La niña más bonita

2712 Words
POV Edgar Nata se fue a su casa con sus hermanos, ya era tarde y su mamá había salido a hablarles. Creo que se sintió mejor y olvidó la pelea por ese día. Me sentí bien porque la ayudé a olvidarse de eso por un rato. Se siente muy feo que tus papás se peleen y no tengas apoyo de nadie. Desde ese día yo fui su apoyo, y ella el mío. Ricardo y yo nos sentamos al filo de la acera. Ella iba dando saltitos agarrada de la mano de Luis, mientras Iván se adelantaba como si fuera solo. —Esa niña es muy bonita ―dijo Ricardo. —¿Verdad que sí? —Ricardo asintió con exageración—. Un día va a ser mi novia de verdad, pero cuando seamos grandes… ahorita no. —¿Por qué no? —Porque somos niños, menso —aclaré—. Solamente los grandes pueden ser novios. —Uuuuuu, pues falta muuuuuucho tiempo. —No importa. No me voy a ir a ningún lado, y ella tampoco. Que equivocado estaba. Fui feliz por haberla conocido porque siempre la veía tras su ventana, y no entendía por qué permanecía ahí en vez de salir a jugar. Yo no hacía distinción entre niños o niñas, siempre jugaba con todos los del barrio. Pero ella era especial. Éramos demasiado pequeños para definir si ese sentimiento era amor. Con el paso del tiempo, se convirtió en mi mejor compañía porque podía contarle mis secretos, mis problemas, todo. Vivía como yo, nuestros papás eran iguales. No como Ricardo. Su papá no vivía con ellos porque era soldado. Era su orgullo, y siempre decía que de grande iba a ser como él. Confieso que, me hice cercano a sus hermanos para poder ir a jugar a su casa solamente para verla a ella. […] Algunos años después, ya teníamos mayor confianza. Pasar el tiempo entre nosotros era algo ya muy normal. Después de terminar su tarea, salía a buscarme. La veía solamente un rato porque ella estaba en otra escuela en el turno de la tarde, Ricardo y yo íbamos a la escuela que estaba en el barrio por la mañana. Pero el ratito que nos veíamos era más que suficiente. Aparte teníamos los fines de semana, cuando ella no se iba de visita con su abuelita materna, o las vacaciones escolares. Todo era perfecto… hasta el día en que llegó Abel a nuestras vidas. —¿Quién será? —preguntó Ricardo extrañado, al ver que bajaban muebles de un camión de mudanza. Estábamos sentados afuera de su casa. Teníamos nuevos vecinos. Natalia llegó con su uniforme de la primaria aun puesto; llevaba una faldita con tablones color azul marino, un chaleco rojo con seis botones dorados y blusa blanca debajo de éste, sus calcetas blancas debajo de las rodillas, zapatos negros, y dos trencitas que le obligaron a llevar como peinado hasta sexto año. Se sentó a un lado mío enseñándome un llavero que tenía cuatro largas tiras. —Mira lo que compré —presumió levantándolo para mostrármelo—. ¿Sabes cómo hacerlo? —Creo —respondí mientras ella intentaba tejerlo—. ¿Por qué compras algo que no sabes cómo usar? —Porque pensé que tú sabias. Siempre hacía eso, compraba cosas pensando en mí, y eso de alguna manera me hacía sentir especial y único para ella. Una vez me compró un pollito, pero no me duró mucho, los gatos se lo comieron. Recuerdo que le hicimos un funeral en el patio de su casa. Después yo le compré un pececito dorado, pero le amaneció muerto e igual le hicimos su funeral; a ese lo metimos en una cajita de cerillos. —A ver. Ella me lo entregó en las manos. Yo sí sabía porque en la escuela los compraban, pero a mí no me llamaban la atención. Le enseñé cómo hacerlo y se puso contenta. Se entretuvo en eso y ni prestó atención de los nuevos vecinos. —¿Cómo se llamará? —preguntó