¿Qué hago aquí?

1844 Words
POV Natalia No sé en qué estaba pensando. En serio llegué a pensar que sí le gustaba a Edgar, pero malinterpreté todo. Solo es cariño lo que me tiene. El mismo cariño de cuando éramos niños. Entonces, ¿por qué me besó? Hubiera bastado con que dijera que no y ya… sin tanto jodido rodeo. Quedé como una loca en vergüenza, y ahora no tendré cara para verlo después del maldito ridículo que me monté. Después de mandar todas las llamadas al buzón, le dejo un mensaje a Karla para que dejen de joder. No tengo ánimos para nada, ni siquiera para los reclamos que va a hacerme por adelantarme sin ella. Saco la llave de mi bolso y la introduzco en la puerta, pero vaya sorpresa… no, realmente no me sorprende. Me dejaron afuera. Está más que bien cerrado por dentro, así que me toca treparme como chango por el árbol. Lo hago desde pequeña. Una vez, a mi mamá se le perdió la llave de la casa y no había modo de entrar así que, como yo era la única disponible por el momento, me ofrecí a subir por el árbol. Y desde ese día, aprendí a escabullirme por ahí. Entro por la ventana intentando no hacer ruido. Eso de meterme como una vil ladrona a mi propia casa, no es muy divertido que digamos. Me va a ir pésimo con mis hermanos y mis papás, y todo por salirme pensando que, sería una noche genial y que al final habría valido la pena la escapada… pero ni siquiera eso. Me quito la ropa mientras veo mi celular. Ya no tiene notificaciones, excepto algunos mensajes de Iván que no pienso abrir, ni mucho menos leer; ya me imagino lo que dicen, así que, lo aviento a la cama. Pego mi oído a la puerta, pero no se escucha nada. Diría que con suerte y no se dan cuenta. Aunque ahora que lo pienso, es curioso que para joderme la vida sí existo, pero para incluirme en asuntos más importantes, no. Busco una playera que me quede grande y me la pongo. De pronto, veo un pequeño destello de luz debajo de la puerta; seguro que viene del baño, así que inmediatamente me acerco para colocar el seguro. Justo al tocar la manija de la puerta, esta se abre sin darme tiempo a reaccionar golpeándome en la mejilla. En esos segundos de descuido y distracción por el golpe, veo que entra Iván muy enojado. Lo único que atino a hacer, es retroceder sin poder controlar el temblor de mi cuerpo. Pero cómo no voy a temblar si su expresión realmente me asusta. Pocas veces se pone así, pero cuando lo hace me dan ganas de no existir. Trago saliva al ver que acorta el espacio entre el closet y mi espalda, por lógica, la distancia entre él y yo. —¡¿Dónde carajo te metiste?! —pregunta controlándose con la respiración agitada. Ahora cualquier cosa que me atreva a decir o hacer, hará que se rompa la delgada y fina línea que contiene su cordura. —Más te vale que hables si no quieres que te eche a la calle donde te gusta andar de puta. Seguramente te andas revolcando con cualquier pendejo que se te pone enfrente —expresa con cara de asco. —F-fui… —titubeo evitando el contacto visual. —¡Te hice una pregunta! ―interrumpe con un grito y un golpe en la pared que me hace dar un respingo del susto—. ¡Y mírame cuando te hablo! —Fui con mis amigas —confieso al fin, pero no le es suficiente. Nada es suficiente para él. Me agarra con brusquedad por el mentón, y me hace mirarlo. —Dije que me mires cuando te hablo —ordena entre dientes, pero muy imponente—. ¿Acaso no estabas castigada? —Ya no soy una niña para que me sigan castigando ―Me atrevo a decirle. Error mío, porque en esta situación más que defenderme, solamente lo provoco y empeoro las cosas. —Como que te has vuelto muy insolente, ¿no crees? Se te ha dicho más de una vez que, mientras vivas en esta casa no te mandas sola, ¿o me equivoco? No digo nada. Ahogo por el momento mis ganas de llorar. —¡Con un carajo, contesta cuando te hablo! —grita enojado, empujándome contra el armario. —S-sí. —¿Sí qué? —M-me, cas-tigaron. —Entonces, ¡¿porque carajo te sales?! —espeta forzándome a pegar mi cabeza contra el closet. En este punto ya no puedo contener las lágrimas—. Ahora lloras. Se burla, y entonces busco el valor para hacerle frente. —¡Ya déjame Iván! ―exclamo empujándolo, pero se pone rígido que no logro hacer que retroceda mínimo un paso―. Estoy cansada. No tienes por qué hacer esto, ¿t- tú que ganas al fin de cuentas? —A ver mi reina, ¿yo que gano? Eso a ti que te valga un carajo. ¿Estás cansada? Es tu puto problema, ¿o acaso yo te mande a andar de puta? —cuestiona esbozando una sonrisa con burla cuando agacho la mirada. Para mi sorpresa, afloja su agarre y por voluntad propia retrocede un par de pasos. Dejo escapar un suspiro aliviada de que esté dispuesto a irse. Me pregunto, ¿cuándo aprenderé a no ser tan confiada e ingenua? En cuestión de segundos, me toma del brazo con frenesí. —¡Iván! —grito