5-E.T

2110 Words
Dos semanas, tres días y seis horas. Ese era el tiempo que había transcurrido desde la bendita fiesta que me había cambiado de una manera que no podía comprender. Mi dedo se movía rítmicamente sobre el botón del sintetizador, generando un sonido bajo por toda la sala de grabación cada vez que lo presionaba. Nada… bum… bum… bum… Nada llegaba a mi mente más que el sonido y las palabras que se repetían incesantemente en mi cabeza una y otra vez. Ni siquiera sabía cómo demonios era posible que se hubieran arraigado de aquella manera. La música reventaba todo, por el amor de Dios... Y aún así, cada maldita palabra estaba grabada a fuego en mi memoria... "Necesito volver a verla…" ¡No, joder! Llevaba todo este maldito tiempo negándome aquella necesidad importuna que había decidido echar raíces en mi sistema. Había soñado con ella todas las putas noches, repitiendo la escena en mi cabeza o creando otros escenarios en los que ella realmente hacía todo aquello que me había narrado. — Joder... La última vez que había tenido un sueño húmedo tenía quince malditos años. En las últimas semanas, ya llevaba dos. Esto no podía seguir así, y no es que no lo haya intentado, ¡maldita sea que sí!, había tratado de dormir con una chica diferente cada noche los siete días que le siguieron a aquella fatídica noche, pero en cuanto las chicas abrían la boca para decir algo, todo ahí abajo moría. Simplemente no eran ella, y luego, simplemente dejé de intentarlo porque ninguna lograba hacerme encender como ella, lo había hecho solo con aquella mirada dominante y penetrante. No, todas esperaban que yo tomara la iniciativa y maldita sea, por alguna extraña jodida razón del universo, la perspectiva ya no me calentaba tanto como antes de conocerla. — Nunca te había visto así... — La voz de Jimmy detuvo mi dedo sobre el sintetizador, y me hizo girarme en la silla de mi estudio en el segundo piso de la casa. Estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión de sincera preocupación. — ¿Así como? — Inquirí un poco a la defensiva. Bueno, bastante, sabía a lo que se refería, estaba perdido. — Así como estás ahora — señaló con la mano. — Taciturno, sin inspiración, ni motivación. ¿Qué demonios pasó esa noche, Ethan? — Nada —respondí más rápido de lo debido. Él levantó una ceja ante mi escueta y nada convincente respuesta. — Después de que se marchó la hermana de Lin, te vi irte a los baños con una pelirroja, pero saliste a los pocos minutos, y literalmente, te ahogaste en alcohol en el bar — señaló, no pude evitar la mueca que se formó en mis labios, pasé una mano por mi cabello para sacarlo de la cara, frustrado, agotado. — Luego de eso, vi muchas chicas salir de esta casa en menos de media hora desde que habían entrado. Eso es un jodido récord, ninguna se veía feliz... O satisfecha. — Simplemente no tenía ganas — insistí. Él me mantuvo la mirada, nunca le había escondido nada a Jimmy, pero joder, no había forma en que le dijera que mi polla parecía encaprichada con una sola mujer y que hasta entonces, nada podía ponerlo, literalmente, a la altura de la situación. Jimmy suspiró y se dio por vencido. — ¿Supongo entonces que la hermana de Lin no tiene nada que ver? — ¿Quién? — Me hice el imbécil. — Ajá... — Soltó él y un brillo cruel subió a su mirada. — Si no te interesa, entonces no tiene sentido que siga guardando el número de Coline, se lo pedí a Lin en caso de que pudieras quererlo, pero ya que... Sacó su móvil y comenzó a apretar la pantalla, me tomó todo mi maldito autocontrol no responder, pero perdí la batalla exactamente diez segundos después de que lo vi presionando el maldito artefacto. Como un desquiciado, me levanté de un salto y le arrebaté el teléfono de las manos. El muy desgraciado se largó a reír. — ¿No pasó nada, eh? — Cállate — inquirí. Volví mi mirada al móvil y vi su nombre, efectivamente el hijo de puta pensaba borrar su número, no entendí por qué