POV Natalia
[Hace algunos años atrás…]
—¿Dónde dejaste el dinero?, ¡¿qué hiciste con él?! —reclamó mi mamá a mi papá, en cuanto lo vio llegar borracho; otra vez.
—¿Cuál dinero? —contestó arrastrando las palabras y tambaleándose por la sala.
—El que se supone que cobraste hoy.
Como siempre, ella se escuchaba furiosa y con una mezcla de impotencia.
—Lo que cobro es mío, para eso trabajo… no estés jodiendo y dame de comer… tengo hambre.
—Si quieres tragar, tienes que darme dinero. La casa no se mantiene sola.
—Pues trabaja, carajo. Nada más estas esperando a quitarme mi dinero.
—Querías casarte, ¿no? Es tu obligación traer para comer a esta casa.
—No, tu querías casarte para salirte de con tus papás.
—¡Ya cállate! ―gritó―, y dame el dinero. Los niños tienen hambre.
Pero no le dio nada a pesar de su insistencia. Comenzó a quedarse dormido como de costumbre, pero ella nunca dejaba las cosas así. Agarró la botella de cerveza que había puesto mi papá en el piso, a un lado del sillón donde se dejó caer y la aventó hacía el patio haciéndola añicos.
El ruido de los vidrios cayendo en pedacitos asustándome más de lo normal, porque cuando ella hacía eso, él se levantaba muy enojado y ese día no fue la excepción.
Mi papá se levantó torpemente acercándose a la cocina, y agarró vasos de vidrio junto con todo lo que se encontrara para aventarlo, asegurándose de que se estrellara cada cosa que arrojaba en el piso o en la pared.
Yo no paraba de llorar pensando que llegarían a los golpes.
Corrí a esconderme bajo la cama. Tapé mis oídos con ambas manos para no escucharlos pelear, pero nunca era suficiente.
A veces me quedaba viendo por ratos su foto de casados y me preguntaba, ¿por qué las personas se casan? Una vez se lo pregunte a una prima, ella me aseguro que lo hacían porque se querían, pero yo dudaba mucho de que ese fuera el motivo real. Mis papás están casados, pero peleaban casi todos los días; y lo siguen haciendo.
Año tras año, ha empeorado esa situación.
Luis se asomó extendiéndome su mano. Con lágrimas en los ojos, la acepté. Salí con su ayuda, y caminamos a hurtadillas por la otra puerta para ir a casa de mi abuela que vivía a dos casas de distancia de la nuestra.
Al verla, corrimos a abrazarla. Minutos después apareció Iván. Él siempre se hacía el fuerte. Se quedó parado ahogando su llanto con las cejas fruncidas y los puños cerrados.
Mi abuela nos llevó a su cocina, y nos preparó paletas de yogurt para entretenernos.
Los gritos habían aumentado tanto que, se escuchaban hasta donde estábamos. Ella salió encaminándose a la casa, aunque no podía hacer mucho.
Me levanté de mi silla y caminé hacía la puerta.
—¿A dónde vas, Natalia? —preguntó Iván enojado.
—A donde no los escuche ―respondí con pesar―, me da mucho miedo. Mi papá va a matar a mi mamá —continué dejando escapar nuevamente el llanto.
—Él no la va a matar, solamente están peleando —dijo Luis con seriedad. Parecía que nada de lo que pasaba le afectaba.
—Los papás de Gaby no pelean.
Gaby era mi amiga, jugábamos siempre que su mamá visitaba a mi abuela. Éramos muy buenas amigas, tanto que cuando su mamá se tenía que ir nos escondíamos debajo de mi cama para que no la encontraran.
—Gaby no tiene papá, eres muy tonta —replicó Iván. No quise escuchar más y caminé.
—Mi abuelita dijo que nos quedáramos aquí —avisó Luis.
—¡Que regreses, Natalia! O te voy a pegar si no me haces caso, estúpida mocosa —advirtió Iván muy enojado y autoritario.