del susto. Pero no se detiene, me da un fuerte empuje contra el closet golpeando mi hombro. Cierro los ojos apretándolos tan fuerte como puedo, tratando de ignorar el dolor. —¡Cállate! Tienes un puto celular, ¿no sabes usarlo? —Me quedo callada abriendo poco a poco los ojos para mirarlo con mucho miedo. Sé que él lo nota, huele mi miedo—. Vas a aprender a obedecer. Por las malas claro está, porque por las buenas parece que no te entran las putas palabras. —¡Mamá! —grito sin pensarlo, aunque de nada sirve. Siempre termino siendo la culpable de todo. Si ya estaba enojado, con mi grito de auxilio se enfurece. —Ellos no están —asegura con burla y malicia. Como si esto fuera un juego para él. Como si se tratara cual cazador atrapando a su presa. Eso me provoca aún más miedo, y comienzo a temblar más de lo normal. —¡Suéltame! ―suplico. —¡Que te calles! Ya te dije que ellos no están. Yo me voy a encargar de educarte y de que aprendas buenos modales. Me hace caminar sujetando con fuerza un mechón de mi cabello, y me estampa esta vez contra la otra pared asegurándose de que sea mi cabeza la que reciba el golpe. Todo a mi alrededor se mueve dejando un sonido aturdidor; casi como un eco, trato de distinguir que está pasando. Tras unos segundos, me doy cuenta de que estoy en el piso. Abro y cierro los ojos lentamente un par de veces, pero todo sigue moviéndose. El sonido aturdidor se vuelve como un pitido que dura hasta el momento en el que Iván me agarra nuevamente del cabello. Aún estoy mareada y sin fuerzas. —Suéltame… Iván —ruego sollozando, pero eso no le importa—. ¿A ti que más te da?, ¿en qué te afecta? —¡En todo! Mis papás siempre pelean por tu puta culpa, y si te atreves a contradecir lo que digo tendrás suerte si te dejo consciente. —Suéltame —le suplico, pero no lo hace. Tengo mucho miedo de que vuelva a azotar mi cabeza, y con la poca fuerza que siento, me volteo hacia un lado. Pero él es más rápido o estoy tan adolorida que soy muy lenta, y siento la palma de su mano estamparse en mi mejilla. Me arde. Me duele. Esta situación no puede seguir así. Decido defenderme, así que me incorporo un poco contra él llevando mis manos a su pecho golpeándolo. No digo nada porque mi objetivo es tumbarlo. Al ver lo que hago, me vuelve a tumbar y se coloca a horcajadas encima de mi. En el forcejeo logro subir inútilmente mis manos hasta su cara, porque no me da oportunidad de siquiera hacerle un rasguño. Me sujeta con fuerza; que es obviamente más que la mía, pero no dejo de luchar. Me retuerzo bajo su pesado cuerpo, pero él sigue siendo más fuerte que yo. —Suplícame que no te haga nada —ordena—. ¡Suplícame! ¡¿Qué carajo?!, ¿qué me acaba de decir? Abro los ojos de par en par dejando de luchar en ese instante. No pienso hacerlo, porque intenta humillarme y no pienso ceder. Mi pecho comienza a subir y bajar acelerado por la forma en que me somete. Intento calmarme, pero no puedo. Su cara se transforma a una expresión de horror, como si viera en mi a un fantasma, y caigo en cuenta de que baja la guardia. Es el momento de ganar, pero mi cuerpo tiembla. Él me suelta las manos. Debo defenderme, pero me siento paralizada por la forma en que me mira. De verdad es aterrador. No se me quita de encima, y comienzo a sentirme asfixiada. Voltea a la cama, y toma un libro que tengo sobre ella. Lo lleva directo a mi cara, pero alcanzo a girarla de lado. El libro se estampa en mi mejilla. No satisfecho con eso, lo presiona con fuerza entumeciéndome la cara. Manoteo lo que puedo porque no logro verlo ni zafarme. Toco sus brazos, pero él presiona con más fuerza. Entre gimoteos, logro encajarle mis uñas y es de ese modo como logro hacer que quite el libro de mi cara. Lo suelto, pero él comienza a estampar el libro contra mi lado derecho del rostro hasta que logro meter mis manos entre cada golpe tratando de cubrirme. No se detiene, me sigue golpeando con el libro en los brazos. Cada golpe disminuye en fuerza hasta que escucho la voz de Luis, y con él, los golpes cesan. —¡¿Qué estás haciendo, cabrón?! ―pregunta alarmado. —Lo que alguien en esta casa tiene que hacer. Enseñarle a esta pendeja que aquí se respeta lo que mi papá dice. Tiene que aprender a comportarse, y no andar en la calle de puta. —No jodas, cabrón. Déjala. No empieces con lo mismo otra vez. Deja que mi papá se encargue de ella. Te vas a meter en problemas, hermano. ¿Quieres decepcionarlo? Silencio. —No se queda así, te juro que no se queda así —susurra cerca de mi oído. No me atrevo a quitar las manos de mi cara. No me atrevo a mirarlo. Segundos después, su peso ya no está sobre mí. Se van cerrando la puerta, y me quedo en el piso girándome en posición fetal. Lloro hasta quedarme dormida.
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