Capítulo 1
El Rey Manolo buscó sobre la mesa una cucharita de plata para golpearla contra una copa de cristal y avisar a los asistentes que iba a hacer un brindis por el cumpleaños de la reina pero no la encontraba por ningún sitio. La mesa estaba atiborrada de platos, vasos, candelabros, servilleteros:
- Esto es cómo buscar una aguja en un pajar-pensó malhumorado.
Se colocó dos dedos en la boca y silbó con todas sus fuerzas para llamar a su mayordomo.
Todos los invitados giraron la cabeza hacía él y criticaron su falta de modales que no eran apropiados en un rey sino que eran más bien de un tabernero.
Eustaquio, que así se llamaba el mayordomo, llegó derrapando en un monopatín pues la sala donde se celebraba el banquete era tan grande que el servicio iba en monopatín para no cansarse demasiado.
- Majestad pida un deseo y se hará realidad en este momento- sugirió el mayordomo con una lámpara en la mano.
El rey le miró extrañado:
- Eustaquio que no soy Aladino, soy Manolo, tu rey y no necesito una lámpara maravillosa para frotarla sino una cucharilla de las de toda la vida, con las de café me basta. Tengo que golpearla contra la copa para avisar a los asistentes del brindis que voy a hacer por la Reina.
El mayordomo se agachó sobre la mesa y empezó a tantear entre los cachivaches:
- ¡La encontré señor! Aquí la tiene. Está algo oxidada pero para hacer musiquita usted le sobra.
Se la entregó al Rey y éste le sonrió agradecido:
- Mañana tómese el día libre Eustaquio así no tiene que venir a recoger toda este circo.
El Rey cogió la cucharilla y una copa de cristal tallado.
La Reina Manoli, que estaba sentada a su lado, le miró extrañada:
- ¿Qué te llevas entre manos Manolo? Ya sabes que no me van los secretitos...
El Rey ignoró sus palabras, se puso en pie y se dirigió a los asistentes:
- ¡¡Callaos coño!!-gritó ¡Qué cotorras!
Todos quedaron en absoluto silencio temerosos de que el Rey, conocido por sus malas pulgas, les dijera algo que les avergonzara delante de todos.
- Quiero proponer un brindis por la Reina Manoli, por su treinta cumpleaños.
Se oyeron risitas al fondo de la sala.
- ¿Quién se ha reído por allí al fondo?-pidió el Rey subiéndose sobre la silla para ver mejor. Necesito un chivato que me lo diga...
Pero nadie contestó.
El rey se volvió a bajar de la silla y tomó de nuevo la palabra:
- El que se vuelva a reír paga el cubierto...y os recuerdo que este no es de los baratos, de esos de restaurante de carretera.
Todos palidecieron porque se habían venido con lo puesto, no llevaban ni una moneda encima ya que habían ido a pegar la gorra a palacio. Algunos, incluso, llevaban varios días sin comer para aprovechar al máximo la invitación del Rey y algunas señoras elegantemente ataviadas con costosos vestidos y exclusivas joyas, habían asistido con bolsos de Louis Vuitton y dentro de ellos, llevaban escondidas bolsas del supermercado para echarse comida. Tenían que hacerlo con mucho cuidado porque si el Rey las descubría, les haría pagar las bolsas.
El Rey pidió de nuevo silencio con las manos.
Aguardó unos minutos.
La sala quedó en completo silencio.
Todas las miradas estaban concentradas en él.
Pidió un micrófono porque no le llegaba la voz a la gente del fondo a los risitas.
Cuando le instalaron el micrófono le llegaba por las rodillas, lo subió y lo ajustó con las manos.
Carraspeó.
Tenía un pollo en la garganta.
Un criado fue por detrás y comenzó a darle golpes en la espalda:
- ¡Para j***r que me vas a moler a palos!-le pidió el rey con la cara roja como un tomate.
Se giró hacía el público y de nuevo tomó la palabra:
- ¿Se oye? ¿Se me oye? Un, dos, tres...probando sonido.
Pero el público no le oía y comenzaron los pitidos.
Los asistentes se ponían los dedos en los oídos por las molestias del sonido.
Tras ajustar el micrófono parecía que el problema estaba ya solucionado.
El Rey cogió la cucharilla y empezó a golpearla contra la copa:
- Ciudadanes, os doy la bienvenida a todes. Os he invitado a palacio para celebrar el treinta cumpleaños de la Reina Manoli. Os pido que os levantéis de vuestras sillas y alcemos las copas para brindar.
El publicó obedeció y todas las copas se elevaron al aire.
El Rey cogió su copa y se puso a beber pero observó incrédulo que estaba completamente vacía, no quedaba ni una sola gota.
Las copas del resto de asistentes también estaban vacías.
El Rey miró a la Reina pidiéndole una explicación pero ella disimuló y se puso a silbar.
Ella había sido quien se había bebido todas las copas de la mesa.
El Rey le pidió una explicación:
- ¡Habla! ¡Merezco una explicación!
Ella lo miró con los ojos torcidos sin poder articular palabra alguna.
La criada Maloles que escuchaba atentamente sentada detrás sobre un taburete, lo aclaró todo:
- Majestad la Reina está piripi.