que dejes de estar jodiendo con tus comentarios fuera de lugar, no tienes ningún derecho.
—¡Ah! Ahora resulta que el que está mal soy yo. El que no tiene derecho es él, Chaparra. Salió de la cárcel, pero eso no lo hace una buena persona.
—¿Quién eres tú para decir que no es una buena persona? Cometió un error, y lo pagó.
—¡Pues no es suficiente! —espeta—, debió quedarse ahí metido. No soporto verlo cerca de ti, Chaparra. ¿Puedes al menos entender eso?
—No, Abel. Ayúdame a entender, ¿qué pasó contigo? Tú no eras así.
Me mira con los ojos a punto de llorar.
De niños, ellos iban a la misma escuela y me contaban cómo se metían en problemas para luego salir de eso juntos. Les gustaba meterse en líos. ¿Dónde quedó todo eso? Carajo.
—Crecí, Chaparra —responde con seriedad. Con la mirada tensa conteniendo las lágrimas—. Y me parece una puta broma que no te des cuenta de nada. Ya no somos unos niños.
—Ese no es motivo para que te portes así —añado.
—¿Sabes?... me costó como no tienes idea el confesarte lo que siento. No es que solo me gustes y ya.
—Eso no viene al caso.
—Sí ―Apresura a decir―. Sí viene porque me preocupa que se repita lo mismo que hace cinco años. Yo te quiero, Chaparra…
—Yo también te quiero, Abel —interrumpo, y un brillo ilumina sus ojos—. Así como también quiero a Edgar.
Y ese brillo, desaparece.
—No, Chaparra. Sabes que no hablo de ese cariño. Desde que te conozco te quiero… no, no te quiero, te amo. Te amo así tal cual con todas las letras y tú no te das cuenta, ni aunque te lo diga. O no lo quieres aceptar.
—Creo que no puedo sentirlo de otra forma que no sea como amigos —aclaro.
—¿Es verdad? ¿Nada más me quieres como amigo? —pregunta frunciendo las cejas. Ya no sé cómo continuar esta conversación, me siento presionada—. Entonces, nos quieres como amigos a los dos, ¿verdad?
En el fondo, después de lo del beso no estoy muy segura. No sé cómo añadir el pequeño detalle de que a Edgar nunca lo vi solamente como a un amigo. ¿Cómo le explico, que su declaración confundió mis sentimientos? No quiero que se haga ideas porque terminaré haciéndomelas yo también; o creo que ya me las hice. Necesito aclarar eso con él. Pero no ahorita. Estoy muy enojada.
―Abel… ―vacilo antes de continuar.
—A él no solamente lo quieres como amigo —se responde solo dejando casi al aire la última palabra.
—Abel…
—No, Natalia —interrumpe molesto esta vez—. A ese puto drogadicto que te mandó al carajo por esa porquería, que te traía de su pendeja detrás de él, sí puedes quererlo ¿pero a mí no? ¿Quieres terminar como él? ¿En una puta esquina?, o mejor aún, en un puto callejón prostituyéndote para conseguir esa mierda.
Mis ojos se abren de par en par. No puedo creer que piense eso de mí. El nudo que tenía en la garganta se va al carajo. Todo se va al carajo. Lo desato junto con una rabia que fluye por mis venas haciéndome hervir la sangre. Le doy con la palma de mi mano en la mejilla.
—Gracias por pensar eso de mí —respondo con la voz entrecortada y los ojos estallando en lágrimas. Su expresión cambia. No le gusta que llore. Ni siquiera presta atención a la bofetada.
—Chaparra. Perdón no quise decir eso —Trata de disculparse completamente arrepentido.
Pero como dije, se fue al carajo todo lo que me estuve aguantando.
—Ya dijiste suficiente, Abel —preciso mientras limpio mi cara con el dorso de mi brazo.
—Él no es bueno para ti, Chaparra —agrega desviando la mirada hacia la casa de Edgar.
Volteo imaginando lo obvio. Están afuera él y su hermano.
—¿Qué te hace creer que tú sí? —recalco resentida volviendo la vista hacia él.
No me responde, y camino hacia la puerta de mi casa.
—Chaparra, no te vayas… —suplica, en cuanto le doy la espalda.
—¡Vete, Abel! —grito, y entro a mi casa cerrando de golpe la puerta.
No veo a mis papás, solo a mis hermanos. Están jugando play station en la sala. Los dos me ven, pero no dicen nada.
Subo corriendo las escaleras con la vista en el piso. Entro a mi habitación y me tiro sobre la cama a llorar.
Cada vez que siento mi vida complicándose, quisiera irme lejos donde nadie me conozca. Empezar de cero una nueva vida. No saber nada de nadie. Pero sé que eso únicamente son ideas mediocres para huir de la realidad… es de cobardes. Aunque sea una persona que le gusta afrontar los problemas, no quita que de vez en cuando sueñe con hacerlo todo más sencillo.
