Se quién eres

2273 Words

Pov Ella. La cuarta semana comenzó con la certeza incómoda de que ya no quedaban rincones internos donde esconder la verdad. Mi cuerpo y yo habíamos dejado de ser cómplice en la huida. Él hablaba. Yo escuchaba. A veces susurraba, otras… gritaba. Náuseas al amanecer. Un cansancio espeso, casi como el brea, clavado en los huesos. Y esa presión en el pecho —literal y simbólica— que me hacía sentir viva y aterrada al mismo tiempo. El test ya estaba hecho. El plástico blanco con dos líneas seguía guardado en el fondo de mi bolso, envuelto en papel, como si pudiera volverse menos real si no lo miraba. No hacía falta el veredicto de un médico. No hacía falta repetir la prueba. La certeza crecía con la misma terquedad que el mar golpeando el muelle. Pero lo que más me sorprendió no fue eso

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