Pero no quería seguir escuchando los ruidos, así que corrí a la calle. Escuché que Luis le grito a Iván que no me siguiera, o los regañarían también por mi culpa.
Me detuve justo afuera de la casa de mi abuela. La mirada de las vecinas chismosas, acechaban en dirección a casa de mis papás. El pleito se escuchaba en toda la calle, y obviamente estaban afuera murmurando entre ellas sobre lo que pasaba.
Los susurros cesaron en cuanto me vieron. Sentía mucha vergüenza. El ruido dentro de mi casa cesó también, y agaché la mirada. Caminé a la acera y me senté. Las vecinas regresaron nuevamente a sus asuntos al ver que ya no había nada más que escuchar. Yo me quedé mirando al suelo.
—Ya no llores —dijo la voz de un niño que se sentó en cuclillas frente a mí.
Levanté la mirada encontrándome con su sonrisa.
Nunca me había pasado por la cabeza que la sonrisa de un niño podía ser linda y llamativa. Al ver que no contestaba, ladeo la cabeza mirándome con atención sin dejar de sonreír.
—¿Quieres jugar? ―preguntó.
—No conozco a nadie ―respondí con timidez.
Bajé la mirada no sin antes notar su cabello alborotado, su ropa sucia, y los pantalones rasgados de las rodillas.
—Soy Edgar —dijo sentándose por completo en el pavimento, cruzando sus piernas para recargar los codos sobre sus rodillas, acunando su cara entre sus manos.
Yo sabía quién era, pero no le hablaba. No porque fuera niño, sino porque no me dejaban salir, pero no eran mis papás quienes me tenían encerrada. Se trataba de Iván, él era quién me prohibía salir.
—Lo sé —dije sorbiendo mi nariz, y limpiándome las lágrimas con la falda de mi vestido.
—¡Mtch! ¡Qué mala! —exclamó—. ¿Por qué dices que no conoces a nadie entonces?
—Se cómo se llaman las personas que viven aquí. Bueno, la mayoría, pero no las conozco.
—No puedes decir eso, está mal —Hice un puchero, extrañada—. Cuando no sabes cómo se llama una persona, entonces no la conoces. Pero si sabes su nombre, sí la conoces.
—No es cierto.
—Que sí. Por ejemplo, yo te conozco a ti, te llamas Natalia, pero nunca sales a jugar. Siempre salen los gemelos, nada más. ¿tú por qué no sales?
—Porque ellos son hombres y se saben cuidar. Yo no.
―Hay muchas niñas que salen a jugar. Y si es por eso, pues ya no tienes por qué preocuparte, Nat. Yo te puedo cuidar.
—Soy Natalia.
—Pero Nat es más corto. ¿Conoces a Ricardo? —No dije nada. Él volteó señalando una casa—. Vive ahí, ¿sí sabes quién es?
—Sí. Tiene un hermano que se llama Ismael.
—¿Ves? No somos desconocidos, vamos a jugar.
—No puedo.
—¿Por qué no? —preguntó curioso.
—Porque mis papás están peleándose ―confesé con tristeza―, ¿no los oíste? Todos escucharon los gritos.
—Mis papás también se pelean ―respondió con naturalidad dibujando algunos círculos imaginarios en el suelo con el índice de su dedo, recargando su mejilla esta vez sobre una mano.
—¿Se avientan cosas como los míos? ―pregunté pensando que, solamente mis papás hacían eso. Pero parecía que no era la única que tenía ese tipo de vida.
—A veces, solamente mi papá cuando mi mamá no tiene comida y él llega con hambre.
—¿Tu papá también se emborracha?
—Sí. Pero cuando ellos se pelean yo salgo a jugar y se me olvida. Regreso cuando mi papá se va.
En realidad, regresaba cuando dormía para que su papá no le dijera de cosas. Siempre fue rechazado por él, y aun así, Edgar nunca perdió la esperanza de recibir en algún momento el cariño de su padre.
—¿En serio?
—Sí. Ándale, Nat. Vamos a jugar. Mi amigo Ricardo te va a caer bien.
—¿Y si se enojan mis hermanos? ―dudé.
—No creo que se enojen. Siempre les digo que te inviten, pero dicen que no te gusta salir.
No dije nada. Solamente lo miré con ganas de decirle que sí, pero tenía miedo. Siempre había jugado con Gaby nada más, y a las muñecas era a lo único que sabía jugar.
Edgar me ofreció su mano y cerró ambos ojos en un guiño, eso me hizo esbozar una pequeña sonrisa.
Fue entonces que tomé su mano. Sentí un cosquilleo en cuanto sentí su tacto, él se levantó seguido de mí, y corrimos a la casa de Ricardo deteniéndonos afuera.
—¡Ricardo! —gritó Edgar sin soltarme la mano— ¡Ricardo! ¡¿Vas a salir a jugar?!
—¡Ya voy! —escuché que gritó desde el patio de la casa, y enseguida salió corriendo empujando el pequeño barandal; que en ese entonces estaba hecho de madera.
—Nat va a jugar con nosotros —anunció muy orgulloso.
—¿Y tus hermanos? —Me encogí de hombros sin responder, entonces Ricardo reparo el detalle de Edgar tomando mi mano.
—Ahorita salen —contestó Edgar por mí.
—¿Es tu novia? —preguntó sorprendido ignorando la respuesta de mi nuevo amigo. Inmediatamente me solté de su mano avergonzada, aferrándolas a la tela de mi falda.
Me sentí nerviosa.
—No. Es mi amiga —replicó poniendo los ojos en blanco.
—¿Y porque la agarrabas de la mano? ―quiso saber.
—Por qué esta chiquita, y la voy a cuidar ―respondió sonriendo, y buscó mi mano para tomarla de nuevo, pero yo la escondí detrás de mí.
—¿Cuántos años tienes, Nat? —cuestionó Ricardo mientras caminábamos para sentarnos en la acera.
—Seis —contesté levantando la palma de mi mano, extendiendo mis dedos para después cerrarla en un puño y dejar levantado el índice. Edgar lo miró levantando ambas cejas.
—Es Natalia. Solo yo puedo llamarla Nat —le reclamó, y fue cuando supe que era muy territorial―. A mi se me ocurrió primero.
Ricardo levantó ambas cejas sorprendido, y después le restó importancia.
—Bueno —Se encogió de hombros—. ¿Jugamos al stop? —sugirió Ricardo, al tiempo que se levantó para agarrar un pedazo de yeso que había en medio de la calle.
—Hay que hablarle a los demás ―respondió Edgar.
—Yo voy. Tu dibújalo —ordenó Ricardo, dándole el pedazo de yeso a Edgar.
Después se fue corriendo de ahí gritándole a varios niños afuera de sus casas.
—¿Lo sabes jugar? —me preguntó mientras trazaba en el piso un círculo y varias líneas; como cuando cortan una pizza. Yo negué con la cabeza—. Está fácil. Mira, tú dices: “Declaro la guerra a mi peor enemigo que es…” y dices el nombre de un país. Nosotros ponemos una figura, la escoges, y decimos el nombre de los que jugamos. Tienes que poner tu pie aquí —señaló un apartado donde dibujó un corazón entre los trazos explicando—, si el que declara dice tu nombre, debes correr y no dejar que te toque. Si logras escapar de tu enemigo, corres al círculo y gritas ¡stop! Pero si te alcanza, tú debes declararle la guerra alguien más, entonces…
Continuó explicándome el juego, y a partir de ese día me invitó a jugar con ellos cada vez que tenía oportunidad. A veces iba a mi casa a jugar videojuegos con mis hermanos, otras veces jugaban Félix y Carlos con nosotros.
Me crie jugando con puros niños, pero solo uno en especial, era con el que disfrutaba estar.