Ricardo. —¿Quién? —cuestionó ella sin dejar de concentrarse. —El nuevo vecino —Fue entonces que volteo buscándolo. Él estaba recargado en la pared mientras bajaban los muebles. Tenía un game boy en sus manos; punto para el nuevo, a ella le gustaban los videojuegos, lo cual no era raro después de siempre jugar con niños. Natalia se levantó y caminó hacia él. Debió preguntarle algo sobre el videojuego, porque el chico la miró interesado, y ahí fue donde me di cuenta que ya no era el único niño que sonreía de esa forma cuando ella estaba presente. Ricardo y Abel siempre peleaban porque nunca estaban de acuerdo, así que, cuando nos juntábamos los cuatro, ellos se hablaban poco. A veces era incomodo, porque ni Natalia ni yo nos poníamos de lado de ninguno, y siempre terminaba uno de ellos por irse; casi siempre era Ricardo, y el entendía que yo me quedara con Natalia porque no quería dejarla sola con Abel. Pero no me sirvió de nada, ya que, a los doce años ella ya empezaba a desarrollarse, y yo no podía evitar fijarme en eso. Me gustaba verla, pero no con perversión, simplemente me gustaba verla. Cuando lo hacía, sentía cosquillas en mi cuerpo y me latía fuerte el corazón si ella me veía. Por las noches imaginaba que la besaba, tenía un deseo inquieto por hacerlo. Pero cuando eso pasaba, mi cuerpo reaccionaba dejando a la vista una erección. Experimenté mis primeros orgasmos pensándola, y me sentía avergonzado de eso. Obviamente nunca se lo dije, pero no estoy seguro de que sea un secreto que vaya a guardar por siempre; tal vez un día me anime a confesar lo mucho que me volvía loco, porque no dejaba de pensar en ella. —Eh, ¿te digo un secreto? —preguntó Abel, mientras esperábamos a Natalia sentados en el filo de la acera afuera de mi casa. —¿Qué? —inquirí sin mucha importancia. —Ella me gusta, ¿crees que yo le guste también? —Voltee a verlo inmediatamente, sorprendido por esa confesión. Se notaba que ella le gustaba, no niego que no me daba cuenta. Pero nunca me puse a pensar si ella le correspondía. Ahí fue que comencé a llenarme de dudas. Desde los seis años, ella había sido mi mejor amiga. Mi compañera en todo. Soñaba desde entonces, decirle que ese amor inocente ya no era tan inocente. Y no en el mal sentido de la palabra, sino que realmente estaba tan ilusionado que, nunca pensé en otras opciones para ella porque simplemente, no quería que existiera nadie, excepto yo. Era egoísta de mi parte, sí, pero nos complementábamos, y ahí en ese justo momento, Abel sembró esa enorme duda en mí. —No sé —respondí desanimado, y tenso. —Dime ―pidió―, ustedes se platican todo. Son como hermanos. Escucharlo, hizo que sintiera una opresión bien fea en el pecho. —¿Desde cuándo te gusta? —pregunté sin tanto rodeo. —Desde que la conocí. —¿Y solo te gusta, o sientes algo? —Pues me gusta. Todavía no sé si siento algo, pero me gusta verla. Y creo que yo también le gusto, pero quiero que tu me lo confirmes. Ella está cambiando mucho… ―dijo pensativo, pero su expresión no me gustó. No es que no lo notara, pero yo era discreto. Además, todos a esa edad estábamos cambiando físicamente, y aunque con ella se notaba más, nunca dije nada. Sí sobresalía de las otras chicas del barrio, pero nunca pensé en ella con malicia. Me molestaba que ese cabrón hablara así de ella, como dando a entender que se estaba desarrollando. —Mira —continuó—, yo sé que la quieres como a una hermana, pero… —No, Abel —interrumpí, porque no podía dejar que tuviera esa idea equivocada de mí—. No la quiero como a una hermana. Volteó confundido hacia