El silencio del salón se rompió apenas con el susurro de las zapatillas arrastrándose contra el suelo encerado. Carla se quedó quieta, de pie en el centro del espejo, sola, observando su reflejo como si buscara reconocerse. Las luces de neón zumbaban débilmente sobre su cabeza, y el eco de las voces que antes llenaban la sala se había desvanecido junto con los pasos de Melissa y Claudia. Estaba sola. Por fin. Y sin embargo, no sentía paz. El aire olía a esfuerzo, a triunfo... y a culpa. Se sentó lentamente sobre el banco, sus músculos aún temblando de la tensión del ensayo. Abrió su bolso y sacó el pequeño cuaderno arrugado donde tenía anotado cada paso, cada caída orquestada, cada debilidad explotada. La línea que había tachado hace apenas minutos brillaba con una intensidad vengativa

