**LEONEL** Entrar al edificio fue como atravesar una puerta hacia otra vida. Las paredes de cristal reflejaban el cielo de la ciudad como si fueran parte de él, y en el vestíbulo, todo olía a elegancia: mármol, acero y ese perfume intangible del poder bien establecido. Una recepcionista me saludó con una sonrisa que parecía saber más de mí que yo mismo, y cuando mi padre me puso una mano en el hombro, me di cuenta de que mis pasos habían empezado a ralentizarse. —Bienvenido a casa, hijo —dijo mi padre. ¿A casa? No lo sentía como tal. Aún no. Pero algo en mi pecho palpitó con fuerza. Orgullo, tal vez. O incertidumbre. Subimos en silencio por el ascensor privado. Los números ascendían, y con ellos, mi ansiedad. Cuando las puertas se abrieron en el piso treinta y ocho, una panorámica e