mí, y fruncí mis cejas dejando claro que el solo hecho de que él pensara eso me molestaba. —A ti también te gusta —aseguró con seriedad tratando de adivinar el silencio que, para mí mala suerte, terminó hablando por mí. —La conozco desde los seis años, y no voy a dejar que nadie le haga daño. Eso te incluye. Prometí que siempre la cuidaría, y si solamente te gusta porque está creciendo, olvídate. —No solo es por eso, Edgar. Me gusta de verdad. Pienso mucho en ella. De verdad que a veces no quisiera, pero pues… Solamente pasó. —Si le haces algo te las vas a ver conmigo, Abel ―advertí. —No le voy a hacer nada. Y si ella te gusta, es mejor que no la veas así porque ella sí te ve como un hermano. Me lo ha dicho. La opresión se sintió más fuerte. No sabía si era verdad lo que decía ese cabrón. Tampoco se lo pregunté a ella, y me dejé llevar por sus palabras. No fue la única vez que me lo restregó en la cara. Comencé a fijarme en otras chicas de la secundaria, donde tampoco tuve la suerte de que estuviéramos en la misma porque sus papás siempre la metían lejos; habiendo escuelas cerca. Una vez, la invitamos a una tardeada de la secundaria; Ricardo y Abel sí íbamos en la misma escuela, al igual que todos los chicos del barrio. Ese día, ella llevaba un pantalón muy ajustado, y un top que la hacía ver muy sexy para tener trece años. Yo no dejaba de mirarla sintiéndome deseoso de ella, quería abrazarla y tocarla, pero sabía que estaba mal pensar de ese modo. Era mi mejor amiga, y según Abel me veía como un hermano. No podía decepcionarla. Ese día lo hice con una chica de tercero. Yo era alto y ni se notaba que iba en segundo año. Nos metimos a escondidas en el baño de los hombres, y dentro de un cubículo lo hicimos. No supe cómo se llamaba la chica, y no puedo decir que fue una grata experiencia, fue más bien algo del momento; superficial y ya. Abel aseguró que ella le haría caso, y que era cuestión de tiempo. Yo no podía seguir así, no importaba con cuantas chicas me viera, no podía alejar a Natalia de mis pensamientos. Cuando cumplí los catorce, ya estábamos en tercero y conocí a un chico que vendía droga. Me vi tentado, pero no me dejé convencer. Entonces ella empezó a cambiar su actitud conmigo y yo comencé a alejarme. Los problemas en su familia crecían. Ya no se llevaba bien con Iván y lloraba mucho, pero para ese entonces ya no me decía que le pasaba, solamente se lo decía a Abel. Me di cuenta de que él aprovechó nuestro pequeño distanciamiento para terminar de alejarla, y eso me dolía. No quería pensar en ella ni en lo horrible que sentía cuando los veía juntos. Reconsideré el ofrecimiento de la droga. Empecé por consumir marihuana, me habían dicho que si la fumaba me olvidaría de todo lo que me rodeaba. Después el chico que me la vendía en la escuela desapareció, no lo volví a ver, y estaba desesperado. Fue que me acerqué a los cholos del barrio, y cuando Natalia se dio cuenta, me volvió a prestar atención. Pero yo ya no quería sentir nada por ella. Quería olvidarla y dejar que Abel le diera lo que yo probablemente no podría darle, así que, esos chicos me ofrecieron algo más que marihuana: cocaína. En la correccional sufrí de abstinencia, y se siente bien feo. Me hizo reflexionar y reconsiderar lo de consumir nuevamente. [Presente…] —Ya mejor vámonos de aquí ―propone Karla. ―Pues ya ni modo —dice Alicia. De pronto un tipo llama mi atención. Se me queda viendo dejando ver una sonrisa con malicia, mientras se abre paso entre las personas, mirando cada que puede hacia mí. —Voy al baño primero, y luego