Capítulo 2 (La noche en que todo cambió)

982 Words
El hospital olía a cloro, metal y desesperación. Carla irrumpió por las puertas como un relámpago, con el corazón desbocado y el teléfono aún temblando en su mano. Su padre ya estaba allí, de pie junto al mostrador de urgencias, discutiendo con una enfermera que repetía con tono automático que la doctora llegaría en un momento. —¿Dónde está? ¿Dónde está mi hermana? —gritó Carla, empujando a quien fuera necesario para llegar hasta él. La respuesta llegó como una cuchilla afilada en forma de bata blanca. —¿Familia de Julia Schews? El mundo se detuvo. —Soy su hermana —dijo Carla, con la voz quebrada. —Julia ha sufrido múltiples fracturas en ambas piernas. El impacto fue directo. Intentamos estabilizarla, pero… —la doctora bajó la mirada— será necesaria una amputación. Las heridas son demasiado graves. Lo siento mucho. Por un segundo, Carla creyó que había escuchado mal. —¿Qué está diciendo? No, no, no… ella bailó hoy. Tuvo una presentación. ¡Estaba perfecta! ¡No puede ser! Su madre, que acababa de llegar con los ojos aún enrojecidos por el llanto, soltó un grito agudo y se desplomó. Carla intentó sostenerla, pero fue en vano. El sonido de su cuerpo cayendo al suelo fue como un eco que retumbó en todo el pasillo. En medio del caos, su padre apretó los dientes con fuerza. —Voy a llamar a la policía. Esto no fue un accidente. Carla asintió sin pensarlo. El instinto de protección había sido reemplazado por uno mucho más oscuro y visceral. Esa misma noche, en el salón ornamentado de una casa con más mármol que alma, Melissa lloraba entre las manos de Sam. —No quería que pasara esto —sollozó—. Solo quería asustarla… tú sabes cómo me siento cuando otras chicas se acercan a ti. Pensé que… si le cortaban el cabello, no subiría al escenario. Eso es todo, Sam. ¡Te lo juro! —Cállate —respondió Sam, sin levantar la voz, pero con una frialdad que la congeló—. No vuelvas a hablar con nadie de esto. Yo me encargo. Y lo hizo. Las cámaras de seguridad que daban a la parte trasera de la escuela desaparecieron esa misma madrugada. La policía, poco después de recibir la denuncia, llamó a Carla y su padre con una expresión forzada de compasión. —Hemos revisado todo, señor Schews. No hay imágenes del incidente. No se detectó ninguna acción sospechosa. Fue un desafortunado accidente. Carla los miró con furia contenida. —¿Y el conductor? ¿Dónde está? Horas después, Carla encontró al hombre en custodia. No era más que un peón asustado, con manos temblorosas y una expresión culpable. —Si me ayudas, podrías reducir tu condena —le dijo Carla sin rodeos—. Solo quiero saber la verdad. ¿Qué viste? El hombre la miró unos segundos, titubeó, y luego habló. —Vi a una chica… corriendo como si huyera del infierno. La perseguían otras. No pude ver las caras, pero una llevaba una chaqueta azul oscuro, como parte de un uniforme. La empujaron. No estoy seguro, pero no fue un accidente. Ella no se tiró a la calle. La empujaron. La rabia hizo arder su sangre, la bilis subió por su garganta, cerró las manos en puños apretados y por un instante tuvo el impulso de matar a alguien. Tranquilizarse fue una tarea titánica pero lo hizo. Trató de controlar la respiración y revisó el celular dónde lo había grabado todo. Aunque no sirvió de nada. La escuela ignoró su apelación. El director ni siquiera la dejó terminar su exposición. Los miembros del consejo, comprados y bien vestidos, la miraron con condescendencia mientras se negaban a tomar medidas. —Sin pruebas claras, no podemos hacer nada —dijeron y no importaron sus amenazas ni sus gritos. Sam había enterrado todo antes de que pudiera siquiera empezar de develar todo el asunto, con la destreza de un cirujano prestigioso usando un escalpelo afilado. Los días siguientes se convirtieron en un infierno en cámara lenta. Julia, en cama, dormía casi todo el tiempo. Cuando despertaba, abrazaba sus zapatillas de ballet y repetía en voz baja los movimientos que alguna vez perfeccionó. Su mirada estaba vacía, ausente. Como si una parte de ella hubiera muerto en la calle esa noche. La madre, recluida en su habitación, no comía. No hablaba. Solo lloraba mirando una foto antigua de sus hijas, repitiendo que algo debía haber hecho mal. El padre golpeaba la mesa con rabia cada vez que el teléfono sonaba sin respuestas. Estaba decidido a encontrar justicia, pero no sabía que pelear contra los Laurent era pelear contra un sistema podrido desde adentro. Tres meses después, su empresa fue embargada. Las amenazas financieras se materializaron, los contratos fueron retirados, los socios desaparecieron. Tuvieron que abandonar su casa en un barrio de clase alta y mudarse a un departamento oscuro y húmedo, con goteras en el techo y ventanas que no cerraban bien. Una noche, Carla le dio la medicación a su madre, sentada en la cama mientras escuchaba su respiración irregular. Luego fue al cuarto de Julia, que dormía con sus zapatillas entre los brazos, como si aún soñara que bailaba. Carla se sentó a su lado. No lloró. No más. La rabia había reemplazado al dolor. El amor, transformado en una fuerza fría y calculadora cuyo combustible era un odio brutal. Tomó su celular, marcó a Kim. —¿Carla? —contestó él al segundo. —No voy a poder ir a Londres este verano. —¿Qué ocurrió? ¿Estás bien? —No es nada —mintió, mirando fijamente hacia la ventana, donde las luces de la ciudad brillaban indiferentes. Pero en su interior, ya no quedaban dudas. Iba a descubrir la verdad. Y se encargaría de destruirlos a todos no importaba lo que le costará.
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