Pasa como una hora, y me siento más calmada. Lloré todo lo que pude.
La puerta de mi habitación se abre asomándose Luis. No entra, se queda parado en la puerta.
—¿Por qué llorabas? —no digo nada—. ¿Fue Abel?
Como si le importara. Aunque debo admitir que, de mis dos hermanos, Luis es el más comprensivo.
Estábamos gritando afuera de la casa. No sé para qué pregunta si ya lo sabe.
—Te buscan abajo —avisa tras no recibir contestación de mi parte.
—No quiero ver a nadie.
—Es una lástima porque mi mamá sí te quiere ver ―Suspiro.
Sin decir nada, me levanto y camino golpeándolo con mi hombro cuando paso por su lado.
Mis papás están sentados en la sala con la tele encendida. Iván saca unas cosas de las bolsas que están sobre la mesa; por lo que veo, fueron a surtir la despensa. Luis se acerca a ayudarle, y mis papás me miran curiosos.
—¿Por qué estabas llorando? —cuestiona mi mamá.
Si estos dos no le han dado el chisme del griterío con Abel, seguramente ya se enteraron de Edgar; o ambas cosas.
—Me peleé con Abel —respondo sentándome en uno de los sillones.
—¿Por qué? —inquiere mi papá algo molesto.
Ellos siempre lo han visto bien, tanto que ni siquiera necesita invitación para entrar a la casa. Va por el buen camino, es lo que siempre dicen ellos, y lo tratan como si fuera de la familia. Está en la misma facultad que Iván, pero diferente carrera. Cuando tienen vacaciones se la pasa aquí metido casi todo el día.
—Ya no importa. Luego se me pasa —respondo desinteresada.
Mi mamá se levanta del sillón, y se arrima al refrigerador abriéndolo para sacar huevos y jamón.
—Pobre muchacho —continúa lanzando un suspiro con desaprobación.
Empieza a cortar el jamón, pero Iván hace un ademán para que lo deje hacerlo.
—¿Pobre por qué?
—Pues porque no debes ser así con él. Todavía de que aguanta el genio que tienes.
Ruedo los ojos. Ese es otro detalle. Ella me dice todo el tiempo que lo trate bien, pero sí lo trato bien. Incluso cuando mis hermanos salen, se queda haciéndome compañía para no quedarme sola. Hemos pasado días enteros completamente solos en esta casa, y mis papás no hacen bronca por eso. No sé si la confianza es hacía él, o hacia mí.
Dudo que sea hacia mí.
—¿Supieron que Edgar salió de la cárcel? —pregunta Luis.
—Sí. Nos platicó la señora Carmen —responde mi mamá—. A ver cuánto dura aquí afuera.
—¿Para qué me mandaron hablar? —interrumpo tratando de cambiar la conversación.
—Para eso —revela mi papá—. No quiero que empieces a juntarte con ese vago.
—¡Ay, no empieces papá! —protesto con exasperación aguantándome las ganas de volver a llorar. Mi mamá se acerca de nuevo a la sala mientras mis hermanos se encargan de los huevos con jamón—. No me prohíbas que lo vea porque es mi amigo.
—No es buena influencia para ti.
Se irrita y empieza a enojarse porque le contesto. Le enoja que le conteste. Como padre tiene que ser perfecto a nuestros ojos, sí o sí.
—A ver. Según tú, ¿por qué no es buena influencia para mí?
—¿Cómo que porque, Natalia? —Se une mi mamá molesta—. Es un drogadicto, un vago. No tiene oficio ni beneficio. Pero, ¿qué tal los antecedentes penales?
Como siempre, la mejor para criticar. Hasta aquí está llegando mi paciencia.
—Muy su problema, ¿no? Ni que tú le dieras de comer o para drogarse.
—¡Cállate, Natalia! —espeta enojada.
Mi papá deja de ver la tele, y centra su atención en mí.
—Es la verdad. ¿Por qué siempre te pasas juzgando a la gente? ¿Por qué no te ves primero en un espejo? Que ganas de andar tragando prójimo, ¡carajo!
—¡No le hables así a tu madre! —grita ordenando mi papá.
Ella se queda callada en plan de víctima.
—Pues que deje de juzgar a las personas por sus errores. Nadie es perfecto.
—Ya te dije que no te quiero ver con él y punto —demanda—. No es buena influencia.
—¿Y tú sí? —inquiero desafiante.
Pasan escasos segundos para darme cuenta de que no reparé en qué momento se levantó del sillón. Retumba como un eco por la sala el golpe que me deja marcado en la mejilla. Mis hermanos se quedan quietos, y mi mamá ni siquiera me mira.
—¡Vas a estar castigada, Natalia! —sentencia a gritos sin ningún remordimiento.
Mi cabello cubre mi cara de vergüenza e impotencia, aguantando las ganas de llorar. No es la primera vez que me pegan en esta casa. Aprieto los puños con fuerza encajándome las uñas para no hacer un lío.
¿Desde cuándo mi papá defiende a mi mamá? Siempre se la pasan peleando.
¿Desde cuándo les importa lo que yo haga? Ellos nunca me toman en cuenta para nada.
—No puedes seguir castigándome —replico cabizbaja sin mirarlo—. Soy mayor de edad, trabajo para no pedirles nada y aporto dinero a esta casa.
—¡Pero mientras vivas bajo mi techo, haces lo que yo diga! —grita. Tras unos segundos, más calmado continúa señalando la entrada—. Si no te gusta, ahí está la puerta muy ancha. Ya sabes qué hacer.
Ya se había tardado con el asunto de su techo. Pronto le voy a dar ese gusto. Piensa que, con decirme eso me voy a poner a temblar y a decir como pendeja: sí papi, perdóname, no lo vuelvo a hacer.
No en esta vida, quizá en otra sí. Pero no en esta.
Tal ve en otra, donde me den el cariño que un hijo debe recibir de sus padres.
Otra, donde mi opinión sea tomada en cuenta.
Por el momento no tengo a dónde ir, así que me quedo callada. Aunque quedarme callada no es darle la razón, es aguantarme las ganas de hacer el problema más grande.
—Te vas a tu habitación, y no cenas —sentencia tras mi silencio.
—¡De todos modos, no tengo hambre! —grito.
Me voy corriendo a mi habitación desquitando mi coraje al cerrar la puerta de golpe.
Se escucha la discusión que tienen mis papás, no sé exactamente por qué. Podría adjudicarle el motivo al golpe que me dio mi papá, pero no creo en tanta belleza. Se escucha algo sobre mi comportamiento.
¿Quién carajo los entiende?, porque yo no.
En serio no doy una, cada vez que intento comprenderlos nomás no puedo.
Mi mamá solo busca pretextos para pelear con él y hacer que se largue a emborrachar, así se hace la víctima.
Yo no soy realmente el problema, pero sí el motivo de la discusión ahí abajo. Me usan como excusa para sus pleitos alegando todo lo que hago mal, y discutiendo quien es el culpable de mi mala educación.
Termino por cubrirme la cabeza con la almohada para amortiguar el ruido.
Pasan unos minutos, y escucho que abren la puerta de mi habitación; es Iván. Me levanto endemoniadamente rápido con intención de echarlo, pero se adelanta agarrándome del cabello con brusquedad.
—Ya debes estar contenta —Se escucha un portazo en la sala. Iván aprieta el puño con el mechón de pelo lastimándome el cuero cabelludo—. Por tu puta culpa, se volvieron a pelear como siempre.
—No es mi culpa. Suéltame o grito —amenazo.
—Tú gritas, y ya sabes lo que te pasa. No aprendes. Eres una idiota.
—Suéltame —suplico sin contener las lágrimas.
Forcejeo con él pero no lograré nada, soy consciente de eso. Creo que sí debería meterme a hacer ejercicio con Abel, así tendría la condición para mínimo correr sin que me alcance; en caso de que lograra zafarme, o antes de que me agarre como ahorita. Me hace caminar empujándome de espaldas a la pared sin soltarme el cabello, pero en ese momento llega Luis quedándose parado en la puerta.
—Iván, déjala —pide con calma, pero no me lo quita de encima.
—Esta tarada necesita una buena lección. Para que deje de andar haciendo y diciendo pendejadas.
—Ya déjala, vámonos.
Lo piensa unos segundos sin dejar de mirarme. Y por fin me suelta dedicándome una mirada amenazante. Admito que me da miedo, pero no se lo pienso mostrar. Me quedo ahí parada, ahogando el coraje hasta que se va.
Cierro la puerta con seguro en cuanto los dos se van, y me acuesto en mi cama.
¿Con qué derecho me dice mi papá, que Edgar no es buena influencia para mí? Él es un maldito borracho que se la pasa en las cantinas. O tirado bien briago en la casa, haciendo escenitas ridículas y orinándose encima.
Mi mamá como siempre, juzgando a la gente como si ella fuera perfecta. Critica a las señoras de la iglesia cuando ella está igual o peor. Cree que viene del puto paraíso de ricos. Que haberse casado con mi papá fue su peor elección, pero no tenía muchas opciones. Quería escapar de su familia retrógrada; que por cierto no es rica como ella lo hace creer. Mi papá fue su boleto de salida de esa casa.
¿Por qué todos piensan, que saben lo que es bueno para mí?