La tarde estaba húmeda y cargada de esa tensión eléctrica previa a una tormenta. Carla caminaba con paso medido por el pasillo de los vestuarios femeninos del gimnasio, fingiendo que buscaba su botella de agua extraviada. La puerta semiabierta y el murmullo de voces al interior le confirmaron lo que esperaba. Con cautela, se asomó.
Allí estaba Claudia, agachada junto a una bolsa de lona. Su rostro brillaba por el sudor y sus manos temblaban levemente mientras sacaba un frasco pequeño, lo envolvía en varias toallas de papel y lo tiraba dentro de una bolsa negra que contenía otros objetos: servilletas manchadas, envases vacíos, trozos de tela. Evidencias. Carla no necesitaba más.
Aprovechó el momento justo antes de que Claudia la notara y entró, dejando que sus pasos resonaran apenas.
—¿Todo bien? —preguntó con voz suave, sacando de su bolso un pequeño paquete de toallitas húmedas y extendiéndolo con gesto amistoso—. Estás sudando.
Claudia se sobresaltó, pero disimuló rápido. Tomó el pañuelo y sonrió con cautela.
—Ah... solo estaba ordenando unas cosas que se habían derramado. Nada grave.
Carla asintió, como si no hubiera visto nada.
—A veces es mejor eliminar lo innecesario —dijo con doble sentido, mirando de reojo la bolsa negra antes de sentarse en el banco frente a Claudia—. Melissa puede ser... complicada.
Claudia alzó la vista. Sus ojos buscaron algo en la expresión de Carla, y ella supo que había captado su atención.
—¿Te ha hecho algo? —preguntó Claudia.
Carla bajó la mirada.
—Nada importante. Solo algunos comentarios... y el hecho de que ayer escondió mis zapatillas de baile. Creo que no le gusta que otras chicas reciban elogios.
Claudia frunció los labios, evaluando. El silencio entre ambas fue corto, pero cargado.
—Ella puede ser una perra —soltó finalmente Claudia.
Carla sonrió apenas, como quien encuentra una grieta en una pared.
—No lo diría así, pero...
—Dilo. Todas lo pensamos. Solo que nadie lo admite.
—¡No lo puedo creer! Pensé que yo era la única que pensaba que su dulzura era fingida. Pero bueno, supongo que es parte de su personaje. Aunque desde que los conozco siempre pensé que tú y Sam hacían mejor pareja.
El silencio que siguió fue casi imperceptible, pero Claudia lo sintió como un terremoto.
—¿Qué?
—Perdón si fue muy directo. Solo es una opinión tonta. Es que... no sé. Ustedes se ven cómplices. Hay algo allí flotando entre ustedes.
Claudia se puso de pie, fingiendo desinterés, pero Carla ya había logrado su cometido. Había plantado la idea, el veneno necesario.
Carla se levantó también.
—De todos modos, solo quería decirte que me parece genial cómo manejas todo. Yo soy nueva y no tengo con quién contar. No soy como Melissa, ni quiero serlo. Me preguntaba si... ¡no lo sé! Tal vez podría unirme a tu grupo. Tener protección. Aprender cómo se sobrevive aquí.
Claudia la miró con atención. Sabía que Isabella —Carla— había presenciado algo que podía usar en su contra. Pero mantenerla cerca era mejor que arriesgarse a que hablara.
—Está bien —respondió finalmente—. Veremos si encajas.
Carla bajó la mirada con gratitud fingida, como si le hubieran dado un premio.
Esa noche, ambas salieron juntas de los vestuarios. Claudia no lo sabía, pero ya había empezado a bailar al ritmo que Carla dictaba.
Los días siguientes se desarrollaron como piezas de dominó cayendo lentamente. Carla —Isabella— se hizo habitual junto a Claudia. Compartía mesa, entrenamientos, y poco a poco comenzó a dejar caer sugerencias envueltas en frases casuales.
—A Sam quizás le gusten las chicas vulnerables, pero fuertes. Tenaces, ¿me entiendes? No necesariamente dulces. Sino… presentes. En el momento justo. Como por ejemplo, cuando está borracho. Algunas chicas logran tanto con tan poco. Solo con estar ahí a veces es suficiente.
Claudia la miró como si meditara esas palabras. Y las guardó. Carla lo sabía. Todo estaba funcionando.
La fiesta de esa noche era una de las tradicionales de la academia: informal, fuera del protocolo, escondida en la casa de uno de los hijos de embajadores. No habría adultos. Solo estudiantes, música alta y exceso.
Claudia llegó con un vestido de satén blanco perlado, el cabello suelto, los labios pintados de rojo. Sam, ya con varias copas encima, la vio entrar desde el salón principal y sonrió sin disimulo. Una hora después, subieron juntos.
Carla, desde el rincón de la cocina, fingía enviar mensajes mientras monitoreaba todo desde la aplicación que Mauro había instalado en el teléfono de Claudia.
Algunas horas más tarde, mientras revisaba las grabaciones, escuchó una conversación donde Claudia, medio ebria, confesaba entre risas a una amiga:
—Esa niña… la bailarina. Julia, creo que se llamaba. Se creía tan perfecta. Pero bueno, si una se quiere mantener en el círculo tiene que hacer lo que sea, ¿no? Y no fue culpa mía si alguien salió lastimado —dijo encogiendo sus hombros y con un tono de evidente sarcasmo.
Carla cerró los ojos y contó hasta diez para no perder el control. Grabó el fragmento, lo archivó en una carpeta especial.
Cada pieza estaba cayendo en su lugar.
Y Claudia acababa de cavar su propia tumba aunque aún ni siquiera lo sospechara.
Al día siguiente, el clima en la academia era denso, como si el aire llevara una advertencia. Carla caminaba entre las paredes blancas con paso seguro, el rostro sereno, pero por dentro hervía. La rabia estaba contenida, envuelta en hielo.
Pasó junto a Claudia en el comedor.
—¿Qué tal tu noche? —preguntó ella, sonriendo con malicia, sin saber que la daga ya estaba en el aire, lista para caer.
—Divertida —contestó Carla sin titubear—. Aunque supongo que tú te divertiste más.
Claudia soltó una risa ligera, con ese tono altanero que siempre usaba cuando se sentía en control. Melissa no estaba cerca ¿Quizá estaba con Sam?
Carla siguió caminando. Respiró varias veces contando hasta diez. No valía la pena apurar las cosas. “Las flores más venenosas son también las que florecen más lento,” pensó.
Todo era cuestión de tiempo. De paciencia.
Y ella tenía ambas cosas de sobra.
Esa tarde, en la sala de ensayo vacía, Carla observó el reflejo de su cuerpo en el espejo. Había vuelto a atarse las zapatillas de punta. El plan exigía precisión, pero también equilibrio. Una ejecución perfecta. Como una pirueta sostenida sobre la fuerza del centro.
El escenario se preparaba. Y pronto, todo lo que Claudia había construido iba a colapsar. Carla se encargaría de que nadie la olvidara jamás.
Sabía que no bastaba con destruirla en privado. Claudia no era como las demás. A ella le preocupaba demasiado el “qué dirán.” Por eso su caída tenía que ser pública, certera, imposible de tapar con sonrisas falsas o excusas vanas.
Esa noche, Carla empezó a escribir un mensaje. Era corto, directo. Adjunto, el fragmento del audio que había recortado con precisión quirúrgica. Lo releyó varias veces. No era momento de enviarlo todavía, pero la idea de tenerlo listo la tranquilizaba. Una bomba con temporizador.
A la mañana siguiente, todo parecía igual: chicas estirando en la sala de espejos, profesores marcando secuencias. Melissa llegó tarde, como siempre, saludando con aire de diva. Nadie sospechaba nada. Nadie, excepto Carla.
—Hoy no vas a subir al escenario —susurró para sí mientras calentaba los tobillos—. Hoy vas a empezar a caer.
El suelo bajo Claudia ya comenzaba a resquebrajarse. Pero Melissa no estaba tampoco lejos de caer.
Carla, con la sonrisa apenas insinuada en el reflejo del espejo, estaba lista para darle el último empujón a Claudia, luego, las fichas caerían como piezas de dominó.
El resto del día transcurrió con una calma engañosa. Las clases de técnica, la corrección del maestro de contemporáneo, las risas fingidas en el almuerzo, los codazos cómplices de las otras chicas. Era como si todo el mundo estuviera ensayando una coreografía de rutina, sin saber que el acto final estaba por comenzar.
Carla observaba cada movimiento. Los gestos de Claudia, sus silencios, cómo parecía que estaba evitando a Melissa ¿Lo hacía a propósito? ¿Acaso para acallar una culpa que ni siquiera aceptaba sentir por lo de Julia o todo se trataba de Sam? Carla no lo sabía, pero tampoco le importaba. Esa falsa paz era solo una muestra más de lo que Claudia sabía hacer mejor: mentirse a sí misma y a todos. Incluso a su mejor amiga.
A la tarde, en el aula de historia del arte, Carla sacó su cuaderno y fingió tomar apuntes. En realidad, estaba revisando las redes. Melissa acababa de subir una historia: un selfie en el baño del salón, labios carmín, mirada altiva. “Preparada para la acción”, decía. Como si pudiera seguir Controlándolo todo.
Carla le dio captura y la guardó.
Un detalle más. Una capa más de la máscara que estaba por romperse.
Cuando el timbre final sonó y la jornada terminó, no se fue directo al dormitorio. Dio un rodeo y entró en la cabina de computación. Insertó un pendrive en uno de los equipos y comenzó a cargar el archivo.
El destinatario: Melissa.
El asunto del mail: “Sé algo sobre Claudia que deberías saber.”
Era hora de que alguien más empezara a caer.