tal pensamiento me abrumó con rabia, pero no duró mucho cuando me di cuenta de un detalle. — ¿Ella...? ¿Ella quería que me lo dieran? El bastardo se encogió de hombros. — Lin dijo que no se lo negó cuando se lo pidió. — Joder, vaya manera de adular el ego de un hombre. Pero no lo había negado, era mejor que nada, o tal vez no. Había dos posibles razones para ello: uno, que no le interesara para nada si tenía, o no, su número, lo cual era sinceramente... Indignante. Y dos; que le interesara pero no quería demostrarlo. Odiaba el sentimiento de inseguridad que aquellas simples conjeturas me dejaban. Bueno, habrá que averiguarlo. Casi veinticuatro horas después y luego de preguntar a varias personas mientras luchaba con que no me reconocieran, estaba de pie frente a la puerta de una oficina que tenía una placa. “Profesora Coline Mitchell”. Dios, había levantado la mano para tocar la bendita puerta al menos 3 veces y siempre me detenía justo antes de que mis nudillos rozaran la maldita madera. ¡¿Qué demonios pasaba conmigo?! Me sentía como un mocoso puberto que no podía hablar con la chica más bonita del salón. A la mierda con esto. Ella era la culpable de que las últimas semanas fueran un infierno y tener, probablemente, el caso de bolas azules más grande de la historia. Apretando los dientes, golpeé dos veces. — Pase Dios... Su voz, solo aquella maldita palabra, enrollada en el sonido aterciopelado casi ronco, más sensual que había escuchado, su jodida voz era casi un ronroneo. Prácticamente obligándome, abrí la puerta y di un paso dentro. Mi mirada cayó enseguida hacia el escritorio al final de la oficina donde ella estaba, sentada detrás de su escritorio con la mirada baja, concentrada en lo que fuera que estaba leyendo. La luz de los vitrales detrás de su figura dejaban entrar la luz de la tarde, dándole un halo tras su preciosa figura. Su magnífica cabellera negra caía suelta sobre sus hombros y brazos desnudos. Un vestido n***o corte lápiz y ajustado insinuaba sus largas piernas bajo la mesa, una sobre otra. Maldita sea... Esos tacones rojos podrían dar un infarto a cualquiera. Al no pronunciar palabra, no es que pudiera realmente, ella levantó lentamente la cabeza y sus ojos casi grises, como hilos y escarcha, se fijaron en mí. Se abrieron muy levemente, el único indicio de su sorpresa. Probablemente, si no hubiera estado mirando tan fijamente, me lo habría perdido, pero nada de eso. Era el total de su magnificencia. Ella... Ella llevaba gafas... Jamás pensé que algo tan común, tan malditamente escueto, podría volverse tan jodidamente sensual. Mi imaginación perturbada hizo estragos con imágenes muy poco morales con ella desnuda, de rodillas, solo con esos tacones y aquellas gafas mientras me... — Vaya, esto es... Inesperado. ¿E.T, no? — Preguntó. Indiferencia, jodida indiferencia. Ella realmente no esperaba que me acercara. La rabia y la vergüenza amenazaron con consumir todo mi sistema. Pero no. Ya había llegado hasta ahí, no me quedaría con la maldita boca cerrada. — ¿Estudias aquí? Algo parecido a la confusión cruzó sus ojos, pero incluso así, su expresión era tan malditamente tranquila. La odié por eso. Ella estaba ahí como si se hubiera topado con un simple vecino mientras yo me deshacía de deseo y anhelo por la muy desgraciada. Me aclaré la garganta y me quité la gorra y los anteojos. — No, para tu beneficio, no estudio aquí — señalé, caminando hasta su escritorio con toda la seguridad que pude juntar. Me senté en una de las sillas delante del escritorio. Ella enmarcó una ceja y ligeramente la comisura de sus labios se levantó. — ¿Qué puedo hacer por ti? Por favor, hazme una mamada. El pensamiento fue tan intrusivo como visceral. Ella estaba en una completa calma, se apoyó suavemente en el respaldo de su silla y, apoyando los codos en los posa brazos, juntó sus manos delante de sí misma. Su mirada me recorrió entonces, desde el cabello hasta los hombros. No pude identificar las micro señales que cruzaron su mirada. Me apoyé y expandí mi figura sentada en la silla, no me achicaría bajo el poder exquisito y dominante de su mirada. "Aún", clamó aquella jodida voz en mi cabeza. — Hiciste una proposición — señalé. — ¿La hice? — preguntó con tranquilidad. Una sonrisa divertida se deslizó levemente por sus labios. — Hasta donde yo recuerdo, debido a tu arrogante y maleducado comentario sobre mis actividades sociales en un viernes por la noche, te aclaré cómo en realidad te habría ofrecido pasar la noche. Joder, ¿cómo es posible que la forma tan educada, fría y escueta, con la que me hablaba, pudiera ponerme duro en los pantalones? — Bueno, eso — señalé, sintiendo mi voz engrosar con solo recordar, nuevamente, sus malditas palabras de aquella noche. — Quiero ese ofrecimiento. La diversión en sus ojos creció y yo tuve que contener las ganas de frustración. — No salgo con niños, E.T. — Señaló ella, y aquello... Dolió en mi ego más de lo que jamás estaría dispuesto a admitir. — No soy un niño, yo... — Eres un artista consolidado con una carrera brillante a los solo veintiséis años — terminó ella con un tono aburrido, nada impresionada, como quien lee una maldita descripción de Wikipedia. — Te llevo once años, niño. — Puede que me lleves veinte, pero sigo sin ser un niño — señalé con los dientes apretados. — Soy un hombre. Es tu culpa que esté aquí ahora, si no me hubieras hablado como lo hiciste, si no hubieras puesto esas imágenes en mi cabeza, yo... Maldita. Sea. ¿Qué demonios estaba diciendo? Joder, ahí se había marchado la poca dignidad que me quedaba. — ¿Sabes qué? Olvídalo, fue una estupidez venir — me puse de pie tan rápido que tuve que agarrar la silla para que no resonara en el suelo al caer. Podía sentir mi jodido pulso en la garganta y el calor quemarme la cara. Caminé, o casi corrí, hasta la puerta de entrada. Mi mano ya estaba en la manija cuando su voz rompió cualquier hilo desastroso que estuviera volviendo loca mi mente. — Ethan. — Su voz, tajante, dura, una orden absoluta que me detuvo justo antes de girar el picaporte, Incapaz de hacer otra cosa que no fuera girar todos mis sentidos hacia ella, cómo si mi cuerpo hubiera entrado en un piloto automático donde las únicas señales que lograba filtrar, recibir, fueran las de ella, su tono ardientemente dominante en un ronroneo tan calmo que casi se podría haber confundido con la indiferencia — Pon el seguro. Mi cuerpo actuó mucho antes de que fuera capaz de procesar la orden. Jamás temblaba, pero ahí, todo mi cuerpo se estremecía suavemente por la expectación. Puse el jodido seguro y solté el metal. — Ven aquí. — Dios... Su voz fue una orden y un ronroneo... Me acerqué, controlando mis pasos para avanzar lo más calmado posible. Volví al mismo lugar que había estado solo segundos antes, pero sin sentarme. — Aquí, Ethan —levanté la mirada entonces. Ella había girado la silla a un lado sin levantarse y señalaba con los ojos el espacio vacío delante ahora, de ella. Respiré profundamente y avancé hasta donde me ordenó, mi mirada no había dejado aquellos grises escarchados. — Buen chico —el ronroneo en su voz me hizo estremecer. Podía sentir cómo la sangre se acumulaba a todo motor al sur de mi anatomía. — De rodillas. ¿Era joda? Enmarqué una ceja y el poder en su mirada me dijo lo suficiente. No, no era joda. Abrí y cerré las manos en un movimiento nervioso. Jamás me había arrodillado delante de nadie. — ¿Por qué? —pregunté entonces. Mi voz sonó baja, pero ella me escuchó y me dio una suave sonrisa, mostrando sus bellos dientes alineados. Aquella sonrisa era preciosa, me daba una sensación de peligro en la misma medida que me dejaba embobado. — Sino, ¿cómo vas a lamerme el coño estando de pie? Joder. Maldita mierda. Mis rodillas golpearon el suelo más rápido de lo que jamás me había movido en mi vida.
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