Pov. Ella Alrededor de la quinta semana mi cuerpo empezó a cambiar de formas pequeñas, casi imperceptibles para cualquiera que no fuera yo, pero imposibles de ignorar desde adentro. La ropa ajustaba distinto. No más apretada de golpe, sino como si hubiera decidido quedarse un segundo más sobre mi piel antes de soltarse. El cansancio ya no era solo físico; era emocional, profundo, antiguo, como si llevara siglos despierta sosteniendo cosas que no tenían nombre. Hasta que un día, al cerrar la taberna, me senté en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared de piedra, y lloré. No fue tristeza pura. Fue miedo. Amor. Y la certeza de que ya no había marcha atrás. Lloré sin ruido, con los brazos rodeando mis rodillas, tratando de respirar despacio para que el cuerpo no se me desarma

