Mauro apoyó la espalda contra el marco de su puerta, el celular en la mano y una sonrisa torcida dibujada en los labios. Reprodujo el video una vez más, con calma, como si contemplara una obra maestra en la que cada movimiento, cada suspiro, había sido parte de su planificación. —Todo cae solo —murmuró con satisfacción—. Claudia está rota. Isabella furiosa. Y Sam… Sam ya no sabe a quién está jodiendo de verdad. Se giró hacia su escritorio y encendió el ordenador. Tenía más piezas por mover, y el juego recién empezaba. Carla caminaba por el patio del instituto con pasos duros, la cabeza baja, el corazón latiéndole en los oídos. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Sam contra Claudia volvía como una maldición. No sabía qué dolía más: el asco, la humillación o el hecho de que todaví

