Las paredes del cuarto de Carla, en el nuevo departamento gris donde vivía con su familia, ya no eran solo eso. Se habían convertido en un mapa de guerra.
Fotografías impresas en baja calidad de Melissa, Claudia y Samuel Laurent colgaban de alfileres oxidados, conectadas por hilos rojos y notas escritas a mano. Había fechas, ubicaciones, hábitos, horarios. Cada detalle contado, cada sonrisa falsa diseccionada.
Carla, sentada frente a su escritorio, repasaba una y otra vez los nombres de los profesores de la academia, las relaciones de poder, los rumores. Había armado una base de datos en papel, porque no confiaba en dejar rastros digitales.
Pero por más que planeaba, había un obstáculo que no lograba superar: su identidad.
Necesitaba un nuevo nombre, un nuevo expediente, algo lo bastante limpio y sofisticado para entrar al sistema cerrado de la escuela. Intentó varios foros clandestinos. Envió mensajes cifrados. Recibió respuestas genéricas, estafas, amenazas veladas. Fracasó cada vez.
Hasta que, una noche, encontró un hilo enterrado en una vieja red de intercambio de datos.
Un alias: RedWolf99.
Un historial de hackeos imposibles.
Una expulsión por "conducta indecente" en la misma academia a la que quería infiltrarse.
Ese nombre, Mauro Smith, aparecía ligado a un escándalo menor: cámaras ocultas, grabaciones ilegales. Pero Carla, siempre escéptica, siguió tirando del hilo. Y fue entonces cuando encontró la necrológica de una mujer de mediana edad: Leticia Rivas, madre soltera y empleada doméstica... de la familia Laurent. Muerte por "accidente doméstico", cerrada en tiempo récord.
No fue difícil atar cabos.
Lo encontró tres días después, en un cibercafé ubicado en el subsuelo de un edificio olvidado, entre cables sueltos, máquinas lentas y olor a sudor rancio. Mauro estaba allí, con los auriculares puestos y los dedos volando sobre un teclado sucio. En la pantalla, Carla reconoció algo que la hizo congelarse.
Era el plano de la casa de los Laurent.
Ella había estado allí meses atrás, acompañando a su padre a una cena de negocios. Recordaba la escalera de mármol, la biblioteca con paredes ocultas, la cámara que giraba automáticamente al detectar movimiento. Mauro estaba copiando los datos del servidor de seguridad.
—Interesante elección de plano —dijo Carla desde atrás, con voz baja.
Mauro se sobresaltó. Intentó cerrar la pantalla, pero ella lo detuvo con una sonrisa fría.
—Tranquilo. No voy a delatarte.
—¿Quién eres? —espetó él, desconfiado.
—Alguien con un objetivo en común.
Se sentó frente a él, cruzando las piernas con calma. Durante los siguientes minutos, le contó lo que había pasado con Julia, su hermana, y cómo la familia de Sam había enterrado la verdad. No mencionó a Kim. No mencionó su apellido verdadero. Solo dijo lo suficiente para demostrar que estaba dispuesta a llegar tan lejos como él.
Mauro la escuchó en silencio, analizando cada palabra como si tratara de descifrar código.
—¿Y qué quieres de mí? —preguntó finalmente.
—Una identidad nueva. Ficha académica, historial de estudios, todo. Quiero ingresar a la academia como una más.
—¿Y tú qué me das a cambio?
Carla inclinó la cabeza.
—Tú y yo queremos lo mismo. Que la familia Laurent caiga. Yo puedo entrar. Tú puedes seguir desde fuera. Juntos podríamos hacer más que solo robar archivos.
Mauro vaciló. Era evidente que no confiaba en nadie. Pero también estaba claro que no era la primera vez que alguien le ofrecía una alianza. Lo que le llamaba la atención era la determinación en los ojos de Carla. Había odio, sí, pero también cálculo. Frialdad. No era una víctima. Era una jugadora.
—La muerte de mi madre fue un asesinato encubierto —dijo, de pronto, sin mirarla—. Me dijeron que cayó por las escaleras, pero la cámara de seguridad dejó de grabar justo ese día. ¿Coincidencia? No lo creo.
—No lo fue —respondió Carla sin dudar.
Ambos guardaron silencio. Una pausa espesa, como el momento exacto en que dos desconocidos entienden que han cruzado una línea invisible. Y que ya no hay vuelta atrás.
Mauro se giró hacia la computadora y abrió una ventana en n***o.
—Dame un nombre.
Carla lo pensó por un segundo. Después sonrió.
—Isabella Duarte. Hija de diplomáticos, educada en Suiza, transferida por razones personales. Suena convincente, ¿no?
Mauro tecleó.
—Listo. Mañana, a esta hora, serás Isabella Duarte. Y entrarás por la puerta grande.
Carla se levantó, se acercó y le tendió la mano.
—Es un trato.
Él la miró, dudó, y finalmente aceptó el apretón.
—Esto no es un juego —le advirtió.
—Lo sé —respondió ella—. Es venganza.
Y así, en ese rincón oscuro de la ciudad, se selló el pacto que comenzaría a desmoronar el imperio de los Laurent desde dentro.