ya nos vamos ―dice Ricardo, pero Karla le vira los ojos con fastidio. ―Te espero afuera ―dice agarrando la mano de Alicia, y se encaminan a la salida. ―Vente, Edgar. Acompáñame. Ambos caminamos de regreso a los baños. ―Ni que fueras vieja para que te acompañe ―reclamo al llegar al pasillo, más que nada porque quiero salir y buscar a Natalia. ―Ya, hermano. ¿Qué pasó?, ¿qué le dijiste? ―pregunta en cuanto entramos, pero hay unos tipos adentro, y no digo nada. —¿Entonces qué onda?, ¿cayó o no? —pregunta uno de los tipos a otro que se mete en un cubículo, al igual que Ricardo. —No quiso. Pero pues el que persevera alcanza, ¿no? —¿Y vas en serio? ¿Qué si se entera su hermano? le puede decir. —Lo niego. Además, no creo que le diga nada a Luis. Casi no se hablan por lo que sé. Me hago pendejo en el mingitorio. —Pues nada más ten cuidado, porque el tal Iván si se ve que es un hijo de puta, y yo que tu dejaba en paz a esa chica, Matías. —Nah. ¿Dejarla ahora que se puso mas buena? ―Niega con la cabeza. Ambos terminan y salen del baño. ¿Qué cómo estoy? Enfurecido. Sería mucha puta coincidencia que, otra chica tenga dos hermanos que se llamen Luis e Iván. Mis sospechas se confirman cuando Ricardo sale del cubículo. ―Ese tipo era el tal Matías. —Tanto tiempo, amiguito. Escucho una voz detrás de mí. Me giro encontrándome con el tipo de hace un rato. Los pantalones desgastados y la camisa del doble de su talla lo hacen notar. Era el que me vendía la marihuana en la secundaria. Está tan deteriorado como yo. Se le notan los estragos que ha dejado el vicio en su persona; peor que a mí. —Oí que te encerraron, amiguito. Si buscas, ya sabes. Sus ojos vidriosos y el arrastre de sus palabras, dejan a la vista lo colocado que anda. —No, gracias —digo sin mirarlo más, y salgo con Ricardo siguiéndome. Nos abrimos paso entre la gente observando a un tumulto de personas que comienza a empujarse. Ahí anda Gaby desgreñándose a otra chica; se están peleando. Los dos corremos a la salida para encontrarnos con las chicas, y comenzamos a caminar. ―¿Qué traen? ―pregunta Karla al ver que apresuramos el paso. —Adentro están vendiendo droga —responde Ricardo. —¿Cómo lo sabes? Se empiezan a escuchar las sirenas de las patrullas. —Lo vimos ―respondo, y Karla voltea a verme como culpándome de algo que ni siquiera sé que es; pero sospecho—. ¿Te contestó Natalia? —Me dejo un mensaje, que ya llegó a su casa. —Menos mal. —¿Qué le dijiste Edgar? ―pregunta una vez más. —No me preguntes a mí, igual ella te lo va a decir. —Ten por seguro que sí, y si te pasaste con ella, voy a patearte los huevos. —Te vamos… —siguió Alicia. ―Ya, Mami. Tranquila ―pide Ricardo intentando calmar la situación. Tomamos un taxi unas calles más adelante, y como el problema está cabrón en el barrio, nos deja en la entrada donde está el museo. De ahí cada quien se va para su casa. Miro hacía la casa de Natalia antes de entrar a la mía, pero no hay señales… está todo obscuro. Tengo que aclarar el lío que armé por no hablar con claridad. En serio, sí quisiera tener algo más con ella, y quiero decírselo bien como es. Todos están durmiendo, así que camino directo a la habitación. Javier no está, supongo que se fue con Abi. Me quito los zapatos y la ropa quedando en calzoncillos para acostarme y tratar de dormir. Las horas pasan, y pasan… y en vista de que no puedo conciliar el sueño, pienso en el beso que Natalia y yo nos dimos. Me gustaría repetirlo, pero donde estemos solos y nadie nos interrumpa, ni nos vea. Solo ella